Capítulo 6: Por fin llegué a París...

…¡y no resultó ser todo tan sencillo como me habían contado!

Por fin llegué a París...

Cuando llegué a Paris, mi amiga estaba esperándome. ¡Hacía un frío inmenso! Era el año 62 y había caído una nevada enorme. Haceros una idea del frío que habría pasado si no hubiese sido por la generosidad de todas estas buenas personas que me surtieron de ropa de abrigo mientras estuve en Figueras… ¡Qué feliz me sentí tan abrigadita con mi chaquetón!

Mi amiga me llevó a la casa en la que ella trabajaba para que la viera. Era una casa enorme, con muchas habitaciones. Una de ellas estaba preparada para hacer gimnasia, y había una mesa muy grande que mi amiga me dijo que era para jugar al ping pong.

- “¿Ves lo que te decía? –Me siguió diciendo, señalándome al suelo–. Aquí solo hay que pasar el aspirador o la mopa y poco más.”

Yo me preguntaba “¿cómo funcionarán esos aparatos?”, pues a mí me sonaban tan extraños…

- “Con decirte que yo a medio día ya estoy en mi habitación descansando hasta la hora de la cena… -seguía explicándome mi amiga-. Ven, que ahora te la voy a enseñar.”

Para llegar a su habitación recuerdo que tuvimos que ir a una planta baja al otro extremo de la casa. Cuando por fin llegamos y la vi me gustó mucho, pues era muy bonita y con mucha luz. Y como ella me dijo en España, tenía un cuarto de baño para ella sola.

- “¡Qué bien!” –conseguí decir. Porque, aunque yo quería creer que sería todo así de sencillo como me lo planteaba, había algo que, como muy pronto descubrí por mí misma, no lo sería tanto.

- “Ahora espérate aquí un poco mientras yo voy a pedirle permiso a mi patrona para llevarte a la casa donde te están esperando, ¡porque mañana mismo tienes que empezar a trabajar!”

Fuimos a la casa y me presentó. Era un matrimonio joven, los dos trabajaban, y tenían dos hijos. Parece ser que les gusté. A continuación me mostraron la casa. Al mismo tiempo, en francés, le iban diciendo a mi amiga las tareas que tendría que hacer para que ella me pusiera al corriente. De vez en cuando me miraban, sonriéndome con agrado, y yo también les correspondía. Finalmente nos subieron para que viera la que iba a ser mi habitación, que estaba en un pasillo largo con las paredes muy ennegrecidas. Al llegar a una de las puertas, la abrieron haciéndome comprender con gestos que sería mi habitación. Al final del pasillo estaba el servicio, que era comunitario, compartido entre todos los que ocuparan las otras habitaciones. Me dijeron que descansara y dejaron a mi amiga para que me pusiera al corriente, y así lo hizo:

- “Tienes que estar abajo, en la casa de los señores, a las siete de la mañana en punto. Recuerda que tienes que bajar por la escalera del servicio, que es la misma por la que hemos subido, y entrar por la puerta que da a la cocina. Esta es la llave, tú la abres sin llamar. La señora te estará esperando para enseñarte dónde están los utensilios de la cocina y los de la limpieza. Ella ha pedido permiso en su trabajo para salir por unos días antes de lo que es su horario para que te hagas con todas las tareas, que serán: poner la mesa para el desayuno, prepararlo, después ellos se irán para su trabajo, llevándose al mismo tiempo a los hijos para dejarlos en el colegio. Tú te quedas limpiando, haciendo lo que ella te diga. A mediodía, pues lo mismo, pones la mesa para que cuando ella llegue le ayudes a preparar la comida, al mismo tiempo para que aprendas… Mientras que ellos comen, tú lo haces en la cocina. Cuando hayan terminado, quitas la mesa, y te vas llevando todos los platos para la cocina. La señora te enseñará a utilizar el lavavajillas, arreglas un poco la cocina y te subes a descansar hasta la hora de la cena. Bajas y ella te dirá lo que tienes que hacer.”

Al ver mi amiga la expresión de mi cara oyendo todo lo que me decía que tendría que hacer, se fue diciéndome:

- “¡Tú no te preocupes, ya verás qué pronto te acostumbras!”

Antes de que se fuera le pedí si me podía dejar su reloj, pues si tenía que empezar a las siete me haría falta uno.

Cuando me vi sola en la habitación, no se explicaros cómo me sentí… Era todo tan extraño… Abrí la puerta y salí al pasillo. La luz no estaba encendida. Miré a un lado y a otro preguntándome “¿dónde me han dicho que estaba el cuarto de baño? Y creo que hay un botón para encender la luz… pero… ¿dónde estará?”. Finalmente opté por acostarme diciendo “mañana lo encontraré…”.

París nevado

La noche se me hizo muy larga, porque la pasé mirando el reloj cada hora. A las 6 me levanté y me vestí con mi ropa para ir al cuarto de baño, pues yo no tenía bata, ni sabía de su existencia. El pasillo seguía sin luz. Empecé a buscar el dichoso botón pasando la mano por la pared. Afortunadamente, en ese momento sentí que una puerta se abría. Alguien salía de su habitación, y encendió la luz. Era una chica, me saludó en francés, y yo le sonreí diciendo “buenos días”, en español. Me aseguré del lugar donde estaba el botón y me fui tras ella, pues seguro, pensé, que va al cuarto de baño. Al llegar ella entró diciéndome algo, que, por supuesto, no comprendí. Esperé un poquito y cuando salió entre yo.

El baño ya os podéis imaginar en las condiciones que me lo encontré, después de haber sido utilizado por varias personas. El suelo estaba mojado, no sé si sería de agua o de pis, y yo, que siempre he sido muy escrupulosa, no sabía dónde pisar. Había una ducha, que yo veía por primera vez, pero era tanto el frio que tenía que pasé de ella. Me aseé como los gatitos y me fui deprisa para mi habitación. En ella me peiné y me dispuse para empezar mi primer día de trabajo.

Mientras bajaba las escaleras me iba preguntando “¿me acordaré de la puerta por la que tenía que entrar?”, pues el día anterior me lo mostraron todo tan rápido… Afortunadamente di con ella, la abrí y allí estaba la señora. Me dijo buenos días en francés y alguna otra cosa más, yo le sonreí y me puse en espera, prestando mucha atención a lo que me dijera. Me hizo señas de seguirla, y me llevó al comedor, mostrándome donde estaba la vajilla, los cubiertos, los manteles. Ella puso el mantel y un cubierto invitándome a que pusiera tres más alrededor de la mesa. A ella le debió parecer que tardaba mucho porque llegó al comedor diciendo “¡vite,  vite!”. Por sus gestos comprendí que me decía “¡deprisa, deprisa!”. Con toda la razón, pues yo tenía un lío quitando y poniendo platos, tazas, copas… procurando que estuviera todo como el que me había dejado ella de muestra… Al mismo tiempo estaba asombrada diciéndome “¡pero cuánto come esta gente en el desayuno para necesitar tanto plato y demás cosas!”.

Al verla llegar otra vez diciéndome "¡vite, vite!” di una última ojeada a la mesa y me fui para la cocina, donde me encontré con una serie de aparatos eléctricos que yo no había visto nunca, tales como frigorífico, tostadora, cafetera, exprimidor para hacer el zumo,… Abrió el frigorífico, saco de él mantequilla y mermelada, indicándome para llevarlo al comedor. Regreso a la cocina y me dijo (acompañando todo lo que me decía con gestos) que partiera naranjas y me señaló la exprimidora, y yo me quedé mirándola sin saber lo que tenía que hacer… Ella se dio cuenta y vino a mí para enseñarme cómo funcionaba. A continuación hizo lo mismo con la cafetera y la tostadora. Me señaló el frigorífico para que lo abriera y sacara la leche. “Es para los niños”, me hizo entender. Me señaló uno de los armarios de los muchos que había en la cocina, donde estaban los cazos. Cogí el que ella me dijo y me enseñó a encender el fuego, que era de gas. Mientras se calentaba la leche, me mostró un aparatito, me hizo ver hasta dónde había que llenarlo de agua, y metió dentro dos huevos. Me señaló un botón para que lo pusiera en marcha. Una especie de pitido era la señal de que los huevos estaban en el punto en que les gustaba a los niños. Cuando sonara, tenía que pararlo, me insistió hasta que lo comprendí, y sacar los huevos, porque si no lo hacía se pasaban, y pasados no se los comerían.

Fuimos llevando todo al comedor, donde estaban sentados a la mesa los niños y el marido. Me presentó a ellos y ya se quedaron desayunando. Yo me volví a la cocina sin saber lo que hacer. Miraba todos aquellos aparatos extrañada y con admiración de ver lo rápido que se hizo todo. Ensimismada en este pensamiento, no me di cuenta que la señora entró en la cocina para decirme que yo desayunara también. Era en lo que menos estaba pensando, aunque estaba sin comer desde el mediodía del día anterior. No recuerdo si comí algo, pero creo que no, porque no tuve tiempo de hacerlo, pues la señora entró de nuevo para decirme que ya podía ir quitando la mesa y que lo llevara todo para la cocina. Me señaló otro aparato, que a mí me pareció otro frigorífico en pequeño, lo abrió y empezó a meter los cubiertos, indicándome que yo terminara de colocarlos todos. No pasaron ni quince minutos cuando de nuevo entró en la cocina diciéndome que ellos se tenían que ir, que la siguiera. Dejé lo que estaba haciendo y fui tras ella, y me fue mostrando todo lo que tenía que hacer: las camas, limpiar el polvo y el famoso aspirador al que tendría que enfrentarme sola.

Cuando por fin se fueron, sentí alivio, pero pronto reaccioné, diciéndome “todo lo que me han mostrado, será que lo tengo que hacer…”. Ninguna de estas tareas las había yo realizado en mi casa. Afortunadamente, durante el tiempo que pasé en Figueras en la casa de este matrimonio que con tanto cariño me trataron, también me pusieron al corriente de ellas, menos del aspirador, pues ellos no tenían. Volví a la cocina para terminar con lo que estaba haciendo, miré el exprimidor, preguntándome “este aparato también se tendrá que lavar… pero…

¿cómo?”. Pasé de él, puse un poco de orden en la cocina y con decisión me dispuse para hacer todo lo que tenía pendiente. Cuando terminé, miré el aspirador diciendo “¡ahora te toca a ti!”. La explicación de cómo funcionaba había sido tan rápida que sólo recordé que había que enchufarlo a la corriente y así lo hice. Y empecé a tocar con cierto temor algún que otro botón, pero nada, no se ponía en marcha… Lo que si pasó, con el consiguiente susto por mi parte, fue que, de pronto, el cable, a una velocidad de vértigo, se metió en el aspirador. Yo me quedé mirando diciéndome “¿y ahora qué?”. Por “casualidad”, tiré un poco del cable por el sitio que se había metido, y… ¡milagro! ¡El cable fue saliendo según iba yo tirando! Ya sabía que este botón no lo tenía que tocar… Seguí probando con otro y esta vez sí acerté, porque se puso en marcha. Pero la cosa no quedó ahí, pues como el mango no lo tenía sujeto empezó a dar saltos y a moverse de un lado a otro… ¡Dios mío, qué susto me llevé! “¿Y ahora qué hago?” me preguntaba… Pensé en varias opciones para detenerlo, menos en pararlo, ¡ahora que se había puesto en marcha! Lo que más apropiado me pareció fue ponerle el pie encima, y lo cogí muy contenta. Empecé a pasarlo por todo el suelo. Cuando tenía que pasar a otra habitación, para más seguridad, lo que hacía era desenchufarlo. Perdía bastante tiempo buscando el nuevo enchufe, pero los suelos, sin que pasara el aspirador por ellos, no quedó ni un rincón.

Recreándome en ello estaba cuando sentí que la puerta del piso se abrió. Era la señora que venía con la compra. Me saludó y yo le sonreí. Ella se fue directa para la cocina, invitándome para que la siguiera. Desenchufé el aspirador, que seguía en marcha, y me fui para la cocina. Ella estaba colocando la compra, y a mí me señaló unas verduras al mismo tiempo que decía “lave” o algo parecido. Yo me puse a lavarlas, pues eso fue lo que deduje que me decía… Ella salió para quitarse la ropa de calle y se puso otra más cómoda. A su regreso miró al comedor y, viendo que la mesa aún no estaba puesta, muy alterada entró en la cocina señalándome el comedor. ¡Ay, madre! La mesa… ¡lo había olvidado! Dejé las verduras y me fui para el comedor. Ella se fue para la cocina renegando, yo no la comprendía, pero algo agradable no sería. En la mesa me había dejado un cubierto para que yo pusiera el resto con las mismas piezas. Si todo lo que puse en el desayuno me pareció exagerado… ¡haceros una idea para la comida lo que tuve que poner! Opté por no darle importancia y me centré en ir poniendo todo, dándome toda la prisa que podía, pues la señora se asomaba de vez en cuando diciéndome en un tono mucho más enfadado que los anteriores “¡VITE, VITE!”.

En esta situación estábamos cuando llegó el marido con los niños. Yo los oía hablar entre ellos. Ella estaba muy nerviosa y él, en un tono más sereno, trataba de calmarla. Eso fue lo que yo percibí. El marido salió de la cocina y al pasar por el comedor me saludó con una sonrisa que a mí me pareció muy generosa por su parte. Repasé la mesa por si faltaba algo y convencida de que todo estaba bien, y un poco cohibida, me fui para la cocina. La señora ya había cocinado la verdura. Tenía una sartén en el fuego para hacer unos filetes. A mí me dijo que lavara los ingredientes para una ensalada. Sólo era una ensalada variada, pero como en aquel tiempo era la primera vez que veía que se necesitara tanta variedad para hacerla, ¡qué difícil me resultó! Sobre todo, trocear algunos ingredientes, otros los tenía que rallar… Resumiendo, no la habría podido terminar a tiempo de no ser porque ella estuvo pendiente, ayudándome.

Tengo que reconocer que ni para esta señora ni para mí fue fácil, pues ella que ya estaba familiarizada por haber crecido en la comodidad de los electrodomésticos, en la abundancia, y con tantos avances más que nos diferenciaban… Para mí, que me había criado en la escasez, era todo lo contrario, pues lo que se abrió ante mi fue un mundo nuevo. También reconozco que para esta señora tuvo que ser un poco más difícil pues seguro que esperaba a otra persona más preparada que yo. Si por lo menos hubiera trabajado en España en el servicio doméstico que, hasta puede que tuvieran electrodomésticos, aunque si existían en España, que no lo sé, sería en estas casas más pudientes… Pero este no era mi caso.

A los pocos días y viendo la señora que yo no estaba preparada para hacer todas las tareas de la casa, que era lo que ellos necesitaban, llamaron a mi amiga para que ella me comunicara las razones por las que tenían que prescindir de mí. Ella me informó de la mejor manera y, quitándole importancia, me dijo:

- “Tú no te preocupes, porque aquí el trabajo no te va a faltar. Los señores me han dicho que conocen un centro de acogida llevado por monjas españolas donde estarás hasta que te encuentren trabajo. Allí vas a estar muy bien, ¡ya lo verás!”

- “Dios mío –me dije yo–, ¡más incógnitas! Y ahora, ¿qué me espera?”

Hacia este lugar me acompañaron. Ya durante el trayecto me sentí aliviada, al momento reconocí que estaba siendo elevada en mi nube, preparándome para vivir esta nueva situación. Al llegar, ellos hablaron con una de las monjas, que, por lo que vi, también hablaba francés. Cuando terminaron, se dirigieron a mí para despedirse. Lo hicieron con mucho cariño. Mi amiga también se fue, diciendo que vendría a verme, pero nunca la volví a ver. La verdad es que este matrimonio se  portó muy bien conmigo, preocupándose de que me dejaban en un lugar seguro.