Capítulo 9: Comienza mi vida de casada

Tuve que amoldarme a las nuevas circunstancias

El día señalado para regresar de nuevo a Lyon nos subimos al tren (en clase tercera por supuesto). Manolo ya me había dicho que pararíamos en Barcelona unos días en casa de una tía suya, por descansar y para que conociera a la familia. Hacía años que vivían allí. La decisión de marcharse del pueblo la tomaron al quedar viuda, vendieron lo poco que tenían y empezaron una nueva vida en Barcelona. Los primeros años fueron duros, pero ahora estaban muy bien situados. Cuando llegamos toda la familia nos recibió bien. Son excelentes personas, pero la tía Consuelo, que así se llamaba, pues ya no se encuentra entre nosotros, era especial. Yo nunca la olvidaré. En su casa sólo estuvimos unos días, que a mí me dieron la vida para continuar el viaje hasta Lyon, y después a Meyzieu a la casa de Manolo, que es donde íbamos a vivir.

A los pocos días, él se incorporó a su trabajo, y yo, a ocuparme de las tareas de la casa. Al mismo tiempo empecé a decorar el comedor con miniaturas de cobre que me había traído de Granada. Mientras lo hacía, a Manolo le pedía su opinión para que él participara, porque me di cuenta de que era poco comunicativo y además estaba muy pendiente de mantener su mano accidentada siempre oculta, y esto no le beneficiaba. Por otro lado, yo necesitaba su ayuda, y sabía que me la podía dar, pues físicamente siempre ha sido más fuerte que yo, pero nunca me la dio. Y, poco a poco, me di cuenta de que éramos dos extraños viviendo juntos. No obstante, me fui amoldando a él, sin más.

Nunca salíamos juntos. Él tenía algunas amistades. Eran españoles que habían compartido vivienda antes de que él se mudara a ésta en la que vivíamos. Entre ellos había uno, llamado Antonio. Era de su mismo pueblo, Albondón, y “casualidad” de la vida, se casó con su novia de siempre, Encarna, más o menos en la misma fecha que nosotros. Antonio, antes de casarse vivía en Meyzieu y a poca distancia de nosotros siguieron viviendo después de casados. Eran los dos ─y lo seguirán siendo, si viven, porque yo perdí el contacto con ellos─, muy buenas personas, con los que yo podía hablar cuando nos reuníamos, o en su casa, o en la nuestra, para compartir una merienda.

Mi hermana venía de vez en cuando, pero la verdad es que yo me sentía muy sola y triste, pues a causa de mi escoliosis mis órganos se fueron debilitando. Tenía digestiones muy lentas, dolores de cabeza, no dormía bien… Afortunadamente, para contrarrestar todas estas dolencias, que tuve que aprender a padecerlas en soledad, tenía fortaleza de espíritu, que es lo que me ayudaba, pues nunca, por muchos dolores que tuviera, dejé de atender las necesidades de los demás, con una sonrisa.

Josefina en el Prado

Recuerdo que un día empecé a orinar muy frecuente y poca cantidad. Las últimas gotitas del pipí me producían mucho dolor. Yo padecía esta nueva dolencia sin saber lo que era. La regla hacía más o menos cuarenta días que no la tenía, y así se lo dije a Manolo. Seguro que se alegró pensando que estaba embarazada, aunque a mí sus alegrías nunca me las manifestaba. Yo cada día iba a peor. Para ir al retrete tenía que salir fuera de la casa. Ya hacía mucho frío. No me daba tiempo a entrar cuando de nuevo tenía que salir otra vez. Manolo me veía ese ir y venir, pero a mí no me preguntaba lo que me pasaba, por lo que decidí hacer pipí en un cubo para no tener que salir y un día me di cuenta que al final de esas gotitas de pipí salió sangre. El dolor era cada vez que orinaba más fuerte, y un domingo que Manolo estaba en la casa yo fui corriendo para hacer pipí, él miró hacia el cubo, vio la sangre, y me dijo con un desprecio enorme:

─ “Mira, ¡no sirves para tener hijos!”

El dolor que me causó oírlo, unido al que yo padecía…, no puedo explicar lo mal que me sentí, pero no le dije nada.

Viendo que iba a peor, me fui al médico sola y le conté lo que me pasaba. También le dije lo del retraso de mi regla y el médico, en un tono amable, me reprochó que hubiera tardado tanto en ir, diciéndome:

─ “Por los síntomas que padece en la orina, lo que tiene es cistitis, y muy avanzada. Se podía haber evitado tanto dolor si hubiera venido antes… ¿Y su marido? me preguntó─ ¿Por qué no ha venido con usted? ¿O es que no está casada?”

─ “Si, claro que estoy casada” –le contesté. Pero él se dio cuenta de que no quería entrar en más explicaciones al respecto, y pasó a decirme:

─ “Le voy a recetar unas pastillas y ya verá cómo se alivia. Además le voy a hacer un análisis de orina, porque puede que esté embarazada”.

El resultado del análisis dio positivo.

─ “¡Está usted embarazada, enhorabuena! Tómese las pastillas para la cistitis” –me insistió. Entonces yo le pregunté:

─ “Pero, ¿no le perjudicarán al bebé?”

─ “No mujer, en absoluto”.

Compré las pastillas, pero no las tomé. No pude. Era algo más fuerte que yo, que siempre he tenido muy claro: nada de medicinas estando embarazada. Mi cistitis fue desapareciendo pero empecé con las molestias propias del embarazo, como vómitos, náuseas… Todas las pasé sin ninguna atención por parte de él, y por supuesto seguía ocupándome de las compras y de todas las tareas de la casa.

Manolo en el huerto

Algunas tardes caminaba hasta el pueblo o visitaba al matrimonio amigo de Manolo. Manolo se quedaba con la excusa de hacer algo en el huerto. Algunas veces me acompañaba, y así fueron pasando los meses. La fecha del parto se iba aproximando. Antonio y Encarna tenían coche y se ofrecieron para que cuando llegara el momento les avisáramos para llevarme él al hospital, insistiéndonos:

─ “¡Nos llamáis, sea la hora que sea!”

La noche anterior del día del parto la pasé muy mal. Acostada no podía estar, por lo que me levantaba, me iba al comedor, por si moviéndome encontraba alivio… Cuando me cansaba de dar vueltas me acostaba otra vez… De esta manera pasé la noche. Manolo durmiendo, ni se enteró. Cuando se despertó dispuesto para irse a su trabajo y vio que no estaba en la cama, salió al comedor preguntándome:

─ “¿Te pasa algo?” ─. Entonces yo le dije:

─ “Deberías avisar a Antonio para que me lleve al hospital, pues he pasado la noche mal y voy a peor”.

Él salió para avisarle. No tardaron en llegar, diciéndome Antonio:

─ “¿Qué, Josefina, ha llegado la hora?”

─ “¡Eso parece!” ─le contesté.

Al subirme en el coche, entre lo mal que yo me encontraba y el mareo que siempre me produce al subirme en ellos, al poco rato tuve que decirle a Antonio que parara un momento, porque me dieron unas ansias de vomitar que sólo quedaron en eso, pues no tenía en el estómago nada que echar. Ellos me miraban sin saber qué hacer. Al mirarlos, me dije: “Tengo que continuar…”. Me subí de nuevo al coche y cerré los ojos durante todo el trayecto. Cuando llegamos al hospital el médico me reconoció diciendo:

─ “Todavía falta, hay que esperar ─. Y me preguntó─ ¿Es usted primeriza?”

─ “Si” ─le contesté.

Hospital de Lyon

Me pasaron a la sala de parto con varios apartados en los que había otras parturientas. Manolo se fue con Antonio y Encarna. Allí quedé sola. Eran las nueve de la mañana. Me puse un camisón que me dieron y me eché en la cama. Oía cómo se quejaban algunas de las parturientas y el ir y venir de las matronas y enfermeras. Las molestias eran más o menos las mismas que había tenido durante la noche. Me levanté y empecé a pasear por un pasillo contiguo a la sala de parto. Las horas pasaban. Entraba en el servicio, pues la presión que sentía en el bajo vientre creía que necesitaba hacer pipí. Una de las veces me vi un poquito de sangre. Cuando salí se lo dije a una matrona. Ella no le dio importancia. Eran las dos de la tarde ya. En la cama no me apetecía estar, por lo que seguí paseando. Sobre las tres de la tarde una matrona que me vio, me dijo:

─ “¿Cómo? ¿Está usted todavía caminando? ¡Vamos, métase en la cama!”

Me reconoció, creo que me puso una inyección. Al poco rato me empezaron a dar unos dolores muy seguidos ─serían las contracciones, el caso es que eran muy seguidos─. Para colmo esta matrona lo que hacía es que cada vez que tenía una contracción ella con sus dedos me abría al mismo tiempo. Decía que era para ayudarme a dilatar… ¡Yo no lo sé! Lo que si pude comprobar es que esto que me hacía me producía el doble de dolor. Después pude saber que este proceder en un parto no les estaba permitido, pero a mí me tocó pasarlo también.

Josefina con Marisol en el hospital

Y así continué hasta las cuatro y media de la tarde en que nació mi hija. Me la pusieron en el pecho. ¡Era preciosa! Tenía una carita sonrosada. Enseguida entró el médico para reconocerla. Yo desde mi cama no la perdía de vista. Cuando estuvo preparada, una enfermera la sacó para que su padre la viera. Al poco tiempo nos pasaron a una habitación. En Francia, por aquellos años, tenían la costumbre de que las parturientas no salían de Maternidad hasta los ocho días de haber parido. El bebé estaba en su cunita, junto a la cama de su madre, y así, cuando era la hora de darle el pecho, nos fuera más cómodo. Por las noches, todas las cunitas se las llevaban a otra habitación, donde las enfermeras los cuidaban.

Cuando pasaron los ocho días me dieron el alta y nos fuimos para la casa. Mi niña se criaba bien. La llevaba al pediatra para su control, por las tardes en su cochecito le daba paseos… Todo lo hacía sola. A Manolo le pedía que nos acompañara, pero él siempre tenía una excusa para no hacerlo. Se quedaba haciendo algo en el huerto, o simplemente en la casa.

Josefin ay Marisol en el jardin

Hay muchas cosas de mi vida de casada que no voy a contar en mis memorias, porque así siento que tiene que ser. Sólo contaré lo que sí creo que es importante. Esta parte que ahora os explico para mí fue desconcertante y el principio para empezar a conocer de Manolo aspectos de su forma de ser que no eran positivos para él, con los que, después de luchar para hacérselo comprender, también tuve que amoldarme, padeciéndolos con él. Bueno, continúo…

Como ya os he dicho, en esta casita que vivíamos sólo teníamos dos habitaciones, y una pequeña cocina. Una de esas habitaciones servía de recibidor y de comedor, si invitábamos a alguien. La tenía decorada muy bonita, con miniaturas de cobre que con mucho gusto fui colgando en las paredes, sacándoles brillo a menudo para que siempre estuviesen resplandecientes. Bueno, pues un día ─mi niña no tenía ni un año─, Manolo me dice:

─ “¿Sabes lo que me ha dicho fulanito?” ─era un conocido español.

─ “¿Pues qué te ha dicho?” ─le pregunté.

─ “Que si queremos traspasarle la vivienda, con todo su contenido”.

─ “¿Cómo? ─ dije yo─ Y nosotros, ¿dónde vamos a vivir?”

─ “Ya encontraremos algo. De todas formas, pronto os iréis de vacaciones”.

Como os he dicho, este fue el principio para conocer estos aspectos de su forma de ser que no eran positivos, pues siendo un hombre bueno y trabajador, el dinero le perdía y, por lo mismo, si él veía que podía obtener alguna ganancia no le importaban las consecuencias que tuve que padecer junto a mi niña, como pasó en aquella ocasión en la que no le importó que nos quedáramos prácticamente en la calle. Pero él siguió adelante con el trato, que, además, lo hizo una vez más sin contar conmigo.

Por aquél tiempo a mí todavía no se me permitía pensar en lo que era bueno para mí o no lo era, pero si lo podía hacer por el bien de él y de nuestra hija. Por otro lado, debía obedecerle, amoldándome a él, pues si en esta vida le tenía que ayudar a liberarse sería dedicándole tiempo y esfuerzo. Esto fue lo que yo percibí, pero él no me lo facilitaba, todo lo contrario, porque no me decía toda la verdad desde el principio. Él iba poco a poco… Por ejemplo, cuando le hicieron la oferta para la casa, me ocultó que había finalizado el trato y cobrado un anticipo de dinero. También me ocultó que sólo teníamos cinco días para dejarle la casa libre. Como podéis ver, yo iba de sorpresa en sorpresa, por lo que a toda prisa tuve que ir guardando nuestras cosas personales, ocupándome al mismo tiempo de mi niña y de hacer la comida para nosotros, sin ninguna ayuda por su parte. Lo pasé muy mal. Pero aquí no terminó la cosa, porque al  preguntarle:

─ “Y nosotros, ¿dónde nos vamos?” ─pues él no se había ocupado de buscar otra casa. Era el mes de febrero. Hasta julio no nos iríamos de vacaciones. Y con toda tranquilidad me dice:

─ “Pues llégate a la casa de tu hermana y le preguntas si nos podemos quedar unos días con ellos”.

─ “¡Ah! ¡Que yo vaya a decírselo!”

Este era otro aspecto más que descubrí de su forma de ser, al que también me tuve que amoldar. Os explico. La química que había entre ellos antes de casarnos, al conseguir su objetivo, tanto uno como el otro, ya no existía, y él me utilizaba para que fuera yo la que diera la cara por él, sacándolo de este atolladero, porque él me conocía bien y sabía que lo haría. Al mismo tiempo, aprovechó el momento de confusión que yo tenía para dejarme entrever otro de sus planes, que él ya lo había decidido sin contar una vez más conmigo. Este era que, dentro de unos años, nos iríamos a vivir a España.

Pero bueno, por aquél momento, tenía que solucionar éste, pues sólo nos quedaban dos días para dejar la casa, por lo que me presenté en casa de mi hermana y, como pude, para no dejarlo a él en mal lugar, se lo dije. Ella esto era lo que menos se esperaba. Su reacción fue no creérselo a la primera, pero cuando le aseguré que era verdad, pidiéndole si podíamos quedarnos unos días en su casa, ya se lo creyó, preguntándome:

─ “¿Por qué lo habéis hecho? Cómo habéis estado para hacer una cosa así? ─y continuó─ Aquí no os podéis quedar. Como ves, no tengo sitio… ¿Y cuándo tenéis que dejar la casa?”

Y yo, muy avergonzada, le contesté:

─ “Mañana mismo”.

─ “¡Esto es el colmo! ─siguió diciéndome─ ¡Mañana estáis en la calle!”

─ “Así es ─le contesté.─ Aunque no nos podamos quedar, ¿puedo traer aquí nuestras cosas?”

Y ya ella me dijo que sí. Me volví para el pueblo, y como ya lo tenía todo recogido, le dije a Manolo de ir a despedirnos de Antonio y Encarna, diciéndome él:

─ “¡Ah!, no te preocupes… Ya se lo he dicho yo que nos íbamos”.

No me agradó, pero me dije: “Ya lo hablaré con ellos”.

Era la noche del viernes. Al día siguiente dejamos la casa para ir a Lyon. Al llegar a la casa de mi hermana y avergonzada, yo me sentía mal. Manolo se mostraba como si nada nos estuviera pasando. Seguro que todavía pensaba que mi hermana nos hospedaría, porque él es así. Pero se equivocó, pues al llegar la tarde mi hermana dijo que mi niña se quedara, pero nosotros nos tendríamos que ir a un hostal para dormir y durante el día, que estuviéramos con ellos. Y eso hicimos. Así pasamos también el domingo.

Al día siguiente Manolo se fue para su trabajo al pueblo. Entonces yo me dije: “¡Así no podemos seguir!”. Algo en mi interior me animó para que saliera, por lo que preparé a mi niña, la metí en su cochecito, e íbamos paseando por una calle céntrica de Lyon cuando, en un momento dado, llamó mi atención una placa. Me acerqué para leerla, y leí “Agencia Inmobiliaria Monsieur Sornin”. Entré con decisión y pregunté por él a un señor que estaba detrás del mostrador.

─ “Soy yo ─me contestó─. ¿En qué le puedo ayudar madame?”

Me quedé callada por unos instantes sin saber cómo empezar, pues la verdad de la situación en la que me encontraba no se la podía decir para no dejar en mal lugar a Manolo, por lo que le dije:

─ “Pues sí, podría… Necesito urgentemente una vivienda para mi marido y nuestra hija. La que teníamos la hemos tenido que dejar porque el propietario la necesitaba para un hijo. Todas nuestras cosas están en casa de mi hermana, pero en ella no nos podemos quedar porque es muy pequeña, por lo que durante el día lo pasamos con ellos, pero para dormir nos hemos tenido que ir a un hostal”.

Él me escuchaba con mucha atención. Era consciente del esfuerzo que estaba haciendo para que me comprendiera, pues, durante todo el tiempo que me dedicó, recuerdo su mirada llena de bondad hacia mí y hacia mi niña. Cuando terminé, él me dijo:

─ “Pues sí, tengo una vivienda para usted. ¡Y además, gratis! También un trabajo por el que tendrá su sueldo”.

A mí, de la alegría que me dio quise demostrarle mi agradecimiento diciéndole algo en francés. No sé lo que le diría por no saber pronunciarlo bien, pero él comprendió mi buena intención, y sonriendo, me dijo:

─ “Mañana a las nueve en punto la espero en esta dirección, para enseñársela, y hablamos”.

Me fui para la casa de mi hermana muy contenta para decírselo, y ella, con asombro, me dijo:

─ “Pero bueno…, y tú, sola, ¿cómo te las has arreglado? ¿Dónde has ido?”

Yo se lo expliqué. Aun así siguió sin creérselo, por lo que le dije:

─ “Mañana a las nueve me espera en esta dirección. Si quieres, vienes conmigo”.

Al ver la dirección, me dijo:

─ “¡Pero si esta calle está muy cerca de aquí!”

─ “¡Y será verdad!” ─le contesté.

Cuando se lo dije a Manolo tuvo la misma reacción que mi hermana, no se lo creía. Sin embargo yo, ante la incredulidad de ellos, me sentía muy contenta y agradecida, porque sabía que, una vez más, fui guiada.

Al día siguiente, mi hermana y yo esperábamos en la puerta de la dirección que me dio Monsieur Sornin. Enseguida llegó y, muy amable, nos saludó. Yo le presenté a mi hermana:

─ “¡Ah! Encantado de conocerla, madame. Bueno, voy a enseñarle la casa”.

Subimos una planta y abrió la puerta, invitándonos a entrar, dijo:

─ “Esta es la vivienda de la que le hablé ayer”.

Era una sola habitación cuadrada y espaciosa con dos ventanas que daban a una calle ancha, por lo que tenía mucha luz. Como mobiliario solo había un fregadero. A mí me pareció un palacio, y así se lo dije.

─ “Entonces, ¿es de su agrado? ─me dijo─ Pues salgamos que le enseñe la escalera que tiene que limpiar”.

Salimos al rellano y al mismo tiempo que subíamos, él me iba diciendo:

─ “Esta escalera tiene seis plantas. Hasta hace poco, hubo oficinas casi todas funcionando. Ahora sólo quedan dos, por lo que de vez en cuando, hay que mantenerla limpia”.

A continuación me informó de lo que me pagarían y también que me daría de alta en la seguridad social.

─ “¿Está usted de acuerdo?” ─Y le contesté:

─ “Si, lo estoy ─, y le di las gracias preguntándole─ ¿Me puedo quedar ya? Es para empezar a traer nuestras cosas”.

─ “Si, ¡por supuesto! ─me contestó─ Vamos a la oficina para hacerle el contrato”.

Y así lo hice. Volví a la casa de mi hermana con las llaves de mi “palacio”. Ella seguía extrañadísima de ver lo que había conseguido yo sola, ¡y en tan poco tiempo! Cuando se lo dije a Manolo, vi que se alegró, pero a mí no me dio ninguna satisfacción demostrándomelo. Tampoco lo ha hecho durante todos los años que he vivido a su servicio, ayudándole.

Afortunadamente, en este presente que ya he tenido respuestas a tantas preguntas como me hacía, sé que tenía que ser así por un tiempo, que yo le debía dar, hasta que él fuera comprendiendo. Así que, por mi parte, enseguida a empecé a limpiar lo que iba a ser nuestra casa. También tuve que ideármelas para separar lo que sería el dormitorio del comedor. Por el momento lo hice con una cortina. Enseguida me di cuenta de que tenía que hacer algo más, pues vi que la cortina se movía, dejando el dormitorio al descubierto. “¿Pero qué puedo hacer?”, me preguntaba.

Un día que iba con mi niña paseando por una calle, vi en una puerta un letrero que decía “Subasta de todo tipo de muebles y enseres, todos los días de tal a tal hora”. Leyéndolo, me preguntaba: “¿Qué será una subasta? ¿Qué es lo que harán?”. Pues me dije: “¡Tendré que venir, para averiguarlo!”.

Esa misma tarde, allí estaba yo. Entré y vi una habitación llena de muebles de todos los estilos, vajillas y utensilios diferentes. Todo era de segunda mano. Me senté al lado de una señora preguntándole:

─ “Esto de la subasta, ¿cómo funciona?” ─. Y ella me lo explicó.

─ “¡Madre mía! ─pensé─ Esto sí que es un buen lio… no sé si lo voy a saber…. Mejor será que me quede para ver cómo se hace”.

Los que estéis leyendo esta parte de mis memorias, si conocéis lo que es una subasta os podéis hacer una idea de lo difícil que fue para mí seguirla en un idioma que no dominaba bien para saber cuándo y hasta dónde podía seguir pujando. Cuando empezó, yo no daba crédito a lo que estaba viendo, pero la seguí muy pendiente de cómo se hacía. Antes de que finalizara me fui para la casa con la disposición de volver cuando se lo consultara a Manolo, pues ese día vi un aparador que se podría separar en dos partes, y pensé: “Si lo consigo, pongo una al lado de la otra con la seguridad de que mantendría fija la cortina…”.

Al día siguiente me fui para la subasta con la intención de hacerme de él para guardar también todas nuestras cosas, que seguía teniéndolas en cajas. Cuando llegué me puse muy contenta porque vi que el aparador estaba preparado para salir a subasta ese día. Al mismo tiempo me decía: “Vamos a ver cómo salgo de ésta, si es que lo consigo…”. Empezó la subasta con diferentes cosas que iban adjudicando. Sacaron el aparador en un precio y empezó la puja. Varias personas levantaron la mano. A mí me temblaban las piernas, y sin saber lo que hacía, levanté la mano. Yo no me enteré de nada más hasta que oí:

─ “A la primera…, a la segunda…”

Y con un golpe en la mesa dijo el hombre que estaba haciendo la subasta:

─ “¡Adjudicado a la joven madame!”

Tenía tal confusión porque no sabía ni lo que tenía que pagar, que la señora que estaba a mi lado se dio cuenta y me tranquilizó diciéndome:

─ “¡Ha hecho usted una buena compra!”

Pasé por caja y me dieron un talón justificando que estaba pagado. También me dijeron que al día siguiente me lo llevarían a la casa.

Marisol

Y así lo hicieron. Les dije a los chicos que pusieran cada parte en el lugar que les tenía destinado. Cuando se fueron empecé a limpiarlo a fondo hasta que el dolor de mi espalda me obligó a parar, por lo que me dije: “Mañana continuaré…”. Cuando Manolo llegó quise compartir con él la experiencia, pero él no demostraba ningún interés en saberla, por lo que callé, preguntándole:

─ “Dime por lo menos si te gusta”.

Nada me dijo, ni sí, ni no… Sólo se interesó por lo que había pagado.

Yo poco a poco fui ocupándome de tener lo necesario para vivir en la casa, que para ser una consejería, nadie nos molestaba. Limpiábamos la escalera y nada más. Manolo, al hacer el trato tan precipitado que hizo y de la manera que os he explicado, padeció su consecuencia, y yo con él cuando veía que tenía que madrugar tanto para ir a su trabajo, que lo seguía teniendo en Meyzieu. Aun así, ni un día faltó.

Los meses pasaban. La fecha para irnos por primera vez a España de vacaciones con mi niña se aproximaba. Nos iríamos las dos en Julio y Manolo se iría en Agosto, por lo que empecé a preparar maletas con todo lo que necesitaríamos los tres, pues también me llevaba lo de él.