Capítulo 18: Nuevas pruebas para seguir fortaleciéndome

 

Mi hijo en ese trabajo no se quedó mucho tiempo. Durante el tiempo que pasó en encontrar otro, volvió a las salidas nocturnas. Le recordé lo que haría si no respetaba la hora de regresar a casa, pero él, si le decía a una hora, volvía dos horas más tarde, y así sucesivamente. Las iba retardando hasta que empezó a llegar pasada la madrugada. No se si lo hacía adrede por desobedecerme, o si se dejaba llevar por los componentes del grupo con los que salía, entre los que se encontraba Lina, los cuales, unos más, otros menos, tenían todos un rodaje de salidas nocturnas, lo que no era su caso. Esto me preocupaba. Tampoco podía dejarlo y acostarme a dormir, como su padre me decía, por lo que, para hacerlo entrar en razón, un día, cuando iba a salir le dije:

—“Espera un momento hijo, escucha lo que te voy a decir: si no vienes a la hora establecida te encontrarás el pestillo de seguridad echado y no podrás entrar”.

Sin decirme nada, se fue.

Esa noche, sentada en el sofá, lo esperé. Al ver que pasaban las horas y no llegaba, lo pasé mal, porque sabía que lo que le había dicho lo tenía que cumplir. Eran las seis de la mañana cuando le oí meter la llave en la cerradura, pero no pudo abrir, el pestillo echado se lo impidió. Los latidos de mi corazón se dispararon. Él no insistió. Se subió en el ascensor y se marchó. Enseguida quité el pestillo convencida de que iba a volver. Tan segura estaba de que lo haría, que me acosté. Esperé despierta con esa esperanza, pero no fue así. Todo lo contrario. Me castigó sin volver a casa y sin tener noticias de él durante varios días.

Mientras tanto, su padre y yo, que habíamos decidido seguir manteniendo el bar abierto por si a él no le fuera bien y quería volver, viendo que no lo haría, lo tuvimos que cerrar en espera de que llegara la persona adecuada para arrendárselo. Tomar esta decisión nos costó. Era mucho lo que habíamos trabajado, sobre todo Manolo, que fue el pionero en servir en su tasca el auténtico vino de la costa, sin mezcla alguna. En ella se hicieron algunas reformas, pero la pureza de su vino siempre la mantuvo.

Él enseguida encontró ocupación en una inmobiliaria haciendo de mediador de compra y venta, cosa que también le gustaba. Por mi parte, el ver el bar cerrado me producía tristeza, por lo que de vez en cuando lo abría para mantenerlo limpio. Uno de esos días me encontré con que había muchas cajas con productos de limpieza. Yo sabía que Lina trabajaba de agente comercial de estos productos. Recorrí con mi mirada lo bonito que había quedado el bar para que ahora, sin habérnoslo consultado, lo estuvieran utilizando de almacén. No me pareció bien, más no le di ninguna importancia. Por el orden en que dejé las cajas, ellos se dieron cuenta de que lo habíamos descubierto, pero no dijeron nada. Así entró Lina en nuestras vidas.

La comunicación con mi hijo seguía siendo escasa, pero por lo menos si le hacía alguna pregunta me contestaba de buen grado. Me hablaba de Lina ilusionado, por lo que le dije:

— “Ya va siendo hora de que nos la presentes. Este fin de semana tenemos que ir a Sierra Nevada a un restaurante para llevar unas garrafas de vino. ¡Invítala para que nos acompañe!”

A él le pareció bien y así lo hizo.

Ese día, mientras que padre e hijo hacían la entrega, nosotras estuvimos caminando. Ella me preguntaba sobre todo por la forma de ser de mi hijo, comentándome que le costaba comunicarse con él, por lo poco hablador que era. A lo que yo le contesté:

—“Es por su timidez. Al igual que su hermana, han salido los dos a su padre. Pero si lo vuestro sigue, te irás dando cuenta de las cualidades que tiene como persona”.

De ella nada me contó, ni tampoco yo le pregunté. Lo que si recuerdo de ese día, porque me conmovió, fue que, en el momento de saludarla y al despedirme, lo hice con un abrazo que ella recibió tensa, sin corresponderme.

Pasaron unos días, el invierno se aproximaba. Mi hijo necesitaba una cazadora y le dije:

—“Díselo a Lina, por si quiere acompañarnos”.

Y ella accedió. Ya en la tienda le pedí que nos ayudara a elegirla. Él se probó varias. El momento que compartimos era bonito. Aunque ella participaba, la veía un poco retraída, por lo que, para que se sintiera acogida, le pregunté:

—“¿Verdad, Lina, que está guapo con todas las que se ha probado? ¡Elige tu la que más te haya gustado para él!”.

Y, dejándome guiar por lo que sentía, le dije:

—“¡Elige tu otra, o lo que quieras, me hace ilusión regalártela!”

Ella se negó una y otra vez. Ante nuestra insistencia, se marchó a toda prisa de la tienda. Allí nos dejó plantados, sin volver la vista hacia nosotros. Mi hijo y yo nos miramos sin comprender su reacción. Fuimos tras ella pensando que nos estaría esperando, pero no fue así. Él marchó en su busca y yo me fui para la casa. Cuando llegó, fui a su encuentro para preguntarle cómo estaba Lina y lo que le había molestado para marcharse de esa forma tan inesperada de la tienda, pero no lo hice, porque él ya venía cambiado.

A los pocos días de este episodio entré en el bar para darle un repaso de limpieza. Vi que las cajas ya no estaban, por lo que, uno de los pocos días que mi hijo aparecía por casa, le pregunté:

—“¿Eran vuestras? ¿No las habréis quitado pensando que nos molestaban?”

—“No —me contestó—. Sólo las metimos hasta que los productos se vendieran. Como ya los hemos vendido…”

—“¿Y es que Lina deja ese trabajo?”

—“Si, nos vamos a Motril”.

¡Si, así me quedé, como lo estáis pensando! Ellos lo tenían todo planeado y la decisión tomada, por lo que me alegré de haberle preguntado. De lo contrario, se hubieran ido sin decirme nada. Si su padre y mi hija lo sabían, no lo se, pues compenetrados seguían.

Poco a poco, pude ir sabiendo que mi hijo había encontrado trabajo en Motril de repartidor de yogures, y Lina se iba con él, ya que ella no tenía ningún problema con su trabajo. En esta nueva etapa en la que Lina entró por “derecho”, todo fue muy cuesta abajo para mí. Sin embargo, yo deposité mi confianza en ella, diciéndole el día que se iban:

—“Por favor, llámame tu, si él no lo hace, para informarme como estáis”.

Los días pasaban. Esa llamada no la recibí. La inquietud y la tristeza me consumían. Afortunadamente, siempre tenía recursos que enseguida ponía en práctica. En este caso, pensé en el listín de las páginas amarillas. El número de teléfono que encontré de la empresa era de Granada. Llamé y pregunté si podía hablar con el patrón. Pues, por muy extraño que os parezca, ¡se puso al teléfono! También eran otros tiempos, en los que no teníamos que hablar con máquinas… Me presenté, le di el nombre de mi hijo y le dije:

—“Mi hijo trabaja de repartidor de sus productos en Motril. Le llamo al número que me dejó, pero nunca me cogen”.

—“¡Ah! Entonces, ¿su hijo trabaja en la sucursal que hemos abierto allí? Es normal que no lo coja nadie, allí sólo van para cargar la mercancía”.

Y el hombre, muy amable, me dijo:

—“Espere un momento, que le voy a dar el número de la pensión donde se hospedan”.

Al día siguiente, llamé. La dueña de la pensión me lo confirmó:

—“Lo que pasa es que yo nunca los veo, pues salen temprano y regresan tarde”.

—“Soy la madre del chico. ¿Sería tan amable de dejarles una nota en la habitación diciéndole que me llamen?” —le dije.

—“No se preocupe, que así lo haré”.

Los días pasaban. A mí se me hacían eternos, porque esa llamada no la recibí. Volví a llamar a la pensión y cuál no fue mi sorpresa al oír lo que me dijo la señora:

—“Pero… ¿no la han llamado? Ya no se hospedan aquí… Alquilaron una casa y se fueron”.

—“¿Le dejaron la dirección?”

—“No, pero como tienen que venir a recoger unas cosas que se dejaron, no se preocupe que les pregunto como cosa mía y se la digo”.

Y así lo hizo la amable señora. Ya con la dirección le dije a Manolo y a mi hija de ir el fin de semana, y así lo hicimos.

Ya en Motril, preguntando, encontramos la casa. Llamamos, pero en ese momento no se encontraban en ella. Dimos unas vueltas por la urbanización, pues yo no podía irme como Manolo me decía sin verlos. Bien entrada la tarde los vimos llegar muy contentos. Empecé a caminar hacia ellos deseosa de abrazarlos. Manolo y mi hija venían detrás. Al vernos nos recibieron como si nos hubiésemos estado viendo y comunicando todos los días. ¡Tan sorprendida me quedé que, de tantas preguntas que llevaba pendientes, no pude hacerles ni una!

Abrieron la casa para que la viésemos. Lina hablaba y hablaba de cosas sin ningún sentido para mí. Unos gatitos que habíamos visto que rondaban la casa en el exterior entraron. También ella nos habló del día que los encontraron en la puerta, y, como no se iban, decidieron adoptarlos. Miré a mi hijo, que no decía ni una palabra, pero evitó mi mirada. Me sentía tan mal que solo quería irme. Ya los había visto, estaban bien, y para mí era suficiente. De su extraño modo de recibirnos, sólo tendría que digerirlo.

El verano estaba próximo y con su llegada, ¡mi convivencia con el mar! Ese año, por estar más cerca de ellos, había decidido alquilar en Salobreña, un bonito pueblo costero cercano a Motril. Como la visita había sido breve, antes de regresar a Granada hacia allí nos dirigimos. Callejeamos un poquito y vimos algunos anuncios de casitas que se alquilaban, pero a mí, que era la que más tiempo estaría, sus empinadas calles no me convencían. Al pasar por una panadería, el olor a pan recién hecho nos invitó a entrar para comprar. Mientras que la señora nos atendía, le pregunté:

—“¿Sabría usted de alguna casita para alquilar que estuviera fuera del pueblo pero no muy alejada de él?”

Y ella, dirigiéndose a una clienta, que la “casualidad” quiso que se encontrara allí, le preguntó:

—“Dolores, ¿has alquilado ya tu casa?”

—“Todavía no” —le contestó

—“Pues esta familia quiere alquilar una, y, por lo que me han dicho, la tuya es ideal”.

Entonces, dirigiéndome a ella, le pregunté:

—“¿Podemos verla?”

—“¡Por supuesto! —me contestó— Está muy cerquita. Yo cuando necesito hacer una compra en el pueblo, vengo y regreso caminando”.

—“Pero hoy véngase con nosotros en el coche”

Durante el trayecto, nos fue contando que no hacía ni un año que su marido había fallecido:

—“Mis hijos me dijeron ‘Mamá, no te quedes sola. Aquí en el pueblo tienes otra casa y estarías más cerca de nosotros’, pero yo no he querido. Aquí he vivido desde que me casé y he criado a mis hijos”.

No habían pasado ni veinte minutos cuando me dijo:

—“Al pasar la próxima curva está la casa. Puede aparcar al otro lado que hay un espacio”.

La entrada quedaba a pie de la carretera. La señora abrió la puerta y un pequeño patio lleno de flores en macetas nos recibió. Al final, había dos puertas. Dirigiéndose a una, nos dijo:

—“Esta es la casa que alquilo, y la otra puerta es un pequeño apartamento donde yo hago mi vida desde que murió mi marido”.

Abrió la puerta de la que nos alquilaría y nos la fue enseñando. Al mismo tiempo nos decía:

—“Como ven, aquí hay dormitorios, por si sus hijos quieren venir”.

—“¿Y para ir a la playa? —le pregunté— ¿Está muy retirada?”

—“A tan solo diez minutos caminando hay una pequeñita que, al estar retirada del pueblo, no suele haber mucha gente”.

Como nos gustó, nos pusimos de acuerdo en el precio, y regresamos a Granada. El día había sido intenso, pero finalmente nos fue bien.

Nuestra vida seguía su curso. Manolo, ajeno a todo lo que a mi me preocupaba, seguía con su trabajo en la inmobiliaria. El bar, cerrado, en espera de que llegara la persona adecuada. La comunicación con mi hija se normalizó. Salíamos de vez en cuando para ver alguna obra de teatro, o algún espectáculo flamenco, en el que descubrí que era una gran entendida en todo lo relacionado dentro de ese género. Se había hecho socia de la peña flamenca que hay en Granada, punto de reunión de todos los forofos del flamenco. Yo la acompañaba con gusto. Se me hacía pesado, porque, no se si sabréis que, a los forofos de este género, si entre los que cantaban esa noche lo hacía alguno de sus “ídolos”, éste daba lo mejor de sí mismo cuando se “calentaba”, que es como se le llama en el argot flamenco. Esto sus seguidores lo sabían, por lo que esperaban este momento “mágico” las horas que fuesen necesarias. La espera era cubierta por varios cantaores y cantaoras, aficionados, que buscaban hacerse un hueco, y por otros que ya eran profesionales. En la misma línea también se arrancaban bailaores y bailaoras. Todos se esforzaban por dar lo mejor de su arte. Las horas de la noche pasaban entre cante y baile, los forofos, entusiasmados, aplaudían. Por mi parte, con cuatro cantaores que oía y unos cuantos bailes de los espontáneos, ya tenía más que suficiente, y empezaba a bostezar. Para no chafarle a mi hija su momento, lo hacía disimuladamente, pero era inútil. Además, para esas salidas me pintaba un poquito. ¡Qué desastre, Dios mío! Pues entre los bostezos y el humo de lo fumadores, mis ojos enrojecidos empezaban a lagrimear, la máscara que me había puesto en las pestañas, se me corría, mi zona lumbar y mis pies doloridos, ya que sillas para sentarse había pocas. “Admirada”, miraba a las mujeres que allí se encontraban, algunas mayores que yo, ¡y como rosas!

A parte de esto, gracias a mi hija, que se movía en este ambiente, pude conocer en persona un cantaor granadino, ya que en Gloria esté. Como ella sabía que me gustaba, siempre que se enteraba dónde actuaba, íbamos. Dos de estas ocasiones, las recuerdo en especial.

Una, porque me lo presentaron. Hablamos un poquito, era la sencillez en persona. Le di una poesía que le había escrito. Él, después de leerla, me dio las gracias y se la guardó. Omito su nombre, pero esta poesía la comparto con vosotros. Decía así:

Cuando cantas, eres grande, porque pones el corazón,
tratando de arrancar los sonidos de tu garganta,
que, perezosos, no quieren salir,
porque dentro de ti, ya cantan,
y recorren tu cuerpo entero,
para detenerse en tu alma,
la que das en tu cante,
con tu voz que quiere ser callada.
Mas, a los que te oyen, les llena tanto,
que pensativos se quedan en sus butacas
y sólo pueden decir ¡olé!
y aplaudir, para que no te vayas.

Y la segunda fue porque conocí a Felipe, que siendo quince años mayor que mi hija, al poco tiempo sería mi yerno. Él, además de ser uno de los muchos fans que este cantaor tenía y lo seguía donde quiera que fuese, se consideraba su hermano del alma. En esta ocasión tuvimos que desplazarnos a Sierra Nevada para verlo y allá que, con un matrimonio conocido, nos fuimos en su coche. El local donde actuaba era muy pequeño y enseguida se fue llenando. Bien entrada la noche nos deleitó con diferentes palos que, cantados por él, eran diferentes, por sus giros de voz. La actuación estaba a medias cuando el matrimonio con el que nos subimos se acercó para decirnos que se tenían que ir. Mi hija me preguntó:

—“¿Qué hacemos mamá?”

La verdad era que nos apetecía quedarnos un poquito más. Dándose ellos cuenta nos dijeron:

—“Quedaros, si para bajaros siempre hay alguien que os puede llevar en su coche”.

Y, dirigiéndose el marido a un chico que estaba al lado nuestro, le preguntó:

—“Felipe, ¿has venido en tu coche?”

—“Si —le contestó él.

—“Estas dos amigas se han venido con nosotros, pero nos tenemos que ir. ¿Cuando te vayas se pueden ir contigo?”

—“Si, por supuesto”.

Le dimos las gracias y seguimos disfrutando de este genio del cante. El buen ambiente reinaba y, en un momento dado, hasta su mujer también nos deleitó con su cante y baile. Las horas pasaban. El cansancio se fue apoderando de mi, pero lo disimulaba. Unas horas después, mi hija me dijo que ella también lo estaba. Felipe se dio cuenta, pero se hizo el desentendido. En este presente, que lo recuerdo, al pobre le chafamos la noche porque él no tenía ninguna prisa. Siempre esperaba el momento “mágico” de que se calentara su “ídolo”, lo cual no siempre sucedía, ¡y esa noche fue una de ellas! La gente empezó a marcharse, y él, de no ser por el compromiso de llevarnos a casa, se hubiera quedado hasta el último minuto.

Los días pasaban con normalidad. Mi hija y Felipe fueron coincidiendo en varias ocasiones, ya fuese en la peña o en otros lugares, siempre relacionados con el mundo del flamenco, y así surgió entre ellos una amistad que poco a poco se convirtió en algo más. Por mi parte, me agradara más o menos, no decía nada, pues el recuerdo doloroso, aún latente en mi corazón por haberme pasado en la relación que tuvo con Antonio, me lo impedía.

De mi hijo y de Lina seguía sin tener noticias. Ellos no sabían que habíamos alquilado en Salobreña y quería decírselo por si les apetecía venirse unos días. Tan sólo quince días quedaban para mi deseado contacto con el mar, cuando recibí una llamada de mi hijo y se lo pude decir.

—“Se lo diré a Lina —me contestó—, e iremos”.

El día de mi partida llegó. Mi hija y Manolo me acompañaron, pero sólo se quedaron unos días. Se vendrían el mes de vacaciones. La señora que nos alquiló la casa era, y puede que si aún sigue entre nosotros lo seguirá siendo, un encanto. Yo sabía que podía contar con ella, y viceversa, más si no era necesario, ni nos veíamos. Dos semanas después de mi llegada, un día que regresaba de la playa me la encontré en el patio regando sus macetas.

—“¡Hola Dolores, que no nos vemos!

Estuvimos hablando y le dije:

—“Pero no nos quedemos aquí, pase usted a su casa y nos sentamos”.

Entró, hablamos de distintas cosas sin importancia hasta que la conversación derivó en hablarme de la larga enfermedad de su marido, de lo que padeció.

—“Aquel dormitorio era el suyo, en él falleció y aquí, en el comedor, lo velamos”.

Al oírla me quedé perpleja, pues ese mismo dormitorio fue el que elegí para mí. Ella siguió hablándome. Yo la oía sin decir nada, ¡porque solo pensaba en la llegada de la noche y en cómo afrontaría el tener que acostarme en la misma cama sabiendo lo que ahora sabía!

La hora de irme a dormir se aproximaba y yo la iba retrasando. Pensé en elegir otro dormitorio, pero no lo hice, pues también sabía que si lo había elegido no era por casualidad, como tampoco lo era que la señora me hablara de ello. De todo esto era consciente, pero las horas pasaban y no veía el momento de acostarme. Me senté y empecé a rezar “Padre nuestro que estás …”. Conforme lo iba rezando la ayuda la recibí con este mensaje:

No temas y acuéstate. Si has estado bien hasta ahora, así seguirá siendo. Sólo será diferente si así lo permites”.

La verdad es que muy bien no lo comprendí, más no vacilé, y confiada, me acosté. El bienestar que sentí al meterme en la cama fue de tal magnitud que enseguida me dormí, lo cual no era habitual en mí.

Sin embargo, la prueba para que me siguiera fortaleciendo no terminó aquí, pues a media noche me desperté con necesidad de ir al baño. Para llegar tenía que pasar por donde este señor, que en Gloria esté, había sido velado. Fue abrir la puerta y allí lo vi, en su caja mortuoria, con las velas encendidas alrededor. Esa visión no era real, pero para mi si lo era. Por lo que hacía el recorrido para llegar al baño lo más deprisa que podía y regresaba lo mismo. Esta visión la tuve varias noches. A parte de esto, gracias al mensaje que recibí, la grandeza era que llegaba a mi dormitorio, me acostaba y me invadía el mismo bienestar que sentí la primera noche que lo recibí.