Capítulo 8: En busca de mi destino

Y mi vida cambió...

Calle de Lyon

El día que llegué a Lyon todos me estaban esperando. El encuentro con ellos me alegró, y nos fuimos hacia la casa, que estaba en un barrio de los más antiguos, con las calles muy estrechas y los edificios muy ennegrecidos. Para mí, al llegar y verlo, fue un golpe, porque lo que había dejado en París era una zona con las calles muy amplias y sus edificios muy bien conservados.

Ellos vivían en un pequeño bloque de varias plantas en una sola habitación, bastante alargada, que ellos la habían preparado con varios apartados. El primero, nada más entrar, era un comedor de día, que por la noche lo transformaban en dormitorio. En él acoplaron una cama para mí, donde también dormían los niños y la abuela. Una cortina separaba otro trocito de esta habitación, en el que dormían mi hermana y su marido, y otro trocito al final, era la cocina. Los servicios, comunitarios, y había uno en cada planta.

Bueno, ya estaba en Lyon, en espera de encontrar un trabajo. Mi hermana y su marido ya lo tenían, y los niños iban al colegio. La madre de mi cuñado se ocupaba de todas las tareas domésticas. No puedo dejar sin mencionar la inmensa bondad de esta mujer. Yo he conocido a personas buenas, pero ella me marcó sobremanera. Padecía reumatismo. Poco a poco se le fue agravando. Recuerdo que los dedos de sus manos se le empezaban a desfigurar. A pesar de sus dolencias, era ella la que se ocupaba de todo, incluso de mí. Cuando veía que iba a lavarme algo de mi ropa, me decía con una sonrisa y amabilidad: “No, déjalo, que yo te lo lavo”. Mi agradecimiento hacia ella será para siempre.

Al poco tiempo de llegar a Lyon encontré trabajo, un poco alejado de donde vivía mi hermana, en una casa para quedarme interna, en la que había un matrimonio con tres hijos, dos de ellos mellizos. Tendrían unos seis años, el otro era un poquito mayor. El marido era médico, con la especialidad de cirujano. La señora también trabajaba, no recuerdo dónde. Mi labor consistía sólo en hacer las tareas de la casa, porque tenían cocinera, y fue en esta casa donde empecé a planchar por primera vez, pues nunca antes lo había hecho. El día que me dijeron de planchar había, entre otras prendas, muchísimas camisas del marido, que yo, por temor a no hacerlo bien, iba dejando para el final. Cuando terminé toda la ropa, cogí una y empecé a darle vueltas, preguntándome “¡madre mía!, ¿por dónde empiezo?”. Yo no sé por dónde lo hice, lo que si recuerdo es que comencé a plancharla con mucho esmero, pues es algo que siempre hago cuando es la primera vez. El resultado fue que el marido le dijo a la señora: “Que solo me planche las camisas la chica nueva española, ¡porque nunca me he puesto una camisa tan bien planchada! Ella así me lo dijo, y yo sentí una gran satisfacción.

En esta casa se daban con frecuencia cenas para invitados que debían ser muy importantes para ellos, pues, a parte de la cocinera que tenían, llamaban a otra que iba con su pinche. Recuerdo que hacía unos platos y postres muy sofisticados. También en esta casa, yo que creía que ya había aprendido a poner los cubiertos en una mesa y a servir, incluida la campanita, ¡pues no!, todavía tuve que aprender a poner la mesa llamada “de gala”, y a servir a los comensales del lado correcto. Para estas cenas me vestía con un uniforme que sólo lo usaba en estas ocasiones. En una de estas cenas, la cocinera hizo un postre bastante difícil de llevar por su tamaño. Para colmo, me dijo que al entrar en el comedor lo hiciera manteniendo la bandeja bien en alto ─supongo que sería para que luciera mejor─, pues este era especialmente sofisticado. Tanto que, al verlo, cuando entraba en el comedor, los invitados empezaron a aplaudir. Mientras tanto, yo, mirando cómo se movía, me decía “¡Ay madre, que no de un traspiés!”. De lo que se cocinaba para esas cenas la señora le tenía dicho a la cocinera que me guardara para que yo cenara al terminar… ¡Pues ni un día me guardaron! Todo lo que quedaba, pude ver en mis idas y venidas del comedor a la cocina que se lo repartían para llevárselo en tuppers. A mí, que me hubiera gustado tanto probar esos platos, pues nunca los probé, y para cenar, cogía algún fiambre del frigorífico para comerlo en mi habitación.

En esta casa también viví una experiencia bastante desagradable. Una noche me desperté, quise ver la hora y encendí la luz, y vi que encima de mi cama había una cantidad de cucarachas que, al verse sorprendidas por la luz, corrían de un lado a otro, subiéndose por las paredes. Ya os podéis hacer una idea de la impresión que me llevé. Empecé a dar manotazos tratando de liberarme de ellas. Me levanté de la cama a toda prisa, a punto estuve de caerme, la deshice, y sacudí las sábanas. Tuve que hacer bastante ruido, y todo ello a media noche. Las cucarachas subiendo por la pared desaparecieron, pero yo pasé la noche en vela con la luz encendida por si veía alguna. Al día siguiente se lo conté a la señora como pude, pues el francés todavía no lo hablaba bien, pero ella me comprendió. Yo le dije:

- “Anoche me pasó algo muy desagradable”─. Y ella me contestó, muy distante:

─ “¡Ah, sí!, ¿qué le pasó?”

Le expliqué todo el episodio, y cuando terminé, ella me contestó:

─ “Eso es imposible, que en esta casa tan limpia haya pasado lo que usted me está diciendo”.

Yo no podía darle otra explicación, pues le dije la verdad de lo que me pasó, por lo cual decidí no seguir hablando y empecé a hacer mis tareas. Ese mismo día por la tarde, vi que llegó mi hermana a la casa, y, sin darme explicación, la señora la pasó al salón. Allí estuvieron hablando. Al poco rato salió mi hermana y me dice:

─ “¡Prepara tus cosas, que nos vamos!” ─. Yo me quedé parada en seco, preguntándole:

─ “Pero… ¿por qué?, ¿qué ha pasado?” ─. Y mi hermana solo me decía:

─ “¡Prepáralas, que nos vamos! ¡No preguntes!”

Me fui a la habitación y volví con mi maleta. La señora estaba esperando. Tenía un sobre en la mano, me lo dio diciéndome:

─ “Es lo que le pertenece por el tiempo que ha trabajado”.

Yo la miré pero ella rehuyó mi mirada. Percibí que algo la corroía por dentro. Al coger la maleta para marcharnos, oigo que me dice mi hermana:

─ “¡No, ábrela antes de irnos, no vayamos a que crea que te llevas algo de aquí!”

La señora, ante esta reacción de mi hermana, se sorprendió diciendo:

─ “No…, no es necesario…”.

Pero mi hermana insistió. Yo abrí la maleta y mi hermana sacó todas mis cosas. Mientras lo hacía, miré a la señora, que, avergonzada, seguía evitando mi mirada, y dirigiéndose a mi hermana, le repitió:

─ “Ya le dije que esto no era necesario…”.

Cuando salimos de esta casa en dirección a la de mi hermana yo me sentí muy mal, invadida por una mezcla de sensaciones desconocidas hasta ese momento para mí. De camino a su casa me preguntó:

─ “¿Qué te ha pasado esta noche?” ─. Y yo se lo expliqué, preguntándole:

─ “Y a ti, ¿qué es lo que te ha contado?”

Pero ella nada me dijo ese día, y, como yo seguía preguntándole, a los pocos días fue cuando me lo dijo. Os explico: parece ser que cuando yo estaba librando esta batalla con las cucarachas, el marido o la señora ─no me supo decir quién era de los dos─, fue a la cocina, que se encontraba al lado de mi habitación, y al sentir todo ese movimiento, pensó que lo hacía para llamar la atención de su marido con otros fines.

En este presente, que ya he tenido respuestas a tantas preguntas como me hacía, se por qué al salir de esta casa me sentí tan mal, con esa mezcla de sensaciones desconocidas para mí, pero que no lo eran para las personas que las padecían ni sabían por qué, y a las que yo tendría que ayudar. Ese fue mi primer encuentro con este tipo de experiencias y sólo una muestra de lo que me esperaba.

Por otro lado, os he ido diciendo cómo he sido guiada de una manera que sólo yo podía percibir. En este presente ya os puedo decir que también he reconocido esta ayuda en personas físicas, familiares, amigos... Simbólicamente, los llamo “eslabones”, que, sin ellos saberlo, han estado en mi vida para reconducirme al encuentro con mi destino. Estas personas tienen que saber que durante todo el tiempo que dediquen haciendo esta labor también pueden avanzar en su evolución, eliminando karma, o lo contrario, creando más… Todo depende de la “intención”, pues es lo que cuenta y queda grabado en su conciencia, para bien, o para mal.

Por mi parte, pasada esta experiencia, enseguida encontré trabajo en una tienda que sólo vendía trajes hechos a medida. El taller se encontraba en la planta superior, con varias chicas y algunos chicos, donde fui muy bien acogida. Por otro lado, mi hermana, que desde que llegué a Lyon tenía sus planes para mí, me empezó ya a hablar de un muchacho “más apañado”, me decía ella:

─ “Se llama Manolo, tiene 28 años, y es de Albondón. Hace poco ha tenido un accidente en la fábrica donde trabaja. Ha perdido cuatro dedos de su mano derecha y, para colmo, una novia que tenía, ha roto su relación con él. A mí me da una pena cuando voy a verlo…”.

Yo la oía, y sin conocerlo, sentí compasión por él. Lo normal, pues es un sentimiento que forma parte de mi naturaleza. De nuevo en casa de mi hermana, a los pocos días retomó su plan, diciéndome:

─ “¿Te acuerdas de Manolo, este muchacho del que te hablé?”

─ “Claro que si” – le contesté.

─ “Pues ya se ha recuperado del todo. Sigue trabajando en la fábrica, en un puesto que él puede desempeñar sin ninguna dificultad por la pérdida de sus dedos, y además, le han asignado una pensión de por vida. Después de todo, ¡la que se case con él va a tener suerte! Yo le he hablado de ti, y tiene muchas ganas de conocerte”.

A los tres días de esta conversación ─en la que yo no hablé─, ella preparó el encuentro, invitándole a comer. Durante la comida yo me di cuenta que entre mi hermana y él había química. Después de la sobremesa, ella insistió en que saliéramos a dar un paseo, y así lo hicimos, y yo, por hablar de algo, le pregunté cómo le había pasado su accidente y él me lo explicó con todo detalle. Al oírlo me impresionó la entereza que él tuvo, siendo él quien decía a los compañeros que corrían de un lado para otro:

─ “¿A qué esperáis para hacer algo?”

─ “¿Y cómo lo llevas ahora?” ─ le pregunté.

─ “Lo peor ya ha pasado. Ahora poco a poco me iré acostumbrando”.

─ “Así será ─le contesté yo─, ¡ya lo verás!”

Dimos por terminado el paseo, pues él vivía en un pueblo que se llama Meyzieu y tenía la hora justa para coger el autobús. Nos despedimos y él me dijo:

─ “Nos seguiremos viendo, ¿no?”

─ “Ya veremos” –le contesté.

A los pocos días, una tarde, al salir de mi trabajo, allí estaba él esperando. A mí me extrañó, y le pregunté:

─ “¿Cómo has sabido que trabajo aquí?” –ya que yo no se lo había dicho.

─ “No…, ha sido tu hermana…”.

Aunque no me agradó, dejé que me acompañara hasta la casa. Él se mostraba cada vez más interesado por mí, y yo, pues, la verdad, aparte de compasión, no sentía nada más por él. Pero mi hermana no cesaba en su plan, y él se sentía animado por ella. Me esperaba a la salida de mi trabajo cuando a él le parecía.

Una de esas tardes me dijo:

─ “Me gustaría que vinierais a mi casa y que conocierais el pueblo, ya lo he hablado con tu hermana. A ella le ha parecido bien. Pasaríamos el día todos juntos y, si el tiempo lo permite, haremos una paella en el campo”.

Este proceder tampoco me agradó, pues, una vez más, eran ellos los que estaban decidiendo sin contar primero conmigo, y una vez más cedí, aunque sin demasiado entusiasmo.

El día elegido para esta visita él nos esperaba ilusionado. La casa estaba a poca distancia del pueblo. En ella vivían dos inquilinos más. La de él tenía dos habitaciones y una pequeña cocina. Detrás de la casa había un pequeño huerto, en el que podían sembrar hortalizas los inquilinos que así lo quisieran. El retrete estaba en un apartado del huerto, y era comunitario. En espera de que llegara la hora de la comida, salimos todos a dar un paseo por el campo. Mi hermana hablaba de lo que le había gustado la casa, preguntándome:

─ “Y a ti, ¿qué te ha parecido?” ─. No me dio tiempo para contestar, porque a continuación dijo:

─ “¿Verdad que está bien? Casa ya tenéis… Porque pensaréis casaros pronto, ¿no?”

Por la complicidad que percibí entre ellos, supe que así iba a ser, y yo me quedé sin saber lo que decir… A partir de este día mi hermana empezó a presionarme, así lo sentí, diciéndome:

─ “Es lo mejor que puedes hacer… Es un buen hombre, trabajador, tiene dos pagas… ¡Para vivir no os va a faltar!”

Y a mí, que como ya os he dicho, no se me ha permitido pensar en lo que era bueno para mí o no lo era, ante tanta presión, me dije:

─ “Bueno, será que me tengo que casar con este hombre…”.

Era el año 64. Yo tenía 19 años, él 28. Sólo hacía dos meses que nos conocimos, y en ese tiempo nos vimos unas cinco veces. Mi hermana empezó a disponer todo para que nos casáramos, diciéndome:

─ “Tú te vas para España y empiezas a prepararlo todo: tu vestido, fijas la fecha en la iglesia,… Tendrá que ser algún día del mes de Agosto, que es cuando Manolo tiene sus vacaciones. Vuestra madrina voy a ser yo, y el padrino, que sea uno de sus hermanos”.

Y yo, obediente, pero sin saber lo que iba a hacer, me despedí de mi trabajo y me fui para Granada. El resto de la familia ya estaba al corriente de todo. Enseguida, con la ayuda de alguna de mis hermanas fuimos a una modista para que me hiciera el vestido, nos aseguramos que no habría problema con el traje de Manolo para cuando él llegara se probara alguno. Yo le compré una camisa blanca con una rayita en el centro que a mí me pareció la adecuada para ese día.

Ya sólo quedaba ir a la iglesia. Empecé por la de San Cecilio, que era la que me pertenecía. El sacerdote se disculpó diciéndome que todas las fechas para el mes de Agosto las tenía comprometidas. Él mismo nos dijo que fuéramos a la Iglesia de los Capuchinos, que allí sí que tendrían. Y así fue. La fecha se fijó para el día 9 de Agosto. El día 17 de ese mes cumpliría yo 20 años. Cuando mi hermana, con toda su familia, y Manolo, llegaron, todo estaba dispuesto.

Iglesia Capuchinos

Enseguida fuimos a la tienda, para que se probara algunos trajes. Finalmente eligió uno que a él le gustó.

─ “¿Y la camisa?” –preguntó Manolo.

─ “Ya te la he comprado” –le contesté. Nos fuimos a casa de mi madre y se la enseñé con ilusión, convencida de que le gustaría. Él la miró diciendo:

─ “A mí no me gusta esta camisa”.

Yo no me esperaba esta reacción que él tuvo, porque siguió diciendo que no se la iba a poner. Me quedé callada. Finalmente, con la intervención de unos y otros, aceptó de mala gana ponérsela. ¡Qué ajena estaba yo ese día de lo que tuve que luchar y padecer en los años que estuvimos casados para que vistiera adecuadamente, o simplemente, se pusiera ropa limpia! Ha sido una lucha constante. No sólo en ese aspecto, ¡lo ha sido en tantos!

Faltaban sólo cuatro días para el día de la boda. Un día antes sentí algo muy profundo. Era una mezcla de miedo, tristeza…, que me hizo dudar del paso que iba a dar, y así se lo dije a mi hermana:

─ “Paquita, me siento muy mal. Yo no quiero casarme”.

Ella puso el grito en el cielo. Mi madre, que en ese momento llegó, se unió a ella, diciéndome:

─ “¡Pero bueno! ¿Cómo le vas a dar ese disgusto a Manolo? ¡Con lo que él lleva sufrido con su accidente! Ahora no te puedes echar para atrás, ¡eso no se hace!”
Y una vez más callé, y como corderillo, fui reconducida de nuevo hacia mi destino.

El día de la boda llegó. A la casa de mi madre empezaron a llegar familiares, entre ellos el padrino. Yo salí con mi vestido de novia. Esperábamos a que llegara él con la madrina. Cuando llegaron, él estaba muy contento. No sé si me miró, lo que si recuerdo, es que le oí decir:

─ “¡Anda, que está la madrina más guapa que la novia!”

Mi hermana se reía toda alagada, y él también. A mí me dolió. Seguí allí plantada, completamente ajena a todos.

Después de celebrarse la boda compartimos una comida con los familiares. Al atardecer todos se fueron despidiendo, deseándonos felicidad y todas esas cosas que se suelen decir.

A los pocos días me llevó a su pueblo, para que conociera a una hermana. De allí nos fuimos al cortijo donde vivían sus padres, que estaba bastante alejado del pueblo. Ellos no habían asistido a la boda porque nunca salían de él, de no ser por enfermedad. Cuando vi que el coche que yo suponía nos iba a llevar al cortijo se paró a un lado de la carretera y a un hermano esperándonos con una mula, le pregunté a Manolo que para qué llevaba la mula, y él me contestó:

Albondón

─ “Pues para cargarle el equipaje”.

─ “Pero… ¿Dónde está el cortijo? –le seguí preguntando.

─ “Hay que bajar por este carril, y allí al fondo de la loma, está… ¿Lo ves?"

Cuando vi donde estaba y la pendiente que había que bajar por aquél carril, que yo no veía, pues más bien era un paso de cabras, ¡comprendí por qué sus padres no salían del cortijo salvo por enfermedad! Bueno, a la pobre mula le cargaron el equipaje y empezó a bajar por aquél escabroso terreno con algún que otro resbalón, y yo pendiente de sus patas, con el corazón encogido… ¡Temía que el pobre animal cayera ladera abajo rodando, por lo que no me atrevía a bajar! Cuando Manolo se dio cuenta, esperó a que me decidiera. Como vi que no había otra alternativa, empecé a bajar olvidándome de la mula, ¡porque ahora era yo la que tenía que estar pendiente de dónde ponía los pies, si no sería yo la que saliera rodando!

Cuando por fin llegamos al final de la ladera, sus padres y otros hermanos nos salieron al encuentro. Después de saludarnos, me enseñaron el cortijo. No tenía agua ni luz, por lo que dijo su madre:

─ “Pronto se hará de noche. Más vale que os aseéis un poco antes de la cena”.

Allí permanecimos unos días, que a mí se me hicieron eternos. El mes de vacaciones llegaba a su fin. Había que regresar a Francia, pues Manolo se tenía que incorporar a su trabajo.