Capítulo 17: Por fin llegaron las respuestas

… y mi vida cobró sentido

Este otro capítulo que empiezo pertenece a otra etapa de mi vida. Pero, antes de hablaros de ella, es necesario que os haga partícipes de otro de mis sueños reveladores, pues fueron varios. Estas revelaciones nos sólo las tenía durante la fase del sueño, también las suelo tener durante el día. En mis libros y en uno de mis videos de mi página web os explico paso a paso cómo se producían.

En este del que os voy a hacer partícipes, se me hizo ver, oír y comprender en toda su magnitud la razón por la que mi espíritu fue requerido para cumplir esta misión. Fue así:

Me vi en plena juventud acompañada por seres de luz (sólo los percibía, oía lo que me decían, más su forma física nunca la vi) que era conducida hacia un espacioso lugar en el que había diferentes colas de personas, o más bien sus espíritus, ya que cuerpo no les vi, que guardaban riguroso turno. Hasta el centro de una de ellas me acompañaron, dejándome junto a uno de los que aguardaban, que, en ese momento, se volvió hacia mí. Lo vi tal y como era cuando lo conocí en la Tierra. Él me miró complacido, muy sonriente, y pregunté a quienes me acompañaban:

— “¿Por qué se ha alegrado tanto al verme?”

—“¿Es que tu no lo sabes? Atiende, que te lo vamos a explicar: esta cola pertenece a todos los espíritus que han vivido muchas vidas. En algunas de ellas llegaron a ser conocedores de su parte divina, de sus leyes, y de lo que debían hacer para evolucionar. Hicieron todo lo contrario. Vivieron desordenadamente entregados sólo a acumular bienes terrenales, sin tener en cuenta el modo de conseguirlos, ni el daño que hacían a sus semejantes. Sin haber evolucionado y con mucho karma acumulado, vida tras vida, llegaba a su fin. Sus espíritus no tenían descanso, por lo que pedían que les diéramos otra oportunidad de encarnar de nuevo con el propósito de eliminarlo, pero una vida más llegaba a su fin sin haberlo cumplido. Este para el que te hemos requerido lleva muchos tiempos esperando una pareja, pero debido a su karma no hay ninguna con la evolución necesaria para que pueda serlo. Para él es urgente tenerla porque los espíritus de sus descendientes ligados kármicamente a él esperan este momento. Es sólo de vuestra unión que podrán ser engendrados para que sus espíritus puedan habitar en el cuerpo adecuado que les permita seguir evolucionando”..

 

Me desperté conmocionada. Era media noche. Recordaba todo con exactitud. Sentí un gran alivio porque, por fin, todas las preguntas que me había ido haciendo a lo largo de mi vida para darle algún sentido, a las que nunca tuve respuesta, con este sueño las tuve todas. Mi vida cobró sentido.

Enlos días siguientes fui siendo informada de que la parte más importante de mi misión la había cumplido según lo requerido:

— “Eres libre de esa parte —me dijeron—, pero tu misión no ha finalizado. Llegado el momento de que tomes otras decisiones, te lo haremos saber”.

“¿Puedo saber de qué parte he sido liberada?”

 “De las ligaduras matrimoniales, más para que tu liberación sea la misma que ya poseías antes de que tu espíritu fuese requerido para cumplirla, atiende a lo que te vamos a decir que has de hacer para que el ritual por el que tuviste que pasar el día de tu casamiento sea anulado: coge las dos alianzas y haz con ellas juntas lo siguiente…”

E hice lo que me dijeron.

A nadie dije nada de esta nueva revelación, y continué con mi vida. Ayudaba a Manolo en el bar, me ocupaba de las tareas de la casa, atendía a las personas que me lo pedían… Mientras tanto, el comportamiento de mis hijos hacia mí, acompañado de toda clase de incoherencias, me devolvió a una realidad que yo me negaba a ver, porque de ser unos hijos obedientes, que compartían todas sus experiencias conmigo, que nos reíamos…, con este cambio tan opuesto no los reconocía.

Han sido muchos los meses los que he estado detenida sin poder escribir sobre esta etapa que viví por mis hijos. Me dolía en el alma el pensar que ellos se sintieran mal al leerla. Por otro lado, sabía que lo tenía que hacer.

En este mar de incertidumbre me debatía hasta que un día, repasando todo lo revelado en mi sueño, recordé en la precaria situación en la que se encontraban vuestros espíritus y recibí el empuje que necesitaba para seguir, porque comprendí que este comportamiento solo era fiel reflejo de vuestro karma, el que se iba manifestando en contra de mí. Y me dije: “Si mi vida cobró sentido después de tener estas revelaciones, así será para ellos cuando las lean”.

Por otro lado, me he puesto en vuestro lugar y también he comprendido que para vosotros habrá sido difícil tener una madre que no era según el mundo, pero es que no lo soy. Esto es lo que tenéis que aceptar, al igual que vosotros tampoco lo sois, por lo que os repito, no os sintáis mal cuando las leáis, ¡todo lo contrario! Ya que, en estas colas, en la misma situación que vuestro espíritu se encontraban muchos. Si a los vuestros, junto con el de vuestro padre, se os dio esta preferencia, es porque os la merecíais por los muchos valores que, como personas ya evolucionadas, os diferenciaban del resto. A mi nada tenéis que agradecerme, pues solo obedecí. A la vida habéis vuelto, ahora depende de vosotros el que sigáis volviendo hasta vuestra completa evolución. Sed felices, dad lo positivo que tenéis. Vosotros podéis ser ejemplo para muchas personas que se encuentran atrapadas en el qué dirán, o en la desvirtuada creencia de preservar la intimidad.

Corría el año 1985. Mi hija salía con su grupo de amigas, las mismas que tenía desde que empezó en el colegio. Cuando terminaron el bachillerato todas eligieron una carrera y empezaron a ir a la universidad, menos ella, que, por mucho que le aconsejé que eligiera alguna, se negó sin darme más explicación. El fin de semana seguían saliendo juntas. El grupo se fue ampliando con los chicos que las pretendían. Con el tiempo todas se fueron emparejando en una relación más formal, menos ella, que no se sentía atraída por ninguno de los muchos que la rondaban, pero seguía saliendo con ellas y sus parejas. Al poco tiempo, dejó de hacerlo, coyuntura que yo aproveché para que lo pensara mejor y eligiera una carrera. No fue fácil la elección, pues ninguna le agradaba. Finalmente se matriculó en la de Pedagogía.

Por aquel tiempo Manolo y yo nos reuníamos con varios matrimonios en la casa de campo de alguno de ellos. Al ver que sus salidas sólo eran de la universidad a la casa y viceversa, la invité a que se viniera con nosotros. Ella accedió. El día lo empezábamos caminando, si el tiempo nos lo permitía. A mediodía, compartíamos la comida que llevábamos cocinada de la casa. Por la tarde nos sentábamos y me exponían algún problemilla que tuvieran para que les ayudara a solucionarlo. Terminada esa parte, como todos tenían inquietudes espirituales, me pedían que les leyera algún capítulo de la Biblia. Al terminarlo me hacían preguntas sobre determinados versículos que no comprendían. Nos llenábamos tanto que se hicieron necesarias y nos reuníamos siempre que podíamos, menos mi hija, que poco a poco, las fue eludiendo.

Un día me encontré con una amiga. Hacía tiempo que no la veía. Me paré para saludarla y me preguntó:

— “¿Es que tiene novio tu hija?”

— “Que yo sepa no”—le contesté.

Otro día, otra de mis hermanas, me hizo la misma pregunta. Mi respuesta fue la misma.

— “Pues yo la he visto varias veces con el mismo chico…” —. A continuación, me dio toda clase de detalles de cómo y dónde, no sé con qué intención pero si fue la de hacerme daño, lo consiguió. Porque ya lo estaba pasando mal por el cambio tan repentino de mi hija al que no estaba acostumbrada, pues de la relación abierta que siempre habíamos tenido, ella salía y entraba sin darme ninguna explicación.

Al ver que no me decía nada, un día le pregunté:

— “¿Es verdad que estás saliendo con un chico?”

— “Si, mamá, hace ya un tiempo. Se llama Antonio. Lo que pasa es que no te lo quería decir todavía”.

— “¿Y eso?” —le pregunté.

—“Está divorciado y es un poquito mayor que yo”.

Me quedé paralizada. No era una relación así la que yo esperaba para ella. Cuando pude reaccionar, le pregunté:

—“Pero… ¿tiene hijos? ¿Sabes algo de su vida? ¿En qué trabaja?”

Según me iba diciendo, me di cuenta de que todo lo que él le había contado de la situación de su vida era una verdad a medias en la que él se ponía de víctima y mi hija, que no había tenido ninguna relación, con una belleza exterior e interior fuera de lo común, le creyó. Por mi parte, le di permiso a mi hija para que entrara en la casa, no sin antes consultarlo con su padre, al que no le cayó nada bien, porque en este presente es de lo más normal, pero en el 1985 era todo un acontecimiento y la comidilla de familiares o amigos. Sólo me dijo:

—“¿Es que no había otro que no estuviera divorciado? ¡Porque no será que no ha tenido para elegir!”

Sin embargo, a mí el hecho de que lo estuviera no le di mayor importancia. A lo que si le di fue a que él le mintiera para llevársela a su terreno. Más solo a mí, como fiel defensora de la verdad, me preocupó. Algo tenía que hacer para desenmascararlo. Ella me miraba pendiente de que le dijera algo. La vi tan ilusionada que, por el momento, solo le dije:

—“No es lo que esperábamos para ti, pero si a ti te gusta… Lo que si te pido es que vayas despacio para conocerlo mejor”.

Ellos siguieron viéndose. Antonio entraba en la casa, algunos días se quedaba para comer. Cuando Manolo llegaba y se lo encontraba, yo, que le conocía bien, la expresión de su cara dejaba bien claro que su presencia no le agradaba.

Mi hija continuó con sus estudios hasta que terminó la carrera de Pedagogía. Manolo y yo seguíamos con el bar. Yo lo pasaba mal porque la ayuda que le podía dar era cada vez más escasa. Es por lo que tomamos la decisión de arrendarlo. Manolo hizo tratos con algunos interesados. Con ninguno llegó a un acuerdo.

Como mi hijo no quiso estudiar y tampoco trabajaba, le propusimos que lo hiciera en el bar. Él estuvo de acuerdo. A mí, en el fondo me hacía ilusión ver al padre y al hijo unidos llevándolo, ya que a nosotros nos había costado tanto esfuerzo ponerlo en marcha… Me daba un poco de tristeza sólo de pensar que terminara en manos extrañas. Pero, ¡ay Dios mío, en lo que yo sola me metí! Siempre pensando en darle lo mejor a mi hijo, le propuse a Manolo pedir un préstamo para hacer obra en el bar, que le diera un aire más apropiado para él. Se negó, alegando:

—“Ahora que hemos salido de préstamos, ¿nos vamos a meter en otro? ¿Es que no está bien como está? ¿Qué sabemos si le va a gustar cuando empiece? Además, si estamos los dos en la barra necesitaremos a alguien para hacer las tapas”.

—“Bueeno —le contesté—, continuaré haciéndolas”.

¡Qué razón tenía tu padre! Debería haberle hecho caso, pero es que, con vosotros, hijos, siempre me perdió querer daros lo mejor. Que vosotros lo vierais así, es otra cosa…

Finalmente, contagiado de mi ilusión, se pidió el préstamo y padre e hijo, con la ayuda de un albañil, se empezó la reforma. ¿Te acuerdas, hijo, con qué fuerza dabas los martillazos para derribar algún tabique? ¡Ni tu pie escayolado por un esguince de tobillo que habías tenido te lo impidió! Al verte dando esos martillazos te decía:

—“No estés mucho rato ahí de pie… Tómate descansos…”.

Por mi parte, yo estaba ideando tapas diferentes de las que hacía. También pensé en la decoración, e inspirada, escribí unos versos muy originales, que, una vez terminados, los llevé a un profesional de cerámica para que los escribiera en unos azulejos que el albañil los incrustó según le fui indicando en diferentes partes de la pared, con la idea de que los clientes, cuando entraran, los pudieran leer con facilidad.

Mi hija seguía muy ilusionada con Antonio. Él no trabajaba. Al ver que estábamos haciendo la reforma en el bar sin tener muy claro cómo hacerla, un día nos dijo que él tenía experiencia por haber trabajado en la reforma y decoración de varios negocios.

—“Si quieren, les puedo ayudar…”—nos propuso.

Manolo me miró receloso, pero nada le contestó. Pasaron los días. Yo seguía pendiente de él para desenmascararlo. En el fondo lo hacía para que mi hija se diera cuenta y, si tenía que seguir noviando con él, lo hiciera con todas las consecuencias. Pero a él también lo vi que estaba pasando un mal momento en su vida personal, por lo que le dije a Manolo:

—“¿Qué te parece si le damos la oportunidad de que nos demuestre que nos dice la verdad aceptando su ayuda?”

¡Madre mía! ¡Cómo se puso Manolo! ¡Nunca lo había visto tan cabreado! Lo que decía de lo que pensaba de él prefiero omitirlo…. Le dejé que hablara y cuando se calmó le dije:

—“Si tienes razón, pero sólo por que la niña está tan ilusionada con él se merece que se la demos…”.

No muy convencido, accedió. Al día siguiente Antonio, junto a mi hijo, ya estaba martillo en mano. Él puso de su parte, pero al poco rato lo tuvo que dejar porque se empezó a marear… ¡Se le puso la cara blanca! Era demasiado esfuerzo para él, que nunca lo había hecho. Así nos lo confirmó cuando se fue recuperando. Según nos dijo, lo que él hacía era dirigir a los que hacían el trabajo. Manolo, al oírlo, sin decir nada, se fue para seguir con lo que estaba haciendo. Los martillazos de mi hijo los empezó a dar con más fuerza… Yo lo miraba. Como lo vi mal, le dije:

—“Es mejor que te vayas y descanses”.

Cuando se fue, Manolo cargo sobre mí y mi hija, culpándonos. A mí, por haber intercedido por él para darle una oportunidad, y a su hija, por seguir sin darse cuenta de la clase de hombre que era.

—“¿Qué te parece? —no paraba de repetir— ¡Que él lo que hace es dirigir! ¡Será …! ¡A él lo voy a dejar dirigir!”

A los pocos días Antonio se presentó en el bar con la disposición de seguir ayudando. El trabajo más duro ya estaba hecho, sólo faltaban por decidir pequeños detalles, como, por ejemplo, instalar una cafetera para servir café… Enseguida desechamos esa idea por el poco éxito que tuvo una que habíamos instalado anteriormente. Antonio nos escuchaba sin participar. Finalmente nos dijo:

—“Ya que le están dando este cambio al bar, lo de instalar una cafetera podría funcionar. —Nos indicó incluso el lugar donde se podría poner— Un lavavajillas —continuó diciendo— es imprescindible, porque se evitarían el estar lavándolos a mano, ganarían tiempo, es más higiénico, más económico porque se gasta menos agua… y en la cocina, un microondas sería muy útil”.

Mientras que él hablaba, Manolo ni le prestaba atención. Se le había quedado enquistado en su cabeza cuando dijo que lo que él hacía era dirigir y no se lo iba a permitir que lo hiciera. Sólo yo le escuchaba. Me pareció bien todo lo que dijo. Manolo, al ver que me puse de su lado, me miró malhumorado y Antonio, que de tonto no tenía ni un pelo, se dio cuenta de que allí no era bien recibido. Él mismo decidió dar por terminada su colaboración, porque en los días siguientes ya no lo volvimos a ver. Manolo se alegró de que él tomara esta decisión.

—“Un problema menos”—dijo.

Pero yo no lo viví así. Para mí el problema aumentó, porque ellos siguieron viéndose. Mi hija para nada tuvo en cuenta mis consejos ni lo que padecía. Todo lo contrario, porque, a partir de ese momento, se cerró completamente a nosotros y se posicionó del lado de Antonio. Yo me sentí mal y así se lo dije a Manolo, a lo que él me respondió:

—“¡Pues déjala, ya está grande para saber lo que hace!”.

Pero yo no la podía dejar. También me preocupaba por Antonio. Un día le pregunté si estaba trabajando:

—“Si —me contestó— le han ofrecido una oferta para dirigir la obra de otro negocio”.

A partir de este momento, todo el tiempo que duró su relación tengo que reconocer que no se lo puse nada fácil, pero ella aguantó estoicamente. Parecíame que lo que pretendía era demostrarme que estaba equivocada en lo referente a él. Me di cuenta de que, en su empeño por demostrármelo, lo estaba pasando mal, por lo que tomé la difícil decisión de mirar hacia otro lado, hasta que ella lo viera por sí misma. Cuando terminó su relación, a mí no se acercó para decirme “mamá, tenías razón”. Me lo dijo pasado un tiempo, aunque no de buen grado.

En el bar estaba todo dispuesto. El día que se abrió a los clientes les agradó ver a padre e hijo detrás de la barra. Los versillos, como novedad que eran, los iban leyendo, y como algunos eran graciosos, se reían. El buen ambiente reinaba. Yo, en la cocina, atareada haciendo las nuevas tapas, puse todo de mi parte para que esta nueva etapa funcionara, que, por cierto, una de las que ideé fue una novedad, porque no se ponía en ningún bar, pero tuvimos que comprar un microondas. Para mí era mucho trabajo hacerlas, porque consistía en servir pizzas pequeñitas. Todo lo hacía a mano. Como en el bar no había horno, las hacía en el piso. Amasaba la masa, cuando había reposado la extendía hasta dejarla bien finita. Para darles forma y quedaran redonditas utilizaba un vaso y las metía en el horno. Ya cocidas, las dejaba enfriar y en el momento de servirlas sólo tenía que ponerle por encima el resto de ingredientes y al microondas para darles el toque final.

Mi hijo seguía compartiendo conmigo. El que lo hiciera me compensaba algo el alejamiento de mi hija y, a su manera, me demostraba su agradecimiento por la ayuda que le estaba dando. Él entraba muy a menudo en la cocina para contarme sus cosas. Un día me dijo que había conocido a una chica.

—“¡Ah!, ¿si? ¿Y cómo la has conocido?” —le pregunté.

—“Me la presentó Félix” —me dijo él. Era el hijo de un cliente del bar que tenía mala fama.

—“Ten cuidado —le dije—. Ya sabes lo que se dice de Félix”.

—“No —me contestó—, es buena gente. Un día la traerá al bar y te avisaré para que salgas y la conozcas. Pero tú a lo que diga no le contestes, mamá. ¡Dice unas palabrotas!”

Como él, todo esto me lo contaba más bien en broma, pues no le di mayor importancia. No obstante, le previne, diciéndole:

—“Ten cuidado, no vayas a más con ella si ya estás viendo cosas en su forma de ser que no te agradan”.

Pasados unos días mi hijo entró en la cocina y me dijo:

—“Mamá, sal un momento para que la veas”.

No sé lo que estaría pasando por su cabeza, porque inmediatamente se retractó, diciéndome:

—“¡Es mejor que no salgas, mamá!”

Y, sin darme tiempo a decir algo, salió de la cocina. Un poco extrañada si que me quedé, más tampoco le di importancia.

Los días pasaban. Yo, poco a poco, me fui dando cuenta de que entre padre e hijo algo no iba bien. Él entraba en la cocina para hablar conmigo. Su padre lo reclamaba para que saliera a ayudarle, pero él no se daba por enterado. Entonces intercedía diciéndole:

—“Tienes que salir, tu padre te necesita”.

Cuando por fin salía, con toda la razón, le reñía, pero a él no le caía nada bien que lo hiciera delante de los clientes. Uno de esos días su padre le pidió que preparara una ración de jamón. Él, enfurecido, cogió el cuchillo y se puso a ello, más debido al estado en el que estaba, se le desvió y se dio un corte en la mano… ¡Madre mía, cuando vi cómo sangraba me derrumbé! Sin embargo, él no nos mostraba ninguna preocupación. Cogió un paño y se lo enrolló en la mano. La sangre no paraba de salir. Un cliente al verme lo mal que estaba se ofreció y lo llevó en su coche para que lo curaran. Félix que en ese momento se encontraba en el bar, se fue con ellos. Como no pude ver la magnitud del corte, la espera se me hizo muy larga. Cuando llegaron, mi hijo le quitó importancia, diciéndome:

—“No ha sido nada mamá, no te preocupes. Solo me han tenido que poner unos puntos”.

—“Te dolerá —le dije—. Ve a la casa y descansa”.

—“Hemos quedado con unos amigos para echar un rato —contestó Félix. Entre ellos estaba la chica de la que me hablaba mi hijo.

Por la mañana entré en su habitación y le pregunté:

—“¿Como te encuentras?”

Por su forma de contestarme, me di cuenta de que no era el mismo. Algo había pasado en esa salida. Le pregunté:

—“¿Qué vas a hacer? ¿Te quedas descansando?”

—“No —me contestó—, a medio día me bajo”.

—“Es lo mejor —le dije—. No te podrás mojar la mano, pero por lo menos te entretienes y algo podrás hacer”.

Así lo estuvo haciendo hasta que su herida quedó completamente curada. Las salidas con este grupo, o solo con la chica, de vez en cuando las seguía teniendo después de cerrar el bar, pero siempre regresaba a una hora razonable.

Los días pasaban. Me di cuenta de que la tirantez entre padre e hijo iba en aumento. Tampoco entraba en la cocina para compartir conmigo. Un día pregunté a Manolo:

—“¿Qué está pasando con el niño?”

Y él, muy enfadado, me contestó:

—“¡Que dice que él ya puede llevar el bar! ¡Quiere que le dejemos solo! ¿Qué te parece? ¿Tu eso lo ves normal?”

Que fuera esto el resultado del cambio que le noté la noche que salió era lo que menos me esperaba. Justo en ese momento llegó mi hijo y le pregunté:

—“¿Es cierto lo que me acaba de decir tu padre, que quieres que te dejemos solo en el bar? Si te ha metido alguien esa idea en la cabeza, no les hagas caso. Tú no estás preparado para llevarlo solo”.

—“¡A mí no me lo ha metido nadie en la cabeza! —me contestó— ¡Yo ya se lo que tengo que hacer! Dejadme que pruebe y lo veréis”.

Su padre y yo lo escuchábamos diciéndonos con la mirada “No sabe lo que está diciendo”, pero como él seguía obcecado con esa idea, finalmente le dijimos:

—“Sigue con nuestra ayuda un tiempo para que aprendas lo que es llevarlo y cuando estés preparado, lo harás”.

Él calló, más la respuesta nos la fue dando con su comportamiento. Como, por ejemplo, cuando a él le parecía, nos dejaba solos en el bar y se iba, por la mañana, bajaba, aunque fuese tarde, pero sin ningún interés, hasta que un día nos dijo:

—“Voy a trabajar por mi cuenta y necesito que me compréis una furgoneta”.

—“¿Y en qué consiste este trabajo? —le preguntamos.

—“En tal tienda de electrodomésticos, que necesitan un transportista”.

Él seguía viéndose con esta chica. Un día tuve la sorpresa de recibir una llamada por teléfono de ella. Después de decirme su nombre y quién era me dijo:

—“He sabido que usted lee el Tarot. Me gustaría ir para que me lo lea”.

—“Pues lo que me pides, Cristina, es algo que pertenece a mi pasado. Ya no lo hago”.

 —“¿No podría hacerlo por mí? Es que lo necesito —me insistió.

—“Bueno, si tanto lo necesitas, haré una excepción. Ven tal día”.

Ese día llegó acompañada de una amiga. Durante el tiempo que le dediqué pude deducir que ella si era una asidua en visitar toda clase de echadoras de cartas, pero es que yo no lo era, por lo que mi forma de hacerlo no le convenció. Insistió dirigiendo una nueva pregunta sobre cuáles eran las intenciones de mi hijo hacia ella. Nada le dije, porque información de terceros nunca di. Lo que si hice fue hablarle a ella de su presente. No obstante, cuando se marcharon hablé con mi hijo, diciéndole:

—“Si sigues sin tener claros tus sentimientos hacia Cristina, no vayas a más, porque ella no sé lo que siente por ti. Lo que si he visto es que está muy obsesionada contigo”.

Los días pasaban. El bar lo llevábamos Manolo y yo prácticamente solos. Él insistía en que le compráramos la furgoneta. Su padre se negó. Yo, que lo conocía, sabía que no lo haría. Viendo que la situación era muy tensa, le dije a Manolo:

—“¿Qué te parece si de la parte que a mí me corresponde de la cochera que hemos vendido le doy el dinero para que se las compre?”

—“Tuyo es —me contestó—, haz lo que quieras”.

Nada dije a mi hijo de esta decisión que tomé, y le di el dinero. A los pocos días, acompañado de Cristina, compraron la furgoneta. Me dio penilla que no me pidiera de acompañarlo, pero más me dio cuando desde una ventana del piso los vi llegar con ella. La aparcó en la puerta de la urbanización donde vivíamos. Yo, muy ilusionada, levanté la mano para que me viera. Cristina le hablaba. Él miró hacia la ventana con gesto hostil. Bajé mi mano desilusionada… Esperé por si me hacía alguna señal para que bajara a verla. Cristina le seguía hablando. Él cerró la furgoneta y se fueron caminando. Al mismo tiempo, él me volvió a mirar, su gesto seguía siendo el mismo. Cuando desaparecieron de mi vista, me aparté de la ventana. La congoja me ahogaba. Al mismo tiempo me preguntaba “¿Qué le está pasando? ¿Por qué se comporta así conmigo?”.

Ese día no vino a la casa. Tampoco me llamó por teléfono. Sin embargo, vi que la furgoneta no estaba donde la aparcó. Llegó la noche… Las horas pasaban sin poderme dormir, ansiosa y enojada. No sabía cómo actuar cuando lo viera, pero si que algo debería hacer. A media noche le oí entrar. Me levanté con ánimo de que me diera una explicación. Él me miró con una sonrisa socarrona. Venía bebido, cosa que anteriormente nunca lo había hecho. Mi reacción fue darle una bofetada. Sin decirme nada, se fue hacia su habitación con la misma sonrisa y se acostó. Me sentí mal por mi reacción, pero convencida de que no lo podía dejar que siguiera con la misma actitud sin hacer nada.

El día siguiente entré en su habitación para pedirle la explicación que no me dio, pero él no tenía ninguna disposición de dármela. Ante mi insistencia, me lo hizo saber dándome la espalda y siguió durmiendo. Sobre las dos se levantó, se duchó y salió al comedor vestido para salir. La mesa estaba puesta.

—“¿No te quedas para comer?”

Sin mirarme, me contestó:

—“No, tengo que irme. Ya he quedado”.

—“Recuerda la hora de regresar a casa, pues si sigues así puede ser que una noche encuentres el pestillo de seguridad echado en la cerradura y no puedas entrar”.

Su respuesta fue abrir la puerta y salir dando un portazo. Miré a Manolo ya mi hija buscando su apoyo. Ellos callaron, pero en la mirada que se cruzaron percibí complicidad que a mí no me beneficiaba. No les dije nada y encajé este nuevo revés con tristeza porque ya presentía que a éste le seguirían muchos que tendría que afrontar sola. Lo que no sabía era su magnitud por lo que según las iba padeciendo, física y anímicamente me fui debilitando, pero mi fortaleza de espíritu aumentó.

Pues bien, después de haberle recordado a mi hijo la hora de entrar en casa no regresó ni tuve noticia de él durante dos días con sus dos noches. Angustiada le dije a Manolo:

— “¿Le habrá pasado algo? Vamos a ir a la comisaría donde trabaja tu primo. Puede que nos de alguna información…”

Él no estaba preocupado. Todo lo contrario, pues como fui yo la que insistí para darle esta oportunidad y nos dejó plantados con la reforma hecha y el préstamo por pagar… Por mi parte, en aquel momento, nada de eso me preocupaba. Sólo quería saber de él. Que encauzara su vida y encontrara un trabajo en el que se sintiera bien. Finalmente, después de insistirle me acompañó a la comisaría.

Cuando su primo nos vio, nos preguntó:

— “¿Qué os trae por aquí?”

Esperé que Manolo hablara diciéndole el motivo de que fuésemos a él. Al ver que no decía nada, fui yo la que se lo expliqué, transmitiéndole lo mal que me sentía. Él me tranquilizó diciéndome:

— “No estés tan preocupada, son cosas de la juventud. Seguro que este mismo día llega a la casa”.

Y así fue. No sé lo que pasó, pero ese mismo día que llegó mi hijo, lo supe. Él entró en la casa como si nada hubiera hecho, más no se atrevía a mirarme. Le pregunté:

— “¿Dónde has estado, hijo?”

— “Haciendo cosas” —me contestó.

— “Pero, ¿por qué no me has llamado para que estuviera tranquila?”

— “¡Si que llamé! ¡Hablé con papá!”

Palabras no tengo para describiros cómo me quedé. Miré a Manolo, que algo dijo, pero como siempre, tan bajo que no lo oí. Me sentía tan mal, tan cansada, que no tuve fuerzas para insistirle en que me diera una explicación. Además, me dije “¿Para qué se la voy a pedir? Si el por qué de no haberme informado de la llamada, lo tengo claro…”.

Mi hijo siguió diciéndome:

— “La próxima semana comienzo a trabajar en la tienda de electrodomésticos”.

Empezó en su nuevo trabajo con ilusión. Conmigo se mantenía distante. Venía poco a casa y, cuando lo hacía, su estancia era tan breve que ni se enteraba.

Un día, como la tienda se encontraba cerca de casa, decidí ir para verlo. La recorrí con mi mirada, pero no lo veía. Una chica se acercó y me preguntó:

— “¿En qué la puedo servir?”

Un poco cortada, sin saber qué decirle, le contesté:

— “Nada…, es que mi hijo hace poco que trabaja aquí y he entrado para darle la sorpresa”.

— “¿Y cómo se llama?”

Se lo dije.

— “¡Ah!, ¿el nuevo transportista? ¡Qué trabajador y buena persona es! Pero hace tres días que no viene. Dígale que venga para decirnos si va a seguir o no”.

Por el medio día le oí que llegó a la casa. Dejé lo que estaba haciendo. Salí con alegría por verlo y decirle lo que me habían dicho en la tienda. Él estaba hablando con su padre y su hermana, muy compenetrados. Tan sólo dije:

— “¿Qué, hijo?”

No pude decir nada más, porque él se volvió hacia mí muy molesto, al mismo tiempo que decía una palabrota muy mal sonante que no voy a repetir aquí. Con el corazón encogido los dejé que siguieran hablando y me retiré para continuar con lo que estaba haciendo. El dolor que sentía quise suavizarlo con la esperanza de que entraría a decirme algo antes de irse, pero no fue así. Respiré profundamente y salí para preguntarle a Manolo y a mi hija. Ellos me miraron interrogantes. Viendo que no decían nada, les comenté mi visita a la tienda y lo que me habían dicho.

— “¿A vosotros os ha contado algo? ¿Es que ya no piensa volver?”

— “Eso parece —dijo Manolo—, que lo va a dejar, porque él solo tiene que cargar los electrodomésticos y dejarlos instalados en la casa del cliente. Ahora va a empezar a trabajar por las noches con un agricultor para transportarle la mercancía”.

Lo seguía viendo demasiado duro para él, y así se lo dije a ellos, a lo que Manolo me contestó:

— “Él está contento. También dice que ganará más con este nuevo trabajo”.

Si antes lo veía poco, ahora sólo lo veía cuando venía a ducharse y cambiarse de ropa. Lo veía mal y muy descuidado su aspecto. No me atrevía a preguntarle cómo le iba, dónde comía, ... Por lo que solo lo miraba con el sufrimiento de cualquier madre, pero cuando él se daba cuenta se venía arriba y me retaba con su mirada.