Capítulo 5: Una etapa imprevista de camino a Francia

Por “casualidad” viví una extraña situación, amparada siempre bajo mi nube de protección

Tenía yo 15 años. Os tengo que decir que era muy bonita. Chicos que pretendían salir conmigo no me faltaban. Yo, de vez en cuando, quedaba con alguno de ellos para pasear, pero si salía dos veces, a la tercera ya les decía que no. Al poco tiempo me pretendía otro, y yo tenía el mismo comportamiento con todos los que se me iban acercando. Nuestros paseos, en aquél tiempo, se hacían Carrera de la Virgen de las Angustias hacia abajo y al llegar al final de la calle nos íbamos hacia arriba, para volver a empezar el mismo paseo. Otras veces se organizaba un baile en la casa de alguna de las amigas, amenizado con la música de un toca discos que alguno de los chicos se ocupaba de llevar. Yo veía a mis amigas muy ilusionadas, y, al mismo tiempo, angustiadas pensando qué hacer para que el chico que les gustaba les pidiera salir con ellas. Yo no le encontraba sentido a su comportamiento… No sé, sería porque a mí me preocupaban otras cosas que ni yo misma sabía lo que eran, porque todavía no había llegado mi momento… Esto es algo que con el paso del tiempo he llegado a saber.

Por otro lado, la resistencia física que ellas tenían para estar toda la tarde paseando e ir a bailar si así se había organizado, yo no la tenía, debido a mi dolor de espalda. Recuerdo cuando me puse mis primeros taconcillos lo mal que lo pasaba… Aunque pronto le puse remedio. Si no podía seguir el ritmo de vida que llevaban mis amigas, pues no quedaba con ellas. Otras veces, dolorida en mitad del paseo, decía de irme a mi casa. Y lo mismo hice con los tacones, no ponérmelos, y, si lo hacía, era lo menos posible. De todas estas cosas que tuve que ir prescindiendo, no le di nunca mayor importancia, ni por ello lo pasé mal… Porque lo que sí me empezó a preocupar fue el trabajo, ya que en el taller donde estaba también empezó a escasear. Si trabajaba un día, había dos que no, y mi madre seguía diciéndome “Tú así no puedes seguir…”.

Un día me encontré con una chica vecina del barrio. Ella era unos años mayor que yo. Amigas no habíamos sido, pero sí lo fue de una de mis hermanas, que era de la misma edad. Nos saludamos y yo le dije:

- “Hace mucho tiempo que no te he visto por el barrio”. –Y ella me contestó:

- “Pero… ¿No has sabido que me fui a Francia para trabajar?”

- “Pues no –le contesté-. ¿Y cómo te va allí?”

- “Pues muy bien –me dijo-. En Francia hay mucho trabajo de empleada de hogar, pues es en el único trabajo en el que nos hacen la carta de residencia. Pero cuando se tiene, ya se puede trabajar en lo que prefieras. A las españolas no nos falta, porque somos muy apreciadas.”

- “¿En qué consiste ese trabajo?” –le pregunté, pues era la primera vez que oía la palabra “empleada de hogar”, y ella me informó de lo que era:

- “Yo estoy muy bien, y en la misma casa que empecé a mi llegada, en ella sigo. Este año he venido con un mes de vacaciones. Además, allí –me siguió diciendo- este trabajo no es tan duro como aquí en España, pues todos los suelos están enmoquetados, y sólo se pasa el aspirador, se limpia el polvo, los baños… ¡Con decirte que se puede trabajar con tacones de lo fácil que es!”

En fin, que me lo pintó de una manera, que yo, admirada, decía para mí “¡Dios mío, qué maravilla!”. Entonces ella me preguntó:

- “Y a ti, ¿qué tal te va? ¿Sigues cosiendo? Pues si yo recuerdo bien, era eso lo que hacías.”

- “Así es –le contesté-. Pero me va mal por la falta de trabajo que hay. Yo ya no sé lo que hacer…”

- “Pues si quieres, te puedes venir a París, que es donde yo estoy, que allí el trabajo no te va a faltar. Piénsatelo y me lo dices, para que yo, cuando regrese, te empiece a buscar una buena casa. Mientras tanto, ve haciéndote el pasaporte, que para ir a Francia lo tienes que tener. Te dejaré mi dirección para que estemos en contacto.”

Josefina y su hermana

En aquél tiempo tenía yo 17 años. Al no tener la mayoría de edad, necesitaba la autorización de mi madre para que me dieran el pasaporte, pero ella se negaba a ello y trataba de disuadirme diciéndome:

- “¡Pero cómo te vas a ir tu sola a Francia!”

- “Que sí mama -le insistía yo-. ¡Que allí hay mucho trabajo y se gana mucho!”

- “Pero… ¿en qué vas a trabajar?”

- “Pues limpiando en una casa, que estaré interna.”

- “Pero si tú nunca has trabajado limpiando en casas…” – seguía diciéndome.

- “Si, pero ese trabajo solo será hasta que tenga la carta de residencia. Cuando me la den, puedo buscarme otro. Además, la vecina me ha dicho que ese trabajo allí no es tan duro como lo es aquí en España.”

Mi madre por fin estuvo de acuerdo y me acompañó a la comisaría para firmar su autorización. Por aquél tiempo nos vinieron a visitar un matrimonio parientes de mi madre. Hacía ya tiempo que dejaron el pueblo buscando trabajo y lo encontraron en Figueras, donde les iba muy bien. Ellos, por “casualidad”, también habían venido de vacaciones, y muy pronto se marcharían. La vecina ya se había ido a París, diciéndome que no me preocupara, que ella se encargaba de buscarme una buena casa para trabajar.

Mi madre, hablando con sus parientes, les expuso mi situación laboral. Les contó también mi encuentro con la vecina y que, animada por lo bien que a ella le iba en París, había tomado la decisión de irme para trabajar allí. Entonces mi madre les pidió el favor de que me fuera con ellos para quedarme en su casa, que sólo sería unos días hasta que recibiera la carta de la vecina cuando me confirmara que tenía una casa para mí. Y ellos estuvieron de acuerdo, diciéndole a mi madre:

- “Pues que lo tenga todo preparado, porque dentro de cuatro días nos vamos”.

Una etapa imprevista de camino a Francia.

Bueno, preparo mi maleta, que era la misma que mi hermano se llevó cuando hizo la mili, pongo en ella lo poco que tenía de ropa, y, como no se podía cerrar, mi madre la aseguró atándole una cuerda. Y llegó el día de la marcha. Ya teníamos los billetes en tercera clase, con unos asientos de madera que a mí… ¡me arreglaron la espalda!

Al término del viaje, y estando todavía en la estación, veo que un hombre, no muy mayor, calvo, con la cara redonda –parece que lo estoy viendo– se acerca a mis parientes y estuvo hablando con ellos. Yo no oí lo que les decía porque ellos se alejaron un poquito. Vienen a mí después y mis parientes me dicen:

- “Este hombre nos ha estado diciendo que se ocupa de las jóvenes que vienen buscando trabajo para servir y al verte le has gustado, porque eres la chica ideal que una familia le ha pedido para trabajar en su casa. A nosotros nos ha parecido bien que empieces a trabajar aquí hasta que recibas la carta de tu amiga, porque estarías cerca de nosotros.”

Yo recuerdo que incliné la cabeza diciendo:

- “Pues bueno…”

Total, que nos fuimos con este hombre, que ya se dirigió a mí para decirme:

- “Esta noche te vas a quedar en un hostal para que descanses y por la mañana yo me pasaré a recogerte para presentarte a la familia que te va a dar trabajo en su casa.”

En este presente yo recuerdo que viví todo lo que estaba pasando como si no fuera conmigo. Me sentía muy desvalida, pues… ¡era tan joven!, exenta de malicia por mis pocas experiencias vividas en este mundo, salvo las que os he ido relatando… También es verdad que en mi interior sentía que algo muy importante me iba previniendo y esto hacía que me sintiera bien. Y, todo ello, según he ido experimentando con el paso del tiempo, era para que yo pasara por todo lo que tenía que vivir empezando desde cero, para cumplir la misión a la que vine destinada.

Cuando ya me encontré en la habitación de aquel hostal, me quité algo de ropa y me eché en la cama para que mi espalda se recuperara, porque, lo que es dormir, no pude. Y, tres horas antes de la hora que me dijo que llegaría, ya estaba yo vestida y sentada en una silla, esperándolo. Llamaron a la puerta y aparece este hombre y me dice:

- “¿Cómo? ¿Ya te has levantado?”

- “Si, cuanto más pronto vayamos mejor, ¿no?” –le contesté yo.

Y, en ese momento, sucedió algo increíble, ¡porque fue todo tan rápido! El caso es que este hombre prestó atención para oír mejor, y yo hice lo mismo… Lo que se oían eran silbatos y mucho ir y venir en recepción. Después supe que los silbatos y todo lo demás procedían de la policía. Entonces este hombre me dijo:

- “¡Espérate aquí que ahora vuelvo!”

Yo me quedé sentada en la silla, con mi maleta al lado… Pasado un tiempo, oigo que llaman a la puerta de la habitación. Fui a abrir y eran la chica y el chico que se ocupaban de recepción. Me piden bajar con ellos y conforme íbamos bajando me dicen que habían avisado a mis parientes, que pronto llegarían a por mí. Durante la espera, como ellos ya sabían de lo que me había librado, me miraban y se miraban… sin saber cómo me lo iban a decir, pues me veían tan joven y ajena a lo que había estado a punto de pasarme… Hasta que por fin, y de la mejor manera que ellos pudieron, me preguntaron:

- “Este hombre que anoche te acompañó al hostal, ¿te había encontrado un trabajo verdad?”

Y yo les contesté, con un hilillo de voz:

- “Si, en una casa para servir…”

- “Pues no era ese el trabajo al que te llevaba…”

- “¡Ah!, ¿no?” – les contesté yo.

- “No –me siguieron diciendo-, pues este hombre a lo que se dedica, acercándose a chicas que vienen como tu buscando trabajo…, lo hace con engaños…, porque el trabajo que les aguarda es… la prostitución.”

Y yo, que esa palabra era la primera vez que la oía dije, sólo por decir algo:

- “¡Ah!, ¿si?”

- “Tú has tenido mucha suerte –me siguieron contando-, porque la policía llevaba ya mucho tiempo tras su pista, y nunca pudieron cogerlo, pero al verlo cómo os abordaba en la estación, supieron que era él.”

Yo los escuchaba sin comprender nada de lo que me decían, y no era porque me hablaran en catalán (que no lo hacían)… ¡es que yo no entendía nada de lo que me estaba pasando! Yo seguía en mi nube de protección… De lo que sí tomé conciencia a partir de ese momento fue que mi sola presencia ayudaba a esclarecer situaciones como la de esta ocasión, o cualquier otra. Así lo he ido descubriendo. Después de tanto tiempo como ha pasado, al recordar ese momento me embarga una gran emoción…

Cuando llegaron mis parientes, recuerdo que traían la cara blanca, pues la policía, al contactar con ellos, les había puesto al corriente de todo. Ellos sólo me miraban sintiéndose culpables de lo que me podía haber pasado, y al mismo tiempo, perplejos de verme tan ajena a este peligro. Cuando vinieron en sí, me preguntaron:

- “¿Tú quieres que te busquemos un trabajo en espera de que recibas la carta de tu amiga?” –Y yo les dije que sí.

- “Bueno, pues hasta que te lo encontremos, te vas a venir a casa con nosotros.”

Una etapa imprevista de camino a Francia 2

En casa de ellos estuve poco tiempo, porque me encontraron trabajo en Figueras en una casa para quedarme interna. En esta casa tenían un taller donde cosían disfraces que después vendían o alquilaban. Los propietarios eran un matrimonio mayor. Con ellos también trabajaban algunas mujeres. Entre ellos, todos hablaban en catalán, pero cuando se dirigían a mí lo hacían en castellano.

En aquella casa fui tratada con mucho cariño por todos. Ya sabían lo que me había pasado pues la noticia salió en los periódicos. No me exigían nada, limpiaba la casa un poquito todos los días, y cuando terminaba me decían:

- “Siéntate en el taller para coser lo que te vayamos pasando”. –Y me preguntaban:

- “Pero… ¿es verdad que te vas a ir a Francia tu sola?”

- “Pues, si” – les contestaba.

- “Pero, ¿sólo tienes esta ropa? ¡Allí hace mucho frío!” –me seguían diciendo.

- “No, no tengo nada más…”

A los pocos días, todas llegaron con ropa de abrigo para mí. Todo usado, pero en muy buen estado todavía. ¡Hasta un chaquetón de piel me llevaron! No sé de qué piel era. Los propietarios de la casa por su parte, me colmaban de atenciones. Si había que ir a comprar algo, salía, pero me acompañaba alguna de las que trabajaban en el taller. Cuando por fin recibí la carta de mi amiga diciéndome que ya me tenía una buena casa para trabajar, esta buena gente todavía me decía:

- “Pero… ¿te vas? No deberías hacerlo…”

- “Es que no tengo más remedio –les contestaba–, porque allí tengo trabajo.”

Llegado el día de mi marcha, me despedí de todas estas buenas personas, muy agradecida. Mis parientes vinieron para dejarme subida en el tren que me llevaría a París.