Capítulo 19: Los cambios a nivel personal se iban sucediendo

… hasta que conseguí salir del círculo de necesidades terrenales

Antes de que les llegaran las vacaciones para compartirlas en la casa de la playa todos juntos, mi hija se vino sola para estar unos días conmigo. En ese tiempo, me habló un poco más de Felipe. Por ejemplo, me comentó que, aunque hacía muchos años que vivían en Granada, toda su familia era originaria de un pueblo almeriense en el que habían nacido él y sus dos hermanas. Uno de esos días me preguntó:

—“¿Te acuerdas del amigo de Felipe al que le gustaba hablar contigo e iba a la casa de vez en cuando?”

—“¡Claro que lo recuerdo! Por cierto, me habló de una chica que había conocido… ¿Sigue con ella?”

—“Ahí van, conociéndose… —me contestó, y continuó— A Felipe le gustaría que conociera su pueblo y los colindantes. Dice que son muy bonitos. Hemos decidido ir, y este amigo, como no los conoce, se viene con nosotros”.

—“Me parece muy bien. ¿Y para cuándo lo tenéis planeado?” —le pregunté.

—“Pues hemos pensado hacerlo durante el mes de vacaciones, antes de venirme aquí para pasar el resto. Ya te diré el día, porque me acompañarán Felipe y este amigo”.

—“Me parece muy bien —le contesté—, ya que, si vuestra relación va en serio, tendremos que conocerlo un poquito más, sobre todo tu padre y tu hermano, que ya estarán aquí también”.

Los días que estuvimos juntas pasaron volando. Cuando se fue quedé sola, más por poco tiempo, pues mi querida madre se vino unos días y Manolo también, el cual, por cierto, disfrutó mucho todo el tiempo que estuvo. Como no le gustaban los baños, se hizo de una bicicleta y cada día hacía bastantes kilómetros. ¡A las tres horas lo veía llegar agotado por el esfuerzo! Pero, muy contento, me decía que había llegado hasta tal o cual sitio.

—“Muchos kilómetros son —le respondía—. Ve poco a poco, pues hace años que no te has subido en una bicicleta”.

—“¡Qué va! —me contestaba él—Cuanto más hago, ¡mejor me encuentro!”.

Yo lo escuchaba sorprendida, pues sabía de su fortaleza física, pero no hasta ese punto.

A los pocos días llegaron mi hijo y Lina, y, al día siguiente, mi hija con Felipe y el amigo. Era media tarde cuando llegaron. Recuerdo que Felipe estaba muy nervioso y no paraba de fumar. Mi hija, con sus hermosos ojos serenos lo miraba tratando de que se tranquilizara. El amigo también lo intentaba, hablando de los bonitos pueblos que habían visitado.

Por mi parte, los escuchaba, contenta de que se lo hubieran pasado bien, y les obsequié con una fuente de arroz con leche preparada expresamente para ese encuentro, junto a unos refrescos. Pero, Felipe… ¡qué mal rato pasó el pobre! No solo por ser el primer encuentro formal con la familia de su novia. ¡A esto se le añadía el tener que comerse el arroz con leche, pues pasado el tiempo, él mismo me dijo que nunca lo comía porque no le gustaba nada!

Bien entrada la noche, Felipe y su amigo se despidieron para regresar a Granada. Mi hija se quedó para terminar el resto de sus vacaciones todos juntos. Bueno… Juntos es mucho decir, porque Manolo seguía aumentando sus carreras en bici, y mi hijo y Lina, los pocos días que estuvieron, ni un día de playa compartimos. Ellos, sin decirnos nada, cogían la furgoneta y se iban donde les apetecía. Sólo llegaban para dormir.

Las vacaciones se terminaron. Mi hijo y Lina regresaron a Motril para continuar en su trabajo. Al despedirnos les dije:

—“Llamadme, por favor, de vez en cuando, ya que yo no puedo hacerlo”.

Y a los pocos días nos fuimos nosotros.

El bar seguía cerrado. A Manolo, en la inmobiliaria, le iba bien. Lo que ganaba nunca me lo dijo, ni lo ingresó en la cartilla que teníamos compartida. Tampoco yo le preguntaba. Mi hija, que seguía su relación con Felipe de una forma discreta, también se matriculó en una academia para prepararse unas oposiciones.

No había pasado ni un mes de nuestro regreso de vacaciones, cuando Manolo me dijo:

—“Hay un chico interesado en el traspaso del bar. He quedado con él para que lo vean sus padres y ultimar el trato. Es mejor que tu también vengas”.

Ese día en el bar estábamos los dos esperando al interesado. Era un chico muy joven, que me agradó desde el primer momento. Él nos presentó a sus padres, y Manolo me presentó. Después de saludarnos, sus primeras palabras, dirigiéndose a sus padres, fueron:

—“¡Esto es lo que yo estaba buscando!”.

Ellos, al oírlo, se alegraron mucho de que por fin lo encontrara pues, según nos explicaron, venían de ver varios y ninguno fue de su agrado.

El trato empezó. Yo nunca intervenía, porque Manolo así me lo tenía dicho, pero en esta ocasión, al ver que en todo el contenido del bar llegaron a un acuerdo menos en la renta mensual, sí que lo hice, a favor del chico, para que Manolo cediera y la bajara un poco. Después de varias horas tratando el mismo asunto, Manolo cedió, más el que yo interviniera no le cayó nada bien y siempre me lo estuvo reprochando.

Nuestra vida continuaba con normalidad. Por mi parte, con mi penilla al ver cómo pasaba el tiempo y la llamada de mi hijo o de Lina no se producía. Un día oí que abrían la puerta del piso. Pensé “Será Manolo o la niña…”. ¡Cuál no fue mi alegría al ver que era él! Miré por si Lina venía detrás, creída de que habían decidido venir para darme la sorpresa, pero, al no verla, le pregunté:

—“¿Y Lina?”

—“En su casa” —me contestó. Por su expresión me di cuenta de que algo no iba bien.

—“Ven, siéntate un poquito y me cuentas. ¿Ha pasado algo en el trabajo?”

—“Pues si —me contestó—, que la sucursal donde trabajaba la ha tenido que cerrar mi jefe porque la venta no iba bien.

—“¿Y donde trabajaba Lina también han cerrado?”

—“No, pero ella ha preferido dejarlo, para venirse conmigo”.

Lo miré, esperando que me contara algo más, pero él se levantó diciéndome:

—“Voy a subir mis cosas de la furgoneta”.

Yo me quedé sentada esperándolo. Cuando llegó me miró diciéndome:

—“Me voy a duchar y me acuesto. Ya hablaremos”.

—“¿Quieres comer algo antes de acostarte?”

—“No —me contestó—, ya he comido”.

Y eso fue todo por su parte. Pero yo, que lo conocía bien, sabía que, a parte de que él se quedara sin su trabajo, algo entre ellos no iba bien. Lo que les había pasado no lo sabía. Lo que sí pude percibir es que él se lo estaba pensando, si seguir o no con la relación.

Pero ella no estaba dispuesta a dejarlo ir. Un día que estaba yo en la terraza, los vi llegar. Ellos no me vieron. Mi hijo iba unos pasos delante. Ella, malhumorada, lo perseguía. Esa fue la impresión que me dio. Cerré la terraza y me fui para la cocina. Oí que mi hijo abrió la puerta para entrar, pero no pudo, porque en el mismo rellano ella le amenazaba repitiéndole:

—“¡Esto se acaba! ¿Es eso lo que quieres? ¡Esto se acaba!”

Todo ello, en un tono de voz tan alto, que todos los vecinos del bloque tuvieron que oírla. Fui hacia la puerta para decirles que entraran si querían hablar, pero mi hijo, posiblemente avergonzado, ya había cerrado la puerta y bajaban en el ascensor. Miré por la ventana y los vi. Ella caminaba con decisión delante de él, que, con la cabeza baja, la seguía. Con esta actitud pasiva, la cuenta atrás empezó para él, y para mí, que la padecí al mismo tiempo al ver que, poco a poco, ella le fue ganando terreno.

Esa noche no regresó a la casa para dormir, ni llamó. A los tres días llegó como si nada hubiese pasado. La historia se repetía. Yo la vivía en soledad, pues ni Manolo ni mi hija me apoyaban. Él sólo venía a casa para asearse y ponerse ropa limpia. Algunas veces se quedaba unos días… La mayor parte del día la pasaba durmiendo. Lo veía mal… A preguntarle no me atrevía por temor a que no le cayera bien. Lo que sí hacía era rezar, pidiéndole a Dios que le ayudara en esta nueva etapa de su vida a ser persona, solo eso. No le pedía que volviera a mí como el hijo que era. Sabía que era imposible. Sólo le pedía que le ayudara en esta nueva etapa de su vida a seguir siendo persona, con los mismos valores que él tenía.

Un día me atreví a a preguntarle:

—“¿Donde duermes y comes los días que no vienes a casa?”

—“Por ahí”—me contestó. Su respuesta me dejó peor de lo que estaba.

—“¿Has encontrado ya trabajo?”

—“Todavía no… Por ahora ayudo a Lina en el suyo”.

Así pasó un tiempo, hasta que uno de los días que venía a la casa, lo vi que salía con una maleta. Le pregunté:

—“¿Os vais de viaje?”

—“No. Lina ha encontrado un piso amueblado en Huetor-Vega y lo ha alquilado para que estemos juntos”.

—“¿Y tu estás de acuerdo sin tener todavía claro tu relación con ella?”

—“Por probar, no pasa nada…”.

—“¿Os hace falta algo?”

—“Por ahora, no. Hasta que yo encuentre trabajo, Lina paga el alquiler. Os avisaremos para que vengáis a verlo”.

Y eso fue todo. Cerró la puerta y se marchó. Rota de dolor quedé tras la puerta un buen rato, pero enseguida reaccioné. Me fui a mi habitación y empecé a rezar.

Los días pasaban, más esa llamada que al partir me dijo que haría para que fuésemos a verlo, no se producía. Para saber algo de ellos llamé por teléfono a la madre de Lina, ya que en Gloria esté. Después de saludarla, le pregunté:

—“¿Sabe algo de los niños?”

—“Si —me contestó—, hace poco estuvieron aquí. Están bien, no se preocupe”.

A los pocos días, tal vez enterada de mi llamada preocupándome por ellos, me llamó mi hijo. Al oírlo me puse muy contenta, diciéndole:

—“¡Hola hijo! ¿Cómo estáis? Como no sabía nada de vosotros, he tenido que llamar a la madre de Lina…”.

Él no me dijo nada durante unos minutos. Con su silencio, se esfumó mi alegría. Algo no iba bien… Lo respeté, y esperé… Como no decía nada, le pregunté con entusiasmo:

—“¿Vais a poder venir para comer algún día?”

—“No. Es mejor que vengáis vosotros. El domingo estaremos en casa”.

—“¡Vale! —le respondí— Iremos por la tarde. ¡Pero tendrás que decirme la dirección!”

Me la dio, y así lo hicimos, su padre y yo. Cuando llegamos, él estaba solo. Lo vi muy mal. La tristeza se reflejaba en su cara. Me vine abajo, pero disimulé, preguntándole:

—“¿Y Lina?”

—“Ha tenido que salir —me contestó—. No tardará en llegar”.

Manolo y yo nos mirábamos, sin saber lo que decir. Una perrita salió a nuestro encuentro. Yo, para animarle, la recibí diciendo en un tono jovial:

—“¡Pero bueno! ¡Que perrita tan bonita! ¿Desde cuándo la tenéis?”

Él sólo la miraba, y ésta, moviendo su cola, no paraba de saltar para que la acariciásemos. Como seguía sin decir nada, le pregunté:

—“Hijo, ¿estás bien? Si no lo estás, ya sabes que puedes regresar a casa”.

Su padre también intervino en esta ocasión, apoyándome. Él sólo nos miró, pero las lágrimas que empañaron sus ojos me dieron la respuesta. Yo lo vi claro: otra vez se estaba pensando si seguir o no con la relación.

Bien entrada la noche nos tuvimos que marchar sin ver a Lina. En el estado en el que vi a mi hijo me mantuvo preocupada, sin poder dormir. Al día siguiente, me levanté temprano y como ese pueblo está a poca distancia de Granada, hacia él andando me encaminé. Al mismo tiempo, me preguntaba “¿Me recibirá bien? ¿Estará Lina para que podamos hablar?”.

Tan ansiosa estaba por llegar, que el camino se me hizo muy corto. Llegué a la puerta. El coche lo tenía aparcado. Llamé para que me abrieran y poder subir al piso, pero nadie respondió. Esperé un poquito para darles tiempo… Viendo que tardaban, llamé de nuevo, pero nadie respondió. Cabizbaja reanudé el camino de regreso. Pasé el día angustiada… Animándome a mí misma me decía “Puede que me llame…”.

Con esa esperanza esperé unos días, apaciguando las ganas de salir corriendo de nuevo hacia allí. Pero no lo hice, por respeto a ellos. No quería intervenir en la decisión que tomara. Lo que si hice fue llamar a la madre de Lina. Cuando me dijo que hacía días que no sabía nada de ellos, aumentó mi preocupación. El recuerdo por el estado en el que vi a mi hijo, para mí era una tortura… No podía seguir así, y me puse en camino, sin ningún resultado.

Al llegar a mi casa, lo único que me aliviaba era rezar, y, al día siguiente, me encaminaba de nuevo. Así lo estuve haciendo varios días. Algunos iba por la mañana y por la tarde, hasta que un día, por casualidad, en el mismo momento en que llegué, salía Lina. Al verme no me dio tiempo a decir ni una palabra, y muy alterada, me dijo:

—“¡Arriba está su hijo, durmiendo!”

Ese fue su saludo. Se subió en el coche, y se marchó. En el mismo portal me quedé, sin saber lo que hacer, más enseguida reaccioné. Entusiasmada al pensar que por fin vería a mi hijo, pero con cierto nerviosismo, subí las escaleras, llamé al timbre y esperé. El corazón me latía con fuerza. Como no abría, llamé de nuevo, esta vez, con más insistencia. Pero no abrió. No quise insistir, y empecé a bajar las escaleras, deteniéndome de vez en cuando por si oía que abría la puerta, subir corriendo. Pero no fue así.

Rehice el camino de vuelta con la percepción de que algo se había roto en mi interior. No sentía tristeza, pero sí la seguridad de que este camino no lo volvería a hacer. Ha sido en este presente, en el que estoy escribiendo mis memorias, cuando he comprendido que el comportamiento de mis hijos tenía que ser así. Semi-inconscientes, sabían de mi misión, y de las decisiones que tenía que tomar para cumplirla. En ese estado me dieron el empujón que necesitaba para que me desprendiera de ellos. Por otro lado, la intervención de las parejas que eligió mi hija también intercedieron en ello. Sin embargo, mi hijo, no pudo elegir. Lina es punto y a parte. Todo esto lo he comprendido en este presente, pero… ¡Dios mío! ¡Qué duro fue vivirlo! No lo hubiera conseguido de no ser por la fuerza espiritual que tenía, la cual, además, en cada decisión que tomaba, ya fuese con estos empujoncitos, ya voluntariamente, iba aumentando.

Mi cambio, como madre abnegada y esposa, fue pasando, de una forma natural, a un segundo plano. De la misma forma, los cambios a nivel personal, se iban sucediendo. Ninguno pasó desapercibido, sobre todo, por parte de mis hermanas, que me tacharon de loca entre otras lindezas, expandiéndolas entre conocidos y amigos. Percibí lo que pensaban de mí cuando me los encontraba y me paraba para saludarlos, o veía que me evitaban para no saludarme. Me dolía en el alma… Este nuevo cambio, para mí supuso recibir más información para que me liberara de ataduras terrenales, que me iban llevando a formar parte de ese círculo de necesidades que no se necesitan, sólo porque así te lo van imponiendo los poderosos interesados en ello.

No obstante, ya hacía tiempo que lo estaba pasando mal por el cúmulo de celebraciones y el derroche que las acompañaba. En algunas de ellas, se ha llegado a desvirtuar el verdadero mensaje de esas celebraciones, que, para mayor mal, ¡han ido aumentando! Todos sabéis a lo que me estoy refiriendo… Hay que poner freno a este desmadre… Que cada uno lo haga según lo vaya sintiendo. Por mi parte, lo hice, poniendo en práctica toda la información recibida que, por ser tan amplia, fui haciendo poco a poco… Y cómo no, las críticas empezaron de nuevo. Más me sentía tan llena en mi interior, y con tanta claridad, que no les presté atención. Pues bien… ¡me tacharon de pasota! Ya que ellas, esta paz que me invadió, a pesar de todo por lo que estaba pasando, ¡no lo comprendían! Pero seguí adelante.

En primer lugar, me puse al servicio de mis hijos, compartiendo con ellos sus necesidades, incluso facilitándoles el camino para que las vivieran a su manera, sin olvidarme de mis hermanos y del resto de la familia. Eso sí, fácil para mí no fue, pues era ir a contracorriente. Más con el esfuerzo, vino la recompensa, cuando descubrí que había salido de ese círculo, pero podía entrar y salir libremente, para ayudar a todas las personas que venían a mí que, teniéndolo todo a nivel terrenal, sufrían, porque, sin ser conscientes, estaban atrapados en él. Ayudándoles, permanecía el tiempo que fuese necesario, al igual que en este presente lo sigo haciendo, aunque estos tiempos de entradas y salidas, no los controlo yo…

Los días pasaban. De mi hijo y Lina no sabía nada. Un día me llegó la noticia de que habían dejado el piso. Los motivos nunca me los dijeron. Mientras encontraban otro, se acoplaron con la madre de Lina, que vivía en un barrio un poquito alejado del centro, en el cual, al igual que sucede en los muchos existentes en otras ciudades, por el sólo hecho de haber construido las viviendas para personas con pocos recursos económicos, sus habitantes son marginados por la sociedad. Otra de las muchas injusticias que las personas generamos sin tener en cuenta el daño que se hace, como pude constatar según fui conociendo a Lina, pues ella, el hecho de vivir en este barrio, no lo llevaba bien.