Capítulo 4: Mis primeras andanzas en el trabajo

De bordadora de mantillas de tul a ayudanta de oficiala en la sastrería

Mi hermana y yo seguíamos en el colegio. De éste tendríamos que pasar a otro si queríamos seguir estudiando, pero mi hermana decidió dejarlo para ponerse a trabajar, y así se lo comunicó a la profesora, que llamó a mi madre para decirle que era una pena que estas dos hijas pequeñas, siendo inteligentes, dejáramos el colegio, pues ella nos veía con capacidad para ir a la universidad. Pero mi hermana lo tenía decidido. Dejó el colegio y pronto encontró trabajo muy cerquita de casa en un taller en el que se bordaban mantillas de tul. Era bastante grande y había muchas chicas en él trabajando de todas las edades. Mi hermana pronto se hizo con esta labor y era muy rápida bordando, y como se pagaba según el trabajo terminado, ganaba bastante. Y yo, aunque era menor que ella, al ver que se ganaba su dinero para dar en casa y para comprarse su ropa, me animé y con sólo 9 años dejé el colegio para trabajar.

Mis primeras andanzas en el trabajo

Mi madre que sabía que en una calle cercana a la nuestra vivía una mujer de edad mediana que se había quedado viuda y que, ayudada por su hija, bordaba mantillas de tul, habló con ella para que me enseñara sin ganar nada, les adelantó mi madre, “hasta que aprenda”. Yo recuerdo esa calle muy sombría y la casa lo era aún más, por la puerta de entrada que daba a ras de suelo de la calle, y había que bajar cuatro escalones para llegar a una habitación, que era donde bordaba. La luz tenía que estar todo el día encendida, y allí, en una esquina del telar, me pusieron a mí para que practicara. Yo ponía mucho de mi parte para aprender, pero cada día que pasaba me sentía peor. Ni dos semanas pude estar en ese lugar… ¡Qué malita me puse! Hasta fiebre me dio, y los labios se me llenaron de vejigas. Yo lo vi claro, si tenía que trabajar, no sería bordando mantillas, y muy pronto encontré otro trabajo. Éste un poquito más alejado de mi casa.

Era en un piso céntrico que vivía una señora con su criada, que, al dirigirse a ella, la criada le llamaba “señorita”. Posiblemente fue adinerada en otro tiempo, pero, venida a menos, decidió ganarse la vida en su propio piso. Tenían una tejedora para hacer jerséis, que después de tejidos se montaban a mano. Para ayudarles en esta labor había también varias chicas. Mi trabajo en este taller consistía en impregnar las madejas de lana con parafina para que, al tejerlas, se deslizaran bien por la máquina. Para hacerlo había una devanadera que era un artilugio de forma cilíndrica construido con pequeñas cañas entrelazadas. En ella aseguraba bien la primera punta de la madeja de lana, después sujetaba con una mano un trozo de parafina, por encima sujetaba la lana para que se fuera impregnando bien de ella. Al mismo tiempo, con los pies ponía en movimiento un pedal que era igual que el de una máquina de coser. Este movimiento es lo que hacía que la devanadera girara, pero el constante roce de la lana en mi dedo me producía muchísimo dolor, hasta el punto de hacerme una herida, por lo que tuve que continuar con el dedo protegido. Por aquél tiempo mi espalda ya me estaba dando señales de los dolores que tendría en lo sucesivo, por lo que, para tener algún alivio, tenía que levantarme de vez en cuando con la excusa de ir al servicio. En este taller estuve unos años, hasta que la señorita decidió jubilarse y nos quedamos sin trabajo.

Entonces empecé a buscar otro trabajo porque mi madre siempre nos decía “el trabajo es muy importante para todos”. Me decidí por los talleres de sastrería. Entraba y les preguntaba “¿Les hace falta una aprendiza?”. En unos me decían que no, en otros me decían “Pásate dentro de un tiempecillo”. Y así lo hacía… hasta que, en uno de ellos me dijeron, “Mañana te vienes para trabajar de aprendiza”.

En aquél tiempo el trabajo en uno de esos talleres era muy original. Se cosía en una parte de la vivienda del maestro del taller, en la que podíamos estar trabajando seis o siete chicas. La que sabía más del oficio, se le llamaba oficiala principal. Se ocupaba de coser las prendas de los clientes más exigentes. Había otras que sólo eran oficialas. En la misma habitación había una mesa con un chico que era el que se encargaba de la plancha. Se trabajaba en esos talleres con alegría. Yo lo recuerdo con mucho cariño. Os explico un poco para vuestro conocimiento, porque también han ido desapareciendo:

Las partes más visibles de las prendas se cosían a mano, el resto, a máquina. Las oficialas, según iban necesitando abrir una costura para poder continuar, lanzaban esa parte hacia la mesa del chico para que él abriera la costura con la plancha. Su mesa se iba llenando y él, al terminarlas, las iba devolviendo lanzándolas de nuevo hacia la chica para que pudiera seguir cosiendo. El trabajo de una aprendiza consistía en hacer los recados propios del taller y al terminar la jornada tenía que limpiarlo para que al día siguiente estuviera todo a punto. Cuando las oficialas se veían muy agobiadas porque tenían que terminar alguna prenda que era urgente, también nos daban alguna parte de ella para que la cosiéramos. Este momento para la aprendiza era muy importante y había que aprovecharlo haciendo lo que te daban lo mejor posible, pues sólo así te tenían en cuenta las oficialas y dejabas de ser aprendiza. Para comernos el bocadillo no se nos daba un tiempo de descanso, cada uno nos llevábamos lo que se podía, y en la mañana, a una hora determinada, desenvolvíamos nuestro bocadillo, lo poníamos al suelo a nuestro lado, e íbamos dando puntadas y de vez en cuando le dábamos un bocado, y así era hasta que lo terminábamos.

Yo trabajé en muchos talleres. De todos tengo buenos recuerdos, pero hubo uno muy especial que nunca olvidaré, por el cariño que me dieron. Estaba situado en la calle Navas, el maestro se llamaba Julio. De su mujer no recuerdo su nombre. En este taller me sentí por todos muy querida y apreciada, tanto que cuando no había trabajo suficiente para todos, a mí siempre me decían:

- “Tu, Finita”, -pues así me llamaban-, “sí vienes, que para ti siempre habrá algo”. Pero claro, yo necesitaba un trabajo seguro para ganarme mi sueldo, y este escaseaba cada vez más.

Muchos talleres se vieron obligados a cerrar, porque los grandes almacenes empezaron a vender los trajes ya confeccionados. Mi madre, con toda la razón, me decía “tu así no puedes seguir”. Ella, como era tan ahorradora, aprovechando que mi padre y mi hermano empezaron a trabajar en Barcelona, compró una máquina de coser pensando en mí. Yo ya había tomado la decisión de aprender a hacer pantalones para coser en casa por las tardes al salir del taller, y para los días que no hubiera trabajo en él. Sabía de una sobrina de mi cuñado, ya que en paz descanse, que era “pantalonera”. Fui a su casa y le pregunté si ella estaría de acuerdo en que yo fuera por las tardes para que me enseñara, sin ganar nada. Ella me dijo que sí, y allá que empecé a ir al terminar mi jornada en el taller para aprender. Ella también me daba costura para que la hiciera en mi casa y la llevara al día siguiente terminada, pero yo tenía tantas ganas de hacer por mi cuenta un pantalón, que no me di el tiempo necesario para aprender bien, y un día le dije al maestro Julio:

- “Maestro, yo ya se hacer pantalones”, -y él me contestó:

-  “¿Si, Finita?”

- “Si quiere usted me puede dar uno para que lo haga”.

- “Ah, pues si, te lo voy a dar”.

Y este buen hombre que confiaba en mí pues en su taller ya era la ayudanta de la oficiala mayor –parece que lo estoy viendo- me envolvió con mucho primor todas las piezas del pantalón y me lo dio.

Cuando llegué a mi casa y lo desenvolví yo no sé explicaros cómo me quedé cuando vi tantas piezas que yo tendría que unir para hacer el pantalón. Y me preguntaba “Dios mío, por dónde empiezo?...” Y allá que me puse yo manos a la obra cosiendo después de terminar en el taller hasta la media noche. Por fin lo terminé y con decisión y temor me dispuse a llevárselo al maestro Julio. Él me recibió con alegría, diciéndome:

- “¡Ah! ¿Ya lo has terminado?” –Y yo le contesté temerosa:

- “Si, he venido a entregárselo…”.

Extiende en su mesa el pantalón y su cara cuando lo vio era un poema… No sabía lo que decir… Yo frente a él, al otro lado de su mesa, ¡qué avergonzada me sentí! Porque era consciente de que el pantalón no estaba bien hecho. Cuando por fin pudo hablar, fue para decirme:

- “Pero Finita, ¿no me dijiste que sabías hacer pantalones?” –Y yo sin saber qué decirle, miraba a un lado y a otro, y esta gran persona se dio cuenta de lo mal que lo estaba pasando y terminó diciéndome:

- “Bueno, no te preocupes, yo me arreglaré con este cliente. Le tendré que hacer otro pantalón gratis para compensarle, pues este no se lo puedo entregar como tu comprenderás…”.

Con esta experiencia que viví en este taller, decidí no seguir cosiendo en él y empecé a trabajar en otro.