Capítulo 7: Mi vida en Paris

Fui "guiada" hasta encontrar el trabajo adecuado para mí

Rue de la Pompe Paris Julien

Ya en el centro de acogida, al quedar sola con la monja, me hizo varias preguntas: de qué lugar de España venía, si tenía más hermanos…. Al saber mi edad quedó muy impresionada, diciéndome:

─ “No tienes ni dieciocho años…”

Yo la miré a los ojos sin saber qué decirle. Tampoco fue necesario, porque ella sí me comprendió y siguió explicándome cómo sería mi estancia con ellas:

─ “Aquí vas a estar hasta que te encontremos un trabajo. A este centro nos llegan demandas de señoras que necesitan una empleada de hogar. Una de nosotras siempre os acompañamos en la primera cita que tengáis.”

Ella también me informó del horario en que se servían las comidas y me llevó a una habitación grande donde había varias camas a un lado y al otro había armarios, y me dijo señalándome una de las camas:

─ “Esta es la tuya, y este será tu armario” ─y me dio una llave diciéndome que lo dejara cerrado si tenía que salir.

─ “A nosotras no nos tienes que pagar nada –siguió diciéndome– lo harás solo cuando tengas un trabajo fijo en una casa en la que tú te encuentres bien. Las comidas las servimos aquí,  ¡ven!”

Fui hacia ella, y justo al salir de los dormitorios había una zona que anteriormente ella me dijo que fue un patio al descubierto, pero que ellas, para darles más utilidad, lo habían cerrado. El techo me pareció que era todo de cristales, pues entraba mucha luz. También tenía estufas esparcidas por varios sitios.

─ “Y ya está todo. Ahora te dejo para que te acomodes y guardes tus cosas. Dentro de una hora se sirve la cena.”

Guardando mis cosas estaba cuando entraron en el dormitorio algunas chicas. Me saludaron preguntándome:

─ “¿Acabas de llegar?”

─ “Sí” ─les contesté. Nos presentamos, y ellas me dijeron:

─ “Nosotras también dormimos aquí.”

Y yo veía que pasaban otras chicas y se iban hacia el fondo, y les pregunté.

─ “¿Y esas chicas?”

─ “Ah, si –me dijeron─. Es que en aquella parte hay otro dormitorio. Ese es el inconveniente de dormir en éste, pues, como ves, también es su paso”.

─ “Bueno –dijo una de ellas mirándose el reloj–, ya es la hora de la cena” –. Y dirigiéndose a mí, me dijo:

─ “Tu ahora te tendrás que acostumbrar… las comidas, el horario,… Todo te parecerá extraño. Pero eso es algo a lo que pronto te acostumbrarás.”

Salí del dormitorio con ellas hacia el comedor, situado en el antiguo patio. Había solo una mesa alargada, bastante grande. Los cubiertos ya estaban puestos y enseguida se empezó a llenar de chicas de diferentes edades, aunque mayores que yo si eran. En espera de que se empezara a servir la cena, las chicas se contaban cómo les había ido el día. Al terminar nos fuimos retirando unas hacia sus dormitorios, otras se quedaban en una sala en la que había un televisor. Yo también pasé para ver cómo era, pero como no comprendía nada, al momento me salí y me fui para el dormitorio. En él estaba una de las chicas preparándose para acostarse, yo le pregunté por el aseo y ella, poniéndose una bata, me dijo:

─ “Ven conmigo, que yo también voy” ─. Al  llegar, la chica me miró, diciéndome:

─ “¿No has traído toalla?” –Y yo le contesté:

─ “No, es que no tengo.”

─ “¿Tampoco tienes pijama ni bata?”

─ “Tampoco” –le dije.

─ “Ven conmigo” –me dijo ella. Al llegar a una puerta se paró diciéndome:

─ “Espera aquí un poquito” ─. Llamó y entró. Al instante salió con una monja que me invitó a pasar. Era una estancia en la que había toallas, pijamas, batas… Me miró e inmediatamente vino con todo lo que necesitaba, diciéndome:

─ “Yo creo que todo será de tu talla, si no es así me lo traes y te daré otra” –. Y me preguntó:

─ “¿Tienes ‘necessaire’? Bolsa de aseo…” ─me dijo en español.

─ “Pues no…” ─le contesté. La verdad era que tampoco sabía lo que era. Entró de nuevo y salió con una pequeña bolsita diciéndome:

─ “En ella te he puesto todo lo que necesitas para tu aseo personal.”

Yo, sin saber lo que decir, la miré con agradecimiento, que a ella le llegó, y para quitarle importancia a la situación, dijo sonriendo:

─ “¡’Alle, Alle’! ¡Venga, que tenéis que dormir!” ─Y, dirigiéndose a la chica que me acompañó, le dijo:

─ “Porque tu mañana trabajas, ¿verdad?”

De regreso, le di las gracias a esta chica, y ella me contestó:

─ “No tienes que dármelas, sólo he hecho lo que tenía que hacer, pues por esto también pasé yo. Cuando tú trabajes tendrás tus propias cosas, ¡ya lo verás! De todo lo que te hayan dado, lo que si tendrás que devolver cuando te marches de aquí será la bata, el pijama y la toalla. El ‘necessaire’ te lo puedes quedar.”

Ese día estrené la ducha por primera vez. El agua salía muy calentita. Al terminar me puse el pijama y me estaba perfecto, y salí con mi bata hacia el dormitorio.
A los pocos días, una de las monjas me dijo:

─ “Mañana te voy a acompañar a una casa. Sólo es media jornada. Si te interesa, la señora me ha dicho que puedes quedarte para empezar a trabajar.”

Y al día siguiente me acompañó a esta nueva casa.

─ “Aquí no tienes que cocinar. La señora te irá diciendo lo que tienes que hacer. Cuando termines, ella te acompañará al centro.”

En esta casa yo ya empecé con un poquito más de idea, e iba haciendo todo lo que me decía, hasta que me llevó para la cocina y me mostró dos canastos enormes de ropa y un trozo de jabón, diciéndome:

─ “¡’Lave’!”

─ “Sí, la comprendo –le decía yo─, pero, ¿dónde?” –porque no veía una pila como había en España. Entonces me señaló el fregadero de la cocina. ¡Haceros una idea cómo me quedé!

─ “Bueno, pues tendré que lavar aquí… Puede que se lave bien…”

Pero no podía, ¡era imposible! Por otro lado, además de mi continuo dolor por la lesión de mi columna, me sentía muy débil, pues todavía no me había acostumbrado ni al horario de las comidas, tan diferente al de España, ni a ellas.

En esas condiciones me encontraba pensando “es un esfuerzo inútil, no voy a poder”. Miraba esos enormes canastos de ropa y según iba lavando me parecía que crecían en cantidad, y yo cada vez más débil. No veía el momento de librarme de ellos, por lo que le preguntaba a la señora cuando llegaba a la cocina:

─ “¿Qué hora es?” ─con la esperanza de que ya habría terminado mi jornada, pero como ella me respondía muy enfadada, diciéndome “lave, lave”, comprendí que no era así.

Entonces recordé que la monja me dijo que mi jornada finalizaba cuando terminara de servirles la comida. La señora entraba en la cocina muy alterada, miraba los canastos y salía protestando en francés. Recuerdo que repetía mucho “¡Oh là là!” Al poco rato entró. Por sus gestos comprendí que lo que me decía era que dejara de lavar y guardara los canastos en un cuartito que me enseñó. ¡Qué aliviada me sentí! Con la cocina ya libre, ella se dispuso para hacer la comida. Mientras tanto, a mí me llevó al comedor indicándome que pusiera la mesa.

El marido y dos hijas llegaron al poco tiempo. Cuando terminé de ponerla me fui para la cocina. La señora estaba terminando y me empezó a decir en el orden que tenía que servir los diferentes platos. De vez en cuando me decía en español alguna frase. Lo que no me explicó, creyendo que yo lo sabría, es lo que tenía que hacer cuando sintiera el sonido de una campanita. Os explico cómo viví esta nueva experiencia, porque es interesante: el primer sonido de esta campanita era para que empezara a servir; otro toque, para que retirara el cubierto y poner otros limpios para servir el siguiente; así sucesivamente, hasta que terminaran de comer.
Del momento en que se sentaron a la mesa yo no me enteré, y esperaba en la cocina que viniera la señora para decirme que ya podía servir. Oía el sonido de una campanita y, como yo no aparecía por el comedor, sonaba con más insistencia, hasta que una de las hijas entró en la cocina partiéndose de risa y, al verme sentada, tan ajena, más se reía. Yo la miraba sin comprender el motivo de su risa, a la espera de que ella me pudiera decir algo. Cuando por fin pudo, chapurreando un poquito el español me lo explicó, y ya empecé a servir el primer plato. La risa de la hija, ahora más disimulada, continuaba en la mesa, y más cuando me vio, y yo, que ya estaba procesando en mi mente todo el episodio de la campanita, al mirarla, estuve a punto de reírme también, pero la mirada inquisidora que dirigió la señora a la hija, nos la cortó por completo. Sin más problema, continué sirviendo al sonido de la campanita.

En esta casa, con el recuerdo de los canastos de ropa, creo que fui yo la que decidí no volver, y así se lo comuniqué a las monjas. Y ellas, una vez más me dijeron:

─ “Tú no te preocupes, ya verás cómo encuentras una en la que estés bien.”

Al poco tiempo, una monja nos dice a otras chicas y a mí de acompañarnos a una iglesia diciéndonos que allí irían algunas señoras que necesitaban empleada de hogar y las requieren como vosotras, jóvenes y con buena presencia. Al llegar a la entrada de la iglesia, las señoras nos esperaban en el soportal. Nos pusieron en fila diciéndonos que abriéramos la boca y nos fueron mirando la dentadura. Parece ser que no fuimos del agrado de ellas, pues no se quedaron con ninguna de las que íbamos. Esa experiencia yo la recuerdo que la viví como una más de todo lo nuevo que estaba viviendo, pero para algunas de las otras chicas fue traumática, porque salieron llorando, diciendo:

─ “Si pudiera, ¡mañana mismo regresaba para España!”

En espera de que me encontraran otro trabajo pasaba los días en el centro. Las monjas me decían:

─ “Puedes salir, si quieres. París es muy bonito.”

Pero a mí no me apetecía ni me sentía con ánimo. Por otro lado, yo me sentía bien al ver lo felices que volvían otras chicas de sus salidas, hablando entre ellas de lo que habían visto y de lo bien que se lo habían pasado. Hacían una vida propia de la juventud que yo, sin saber por qué, nunca la tuve. Ha sido sólo con el paso del tiempo que lo he ido sabiendo. No obstante, un día decidí salir, y lo único que hice fue recorrer la calle donde se encontraba el centro, por miedo a perderme y también porque el calzado que tenía era el mismo que traía de España y los pies se me mojaban al caminar por la nieve.

A los pocos días llegó al centro la demanda de una señora que necesitaba una empleada de hogar para que se quedara interna. La monja nos acompañó a otra chica y a mí. En esta casa sólo había un matrimonio mayor con buena salud. Ella hablaba un poquito español, porque había vivido algunos años en Argentina. Recuerdo que esta señora me miraba con insistencia a los ojos. Yo la miraba también y me sonreía. Nos hizo algunas preguntas, a las que contestábamos. Después llamó a la chica que reemplazaríamos. Ella nos explicó que tenía que regresar a España por su salud, que este era el motivo por el que dejaba esta casa.

─ “La que os quedéis en ella estará muy bien, porque el trabajo es poco y los señores son buenas personas.”

A mí la señora seguía mirándome fijamente a los ojos, como si quisiera ver en mi interior. Si lo consiguió debió de agradarle, porque me eligió a mí.

Buhardillas de París

Cuando empecé a trabajar en esta casa pude comprobar que, una vez más, fui “guiada”, pues era la apropiada para mí, ya que en ella no tenía que lavar, ni planchar, pues toda la ropa sucia era recogida en la casa y la entregaban ya planchada. Para limpiar los cristales de los balcones venía un hombre de vez en cuando. Las compras más pesadas también las traían a la casa. Las comidas eran sencillas de hacer. Unos días se hacía puré de patata, otros, hervidas al vapor con alguna verdura, otros, espagueti sin ninguna salsa, sólo con un poco de mantequilla. Todos estos platos se acompañaban de un filete de ternera a la plancha o una chuleta de cerdo, y otras veces con pescado. La cena era la clásica sopa de Francia: una crema hecha con puerro y patata. De segundo plato se alternaba el jamón de york con la tortilla francesa o un huevo cocido. Este era el menú para cada día. La señora me enseñó a cocinarlo según su gusto, insistiéndome que lo hiciera lo mismo, y yo, así lo hacía.

Mi habitación era la típica buhardilla de Francia, pequeñita pero con mucha luz, a la que yo accedía por la escalera de servicio. Mi jornada laboral empezaba a las 7 de la mañana. Preparaba el desayuno y se lo servía en la cama. Cuando terminaban, retiraba las bandejas y ellos se quedaban en su habitación. El marido, todos los días a las 9 en punto salía de la casa para ir a su oficina. La señora también salía un poquito más tarde para pasear o reunirse con su hija o algunas amigas, y yo me quedaba haciendo las tareas de la casa, que las terminaba en poco tiempo.

Josefina en la boardilla leyendo una revista

Hasta la hora de hacer la comida tenía mucho tiempo libre que yo lo invertía repasando una y otra vez alguna revista de comics. Al mismo tiempo intentaba leerla compaginando los gestos de los protagonistas que venían dibujados en las viñetas. Me metía tanto en estas historias que llegó el momento que aprendí a leer en francés antes de hablarlo. A aprenderlo me ayudaron los dependientes de una “cremerie” que se encontraba al lado de la casa.

Había dos chicas y un chico atendiendo, y cuando la señora me mandaba a comprar huevos o mantequilla, que era la única compra que hacía, ellos me obligaban a pedirlo en francés. Para pedir la mantequilla tenía que decir “beurre”, y si era huevos, “oeuf”. ¡Haceros una idea de cómo lo pronunciaba! Ellos era verme llegar y ya se empezaban a reír, y yo también. Cuando llegaba mi turno de atenderme, me lo hacían repetir entre risas, una y otra vez… En definitiva, hablarlo perfectamente no lo conseguí, pero si me defendía bien para salir y entrar sin perderme. Incluso me subía en el metro y leía la carta para hacer los transbordos que necesitaba.

En esta casa me encontraba muy bien, y los señores lo estaban también conmigo. Ellos fueron los que me hicieron la carta de residencia para que mi estancia en Francia fuera legal. El domingo lo tenía de descanso. Las monjas del centro nos decían a todas cuando ya teníamos un trabajo fijo que podíamos ir a pasar ese día con ellas y compartir con las chicas. Yo fui algunos domingos e hice amistad con algunas de estas chicas, que me presentaron a otras familias que ellas conocían de España. De vez en cuando quedábamos para ver alguno de los lugares más emblemáticos de París. También conocí a algunos chicos, familiares o conocidos de estas familias. Más de uno me pidió salir con él, pero nada importante. Así pasé el poco tiempo que estuve en París.

A los pocos meses la señora me dijo:

─ “Como todavía no le pertenecen vacaciones para que pueda ir a España, este verano se va a venir con nosotros a una casona de campo que tenemos. También se vendrán mi hija con su marido y mi nieta con el suyo. Usted tendrá, en la misma casa, su habitación, y el trabajo será más o menos el mismo que tiene aquí, pues todos colaborarán para que también sean para usted vacaciones” ─terminó diciendo, y yo hacía lo que me decían  y me fui con ellos a esa casa de campo.

Era un lugar precioso. La casa, me dijeron, perteneció a sus antepasados. Estaba retirada de la civilización, en medio de la campiña. Yo tenía mucho tiempo libre, y daba largos paseos por los alrededores. Recuerdo que un día el marido de la nieta me preguntó si sabía leer, y yo le dije que sí. Él iba todos los domingos al pueblo más próximo a comprar la prensa y algún libro, porque leían mucho. Se notaba que eran personas muy cultas y educadas. Uno de esos domingos, al volver del pueblo, se llegó a mí y me dijo:

─ “Le he traído este libro. Espero haber elegido bien.”

Era el primer libro que cogía con mis manos. Su título, “Entre naranjos”, de Blasco Ibáñez. Sin saber por qué, lo abracé contra mi pecho, y al mismo tiempo le dije:

─ “Gracias señor.”

Y me fui a mi habitación con la disposición de leerlo. Su lectura para mí fue mágica. Mis sentidos despertaron a otro nivel. ¡Esa fue la sensación que tuve!

Después de haber pasado un mes en la casa de campo volvimos a París. Mi trabajo era el mismo, lo que pasó es que yo, al tener más práctica, lo terminaba en menos tiempo. De esto la señora se dio cuenta y un día me dijo:

─ “El señor y yo somos conscientes de que la mensualidad que le pagamos es poca. Nosotros estamos muy contentos con usted, porque su conducta y su trabajo son intachables. Lo que le proponemos, si le parece bien, es que se busque otra casa para trabajar unas horas, pues tiempo tiene de sobra, y ganaría un dinero extra.”

A mí me pareció bien y enseguida encontré otra casa, con la gran suerte que sólo tenía que cruzar la calle para llegar. Era un matrimonio joven, con un hijo que tendría cinco años. Yo francés no lo hablaba y lo comprendía a medias. Aún no habíamos quedado para decirle las horas que podía ir y que ella me dijera lo que me iba a pagar, y eso me preocupaba. Entonces la señora me dio su número de teléfono diciéndome:

─ “Dígale que me llame, ya hablaré yo con ella.”

Y así lo hicimos, llegando a un acuerdo. En esta casa empecé a trabajar dos días a la semana y estaba dos horas cada día. Ella me iba diciendo lo que tenía que hacer. Uno de estos días tuve una desagradable experiencia por no comprender lo que me dijo, y también por la poca consideración que esta señora tuvo hacia mí. Esto fue lo que pasó este día:

Cuando llegué, ella me llevó al cuarto de baño, señalándome el retrete vi que había unos pinos de caca flotando… Yo miraba todo aquello y la miraba a ella, que me estaba hablando, intentando saber lo que me decía, pero no la comprendí. Yo empecé a limpiar como de costumbre, y cuando tuve necesidad de cambiar el agua sucia del cubo, en el retrete lo vacié… ¡Madre mía lo que allí se lio! Al ver todos esos pinos saliendo por fuera del retrete fue cuando comprendí lo que un momento antes me estaría diciendo. ¡Tarde, pero lo comprendí! Cuando ella llegó y lo vio, ¡se puso echa un basilisco! Entraba y salía del cuarto de baño gesticulando con los brazos. Yo creo que lo que en ese estado me decía era “¡ya le avisé de no echar agua al retrete, ahora es usted quien lo tiene que recoger e ir metiéndolo en esta bolsa!”. El deciros que no tuvo consideración es porque no me dio ni unos guantes para hacerlo. Yo empecé a recoger todo y metiéndolo en la bolsa. Cuando terminé limpié el baño y ella ya se fue calmando. Ese día pasó así.

Al día siguiente que me tocaba ir, el problema del atasco lo había solucionado. Yo continué en esta casa pues, a parte de esta desagradable experiencia, ella era buena persona y se portaba muy bien conmigo. Me dio muchísima ropa, toda en buenas condiciones. Yo no la necesitaba porque mi patrona me tenía surtida, pero pensando en mis hermanas la fui guardando para hacérsela llegar a España.

Por otro lado, en la casa fija donde estaba, seguía teniendo mucho tiempo libre, y la señora me dio permiso para que trabajara en otras casas más, sin desatender lo que tenía que hacer en la suya. Encontré otras dos casas, también muy cerquita de la que yo estaba.

Una tarde llegó a visitar a la señora una amiga que era pintora. Mientras que yo le servía el té, me di cuenta que me miraba y hablaban entre ellas. Lo que hablaban era de mí, pues parece ser que ella vio que era la modelo perfecta para pintar un cuadro que tenía en mente y le pedía a mi patrona si me daría permiso para que fuera a su casa a posar, pagándome por supuesto. La señora me comunicó la petición de su amiga y yo le contesté que, si ella me daba permiso, iría. Quedamos en que serían dos tardes a la semana. Me dio su dirección, pero el primer día vino a recogerme para que aprendiera el trayecto.

Para posar me dio un vestido rojo. Me puso un chal cubriéndome los hombros, creo que era negro. Me senté en un sillón sujetando un abanico en mi mano y empezó a pintarme. Una de las tardes llegó a visitarla una amiga, también pintora, que iba a exponer sus cuadros en la misma galería. Yo, como ya entendía un poquito más el idioma, en lo que le decía comprendí que estaba tardando mucho en terminar el cuadro, que se diera más prisa porque la fecha de abrir la galería estaba próxima. Y ella le contestaba:

─ “Si lo tengo ya terminado, ¿lo ves? Pero me he detenido en los ojos porque quiero plasmar en el cuadro la profundidad que yo veo que la modelo tiene en ellos.”
Cuando por fin ella quedó satisfecha del resultado y me lo enseñó, me quedé al verlo sin palabras, preguntándole “¿así soy yo?”. Me gustaría encontrar ese cuadro, pero es cosa difícil, porque como no me quedé con el nombre de la pintora ni de cómo lo llamó… Por otro lado me sentí muy triste cuando lo acabó, pues a mí terminó por gustarme la tarde que iba a posar, y volvía muy contenta.

Al poco tiempo se me presentó otra oportunidad de vivir otra experiencia. Me disponía a coger el metro. Cuando se abrieron las puertas entré y vi a un chico joven que corría para entrar en mi mismo vagón, antes de que se cerrara. Enseguida se acercó a mí, diciéndome en francés:

Parada de Metro Rue de la Pompe Station

─ “Perdone señorita.”

Yo lo miré para saber si quería preguntarme algo, y él empezó a hablarme, y yo le dije:

─ “Perdone, no le comprendo bien.”

─ “¿Es usted española verdad?” ─me dijo él.

─ “Pues sí” ─le contesté.

─ “Yo me llamo ─me dijo su nombre, pero no lo recuerdo─ y trabajo en televisión. Tengo el encargo de buscar a chicas españolas para hacer unos anuncios, y cuando la he visto, ya se habrá dado cuenta de que me he precipitado a entrar para no perderla, porque me ha parecido la adecuada.”

Y yo, por salir del paso, le dije que no estaba interesada, pero la verdad fue que no me fiaba de lo que me estaba diciendo. Él debió darse cuenta de mi desconfianza y me dio una tarjeta diciéndome:

─ “Usted lo piensa y si llama pregunte por mí. Aquí está mi nombre.”

A los pocos días, aprovechando que la señora había salido, quise comprobar si era verdad lo que me dijo. Llamé al número de teléfono y grande fue mi sorpresa cuando contestaron:

─ “Allo, Télévision française de Radio, Allo.”

Yo me quedé con el teléfono en la mano sin contestar, diciéndome “era verdad, no me ha mentido…”.

A lo largo de los años, viendo lo que ha sido mi vida, varias veces me he preguntado por qué, habiendo tenido tantas oportunidades de elegir el haber tenido otra vida, no lo he podido hacer, pues algo dentro de mí me lo impedía. También es verdad que, a todas las preguntas que me hacía y a las que seguía haciéndome, según he ido cumpliendo con la misión para la que fui requerida, he ido teniendo respuesta, no antes.

Yo ya me encontraba bien en París. A mi madre le escribía y ella, en una de sus cartas me informó que mi hermana Paquita con su marido había decidido partir hacia Francia para trabajar. Ya sólo le faltaba que le dieran el pasaporte. Ellos se venían por mediación de un matrimonio conocido que trabajaban en Lyon. Hacía solo un mes que yo estaba en París cuando ellos llegaron a Lyon. Sus dos hijos y la madre de su marido, que vivía con ellos, se quedaron en España. Cuando encontraron trabajo y alojamiento, regresaron para llevárselos.

Yo, como os digo, me encontraba bien en París, pero mi hermana en un momento dado me empezó a escribir animándome para que me fuera con ellos, argumentando:

─ “¿Qué haces en París tu sola? ¿Por qué no te vienes a Lyon? Aquí pronto encontrarías trabajo…”

A mí, en aquellos momentos, y en otros muchos de mi vida, no se me ha permitido pensar en lo que era bueno para mí o en lo que no lo era. De lo que sí empecé a tener más conciencia era de los mensajes que recibía. El que recibí en esta ocasión cuando me dispuse para irme a Lyon me llegó desde lo más profundo de mi ser, acompañado de una gran tristeza, y fue este: “Tu vida va a cambiar”. Y yo, a pesar de este sentimiento que me invadió, me dispuse a ir al encuentro de mi destino, para cumplir con la parte más importante de mi misión.

En los días siguientes me fui despidiendo de todas las personas con las que había trabajado. También hice un gran paquete con toda la ropa que me fueron dando para enviarlo a España. Recuerdo que no fue nada fácil ni se cómo me las arreglé yo sola para enviarlo, pero lo hice.