Capítulo 16: Mis primeras revelaciones…

… a través de la Biblia y el Tarot

¡Madre mía! ¡Pobre de mí y pobre Manolo! Cada uno en nuestro momento evolutivo. ¡Qué lucha por mi parte para conseguir que tuviera la disposición de hacerlo! Para él, nunca era el momento. Sin embargo, para mí, cada pasaje que leía era el mejor momento del día.

Cuando salió de él que leyéramos juntos me alegré mucho. Empecé a leer el pasaje perteneciente, que para mí fue muy revelador. En cada versículo que leía me embargaba la emoción, por lo que, de vez en cuando, me paraba para mirarle por ver si le producía algún efecto. Todo lo contrario, lo que veía era más bien deseos de terminar con este momento. Para animarlo, le explicaba lo que a mí me había transmitido, y a continuación le dije:

─ “Ahora escribe en el folio lo que a ti te ha querido decir”.

No pudo escribir nada, pero por lo menos lo intentó. Finalmente, terminó diciéndome:

─ “Escríbelo tú y que sea para ellos como si lo hubiéramos hecho los dos”.

─ “Bueno, así lo haré –le contesté─, pero solo por esta vez. Para la próxima, lo hacemos juntos”.

Pues bien, no hubo próxima, ni ninguna de las siguientes, pues él ya se había acomodado en que fuera yo quien lo hiciera.

Formando parte de este grupo estuvimos unos años. Los escritos que llevaba para leer el día de la reunión les sorprendían, incluso al sacerdote, pero todos callaban. Lo normal hubiera sido dialogar sobre lo que cada matrimonio leía, para que todos nos hubiéramos enriquecido. Debido a esta falta de diálogo, para mí, asistir a estas reuniones, era un tiempo perdido. Además, me fui dando cuenta de que Manolo lo pasaba mal, por lo que tomamos la decisión de no seguir en él. Más esta decisión no fue sólo debido a esto. Hubo otros motivos que en mis memorias no voy a detallar, porque hay amplia información sobre ello en mi libro “La Enseñanza Revelada”, el cual, si no lo habéis leído, os animo para que lo hagáis.

Dejamos de formar parte del grupo, lo que yo no dejé fue de leer la Biblia, que cada día me llenaba más. Sus arcanos se fueron abriendo para mí e invitaba a Manolo diciéndole:

─ “Si no quieres leer, siéntate conmigo para oír lo que leo”.

Ante su constante negativa dejé de invitarle, pero yo continué haciéndolo, pues aparte de esta fuente de sabiduría que en sus arcanos descubrí, mi inquietud por saber siguió aumentando y, una vez más, por “casualidad”, al pasar por una calle llamó mi atención un letrero que vi en la puerta de un local. Me acerqué para leerlo y decía “Se dan cursos de Tarot”. “¿Cómo serán?”─me pregunté─, “¡Entraré para informarme!”. El caso es que con esta información no me enteré mucho de lo que iban. No obstante decidí hacerlo.

El Mago

El día que empezó entré un poco retraída, ya que el Tarot era algo para mi desconocido. El curso lo daba un chico de mediana edad. Éramos nueve personas. Empezó hablándonos de su procedencia y de todo lo que él, por haberse documentado, sabía. Puso mucho interés en decirnos el conocimiento positivo que los Arcanos mayores ocultaban, y que sólo si estábamos preparados de mente y espíritu nos lo podían revelar. Yo, cuando oí la palabra “arcano” y todo lo que nos decía, despertó mi interés, preguntándome a mí misma “¿Será un conocimiento parecido al que los Arcanos de la Biblia me han revelado?”. Él continuaba explicándonos. Recuerdo que yo era una esponja. El tiempo se pasó rápido para mí. Al terminar nos dijo que para el próximo día lleváramos las cartas. Nos aconsejó sobre unas determinadas diciéndonos que eran las que se habían ido respetando de las originales en imágenes, colores, y eso para él era muy importante. De regreso a la casa las compré, y como también nos dijo lo que teníamos que hacer cuando las tuviéramos, con el fin de familiarizarnos con ellas, no dejé ni un día de hacerlo. Al llegar, lo primero que hice fue separar los 22 Arcanos Mayores de los Menores, y con mucho respeto, los guardé. A continuación, como era la hora de hacer las tapas, me fui para el bar.

Las horas que esa tarde estuve ayudando a Manolo mi mente era un hervidero de preguntas y respuestas que recibía al mismo tiempo, dándome información. Así fue todos los días. Las recibía en el bar, en la casa, en la calle, y era tanta, que decidí llevar conmigo una libreta y un bolígrafo para escribir todo lo que recibía, y cuando tenía un ratito libre, lo leía. Me quedaba impresionada, porque todo era muy positivo para que el nuevo Adán y la nueva Eva resurgieran del hombre y de la mujer.  Pero, lo que más me impresionó fue lo que me revelaron sobre mí del pasado, del presente y del futuro. Sin decirle nada a nadie, fui guardando estos escritos hasta que recibiera nueva información de lo que debía hacer con ellos.

El segundo día de curso ya empezamos a practicar tiradas entre nosotros, bajo la mirada atenta del profe. Yo, como él nos aconsejó, empecé a practicar con familiares o amigos. La voz se extendió rápidamente al exterior, y fueron muchas las personas que me demandaban. A ninguna dejé sin atender, pero también en esta “nueva” vía de conocimiento que se abrió ante mí, me pasó algo insólito, pues me fui dando cuenta de que en el momento de hacer la tirada a la persona que fuese, extendía los Arcanos de la forma aprendida en el curso, más al interpretarlos, lo hacía de una forma mucho más profunda y espiritual. Nada tenía que ver con lo aprendido en él. Extrañada al oírme, en una de ellas, me paré en seco, preguntándome “¿Qué me está pasando? ¿De dónde sale todo lo que estoy diciendo?”. Miré a la persona que, sentada frente a mí, me escuchaba, y al verla emocionada, con los ojos empañados en lágrimas, respeté su emoción y me quedé en silencio unos segundos. Respiré profundamente para poder continuar porque durante ese silencio tuve la respuesta de lo que me estaba preguntando, diciéndome:

─ “¿De qué te extrañas? Nuestro conocimiento ya formaba parte de ti. El motivo de que hayas hecho el curso sólo ha sido para traértelo al recuerdo, pues forma parte de tu misión darlo a conocer en su estado puro. Cuando llegue ese momento, serás informada”.

Después de recibir esta información tardé unos segundos en reaccionar, pero enseguida me recuperé y continué con la persona que estaba atendiendo. Y así lo seguí haciendo con los que me lo pedían. Todos terminaban haciéndome preguntas sobre su vida laboral, sentimental, familiar… A todas contestaba devolviéndolos a la realidad de ellos mismos, para que se trabajaran en ese aspecto. Más me fui dando cuenta de que no quedaban satisfechos, y seguían insistiendo sobre las mismas preguntas. Yo volvía a contestarles dándoles información desde otro ángulo, para que lo comprendieran, desviándolos otra vez hacia ellos mismos, más no comprendían, o no querían, no lo sé… El caso es que terminaba agotada.

A parte de practicar en la casa, cuando tenía tiempo me iba al centro donde hice el curso y me quedaba unas horas compartiendo con los compañeros. Recuerdo que a todos les cayó en gracia mi forma de interpretar el Tarot, al mismo tiempo que les sorprendía. Siempre me pedían que practicara con ellos. Una tarde, uno de los profes encargado de dar otros cursos, incluido el de Tarot, me pidió que si quería interpretárselo a él. Yo lo miré extrañada, pero enseguida reaccioné diciéndole:

─ “¡Pues claro que sí! Siéntate”.

Él se limitó a que le interpretara varias preguntas que me hizo. Vi que quedó satisfecho, pero como profesional que era, se dio cuenta de que mi interpretación iba mucho más allá de lo convencional en lo que decía. Más en aquél momento no me dijo nada, fue pasado un tiempo cuando me lo dijo. Lo que sí hizo fue invitarme al curso que estaba dando, diciéndome:

─ “Es de sanación. Aunque ya está finalizando, si quieres puedes venir para hacerte una idea”.

─ “Bueno” ─le contesté.

Nos fuimos hacia la sala donde lo daban. En ella ya estaban sentadas todas las personas que se estaban formando. Al verme entrar me miraron sin comprender, a lo que él les informó:

─ “La he invitado para que vea de qué trata este curso” ─. Y dirigiéndose a mí, me indicó─ “Siéntate donde quieras”.

Me senté un poco alejada y él me dijo:

─ “No te quedes tan lejos. Mira, aquí tienes un asiento más cerca”.

─ “No gracias ─le contesté.─ Prefiero quedarme aquí”.

─ “Bien, como prefieras”.

Y se dispuso a dar explicación a lo perteneciente al curso para ese día. Al poco rato, me sentí embargada por el estado de paz que yo conocía muy bien en el que, sin pretenderlo, entraba. Cerré los ojos y así me quedé, oyendo todo lo que él iba diciendo. En un momento dado, recibí este mensaje para que se lo transmitiera a todos. Decía así:

─ “Comunícales que, antes de pretender sanar a los demás, se trabajen a nivel personal, para estar limpios de mente y de espíritu”.

No me atreví a decirles nada, porque pensé “Si no me van a creer… Además, ¿quién soy yo para decirles esto que estoy recibiendo? Y menos a este grupo que nos miran a los demás con aire de superioridad…”. Lo que si hice fue tomar buena nota de lo recibido para que nada me desviara de mi camino.

Sin darle mayor importancia continué ayudando a toda persona que me lo pedía, más cuando asimilé que el conocimiento de los Arcanos Mayores del Tarot formaba parte de mí, dejé de utilizarlo, y lo guardé con mucho respeto junto a todo lo escrito revelado por ellos cuando empecé el curso. Sin embargo, los Arcanos de la Biblia sólo se abrían para mí leyendo sus pasajes, por lo que el poco tiempo que tenía libre lo dedicaba a ello. Fui consciente desde el principio de que eran dos vías de conocimiento muy diferentes. No obstante, las dos se unían con el mismo fin: dar conocimiento a toda persona que estuviera preparada para recibirlo. Años más tarde pude comprobar esto mismo cuando, en un viaje que hice a Jerusalén, descubrí imágenes de un gran número de Arcanos del Tarot en la fachada de uno de los templos.

Mi cambio como resultado a todo lo que estaba descubriendo era de una plenitud interior que no os la puedo describir. Manolo seguía en su línea. La ayuda laboral y espiritual no dejé de dársela, ni de ocuparme de las tareas de la casa. Los hijos me pidieron permiso para salir el fin de semana con su grupo de amigos. Por aquél tiempo eran muy obedientes. Siempre llegaban a la hora que les decía. Como también eran muy responsables, antes de salir les daba permiso por si llegada la hora de regresar a casa se lo estaban pasando bien, se quedaran otro ratito, pero por favor, me llamaran para decírmelo. Sólo en alguna ocasión se quedaron después de la hora, porque, según me decían, el tener que salir y buscar una cabina para llamarme, se les pasaba el tiempo. Yo, echada en la cama, siempre los esperaba despierta. Como ellos lo sabían, entraban para contarme cómo se lo habían pasado, si había alguna anécdota graciosa, y nos reíamos juntos. Me lo pasaba bien oyéndolos. Cuando se iban a sus dormitorios, ya sabiéndolos en casa, me quedaba tranquila, sólo a medias, porque si no había llegado Manolo, tampoco me podía dormir. Las llamadas para informarme de sus retrasos no existían, aunque lo tuviera fácil como en estas ocasiones, pues creo recordar que a pocos metros del bar había una cabina, pero que saliera para llamarme era impensable. Pero yo me preocupaba, y si no había llegado a la hora de costumbre, que era más o menos sobre las doce de la noche, mi preocupación iba en aumento. Cuando se lo decía, él le quitaba importancia, diciéndome:

─ “¿Qué me va a pasar? ¡Tú acuéstate tranquila!”

─ “¡Pues eso quisiera! ─le contestaba─ Pero no puedo. Además tú mismo me has dicho que pasada la media noche suelen entrar al bar bastante bebidos, que ni tan siquiera son clientes tuyos, y lo que hacen es importunar a los demás, por lo que tienes que echarlos de mala manera. Después, te vienes solo, arriesgándote a que te puedan asaltar, pensando que llevas dinero. ¿Sabiendo yo esto me dices que me acueste tranquila?”

Él daba por terminada la conversación sin responderme y se iba a dormir. Yo me quedaba, al ver su reacción, peor de lo que estaba. Algo tenía que hacer, porque así no podía seguir. Pasados unos días, le dije:

─ “Manolo, y si le preguntas a ese cliente que trabaja en Telefónica por si hubiera algo que se pudiera instalar en el bar para que nos podamos comunicar? Ya sea por si me necesitas, o para decirme que te vas a retrasar”.

─ “¿Pues qué va a haber? ─me contestaba─ Instalar otro teléfono, ¡otro gasto más!”

─ “Bueeeno, no lo sabemos. Tu pregúntale”.

Los días pasaban, y él no hacía nada. Por lo que me dije “Iré a Telefónica y preguntaré si existiera algo para solucionar este problema, que no sea la instalación de otro teléfono”, pues ya sabía que esto Manolo no lo iba a permitir. ¡Cuál no fue mi alegría cuando me dijeron que sí había, y además sin apenas coste!

─ “Sólo hay que instalar en el bar un aparatito, conectarlo al teléfono de casa, y ya se pueden comunicar. Otras distancias no las cubre”.

Cuando se lo dije a Manolo le pareció bien. Se hizo la instalación en la cocina para que hubiera privacidad en comunicarnos. Funcionaba de maravilla. Manolo sólo tenía que darle a un botón y sonaba en el teléfono de casa como si fuera una llamada normal. Yo desde la casa, si quería comunicarme con él, sólo tenía que descolgar el teléfono y ya oía el murmullo de la gente que hubiera en el bar. Si tenía que decirle algo, lo llamaba por su nombre. Él me oía perfectamente, pero para escucharme mejor se acercaba al aparato, le decía lo que fuese, al terminar colgaba el teléfono de casa y eso creo recordar que era todo.

Manolo estaba contento de que me hubiera comunicado para conseguirlo, aunque a mí, al igual que siempre, no me lo demostró, y eso que para él fue un alivio…. Par mí no tanto, pues hubo muchas tardes que después de irme a casa me llamaba para que bajara de nuevo porque el bar se le había llenado de gente. Pero bueno, no me quejaba, pues con ese propósito se instaló. Al principio también me llamaba si veía que se iba a retrasar, pero según pasaba el tiempo esas llamadas las fue obviando. Pasada la hora de llegar a casa, si no me había llamado, me levantaba, descolgaba el teléfono, y al oír que aún estaba en el bar “me tranquilizaba”. Sin decirle nada, colgaba de nuevo el teléfono y me iba a la cama sin poderme dormir. Esta comprobación la hice muchas noches. A él no se lo reprochaba, sólo le decía:

─ “Pero Manolo, ¿por qué no me llamas si ves que te vas a retrasar? ¿Para qué hemos instalado el aparato?”

Él se evadía, porque nada me podía contestar que justificara lo evidente, que pude ver con claridad, porque el velo que cubría mis ojos en lo concerniente a él se empezó a desprender. No me llamaba porque no quería, por lo que en todas las noches que continuó sin llamarme no se lo reprochaba, lo cual no quiere decir que lo llevara bien, pero tenía que seguir.

Una noche, sobre las dos de la madrugada, al ver que no había llegado me preocupé. Descolgué el teléfono para comprobar si aún seguía en el bar. Todo estaba en silencio, lo cual quería decir que lo había cerrado. “Bueno” ─me dije─ “estará de camino”. Pasó una hora. Mi preocupación iba en aumento. No sabía lo que hacer. Los hijos dormían, no quise despertarlos e hice lo primero que se me ocurrió. Me puse la bata de estar en casa, bajé al garaje. En ese momento recordé el rumor que días antes se había extendido por el barrio de los varios incidentes que se estaban acometiendo en los garajes. El miedo se apoderó de mí, pero seguí adelante, pidiéndole a Dios Padre que me protegiera. Me subí en mi Siata toda temblorosa. Llegué hasta la puerta del bar. Cuando vi que estaba cerrado ya os podéis hacer una idea de cómo me quedé. Con el corazón encogido hice el camino de regreso a casa, muy despacito, mirando a un lado y a otro por si lo veía. Entré de nuevo al garaje, aparqué mi Siata y me subí para la casa, con la esperanza de que ya habría llegado, pero no fue así. Me senté en el sofá con la intranquilidad de no saber si le habría ocurrido algo. Eran las cuatro de la madrugada cuando llegó. Venía un poco bebido. Para colmo, al verme no se le ocurrió otra cosa que preguntarme:

─ “¿Qué haces todavía levantada?”

─ “¿Y tú? –le pregunté– ¿De dónde vienes?”

─ “Pues del bar ─me contestó─ ¿De dónde voy a venir?”

Como no era la hora ni el momento de decirle nada por el estado en que venía, cuando él se acostó en el sofá me quedé un rato. ¡Qué mal me sentí! Porque el que no me mintiera formaba parte de mi misión.

Al día siguiente él se levantó a la misma hora que de costumbre para abrir el bar. Yo me quedé ordenando la casa. Cuando bajé, aprovechando que estábamos solos, le pregunté de nuevo, por saber si el haberme mentido hubiese sido debido a los vasillos que llevaba de más, pero siguió diciéndome lo mismo, por lo que ya, abiertamente, lo desenmascaré, contándole todo, sin omitir lo mal que lo pasé. Él se quedó mirándome sorprendido, pues que yo hiciera eso no se lo esperaba, pero la verdad de sus tejemanejes nocturnos, ni de los que siguió teniendo, nunca me la dijo.

La relación de mis hermanas, entre ellas, seguía siendo muy superficial, como ya os comenté. Yo tuve claro desde mi regreso de Francia que no quería ser partícipe de esa relación, pero me amoldé con la esperanza de que poco a poco llegara a ser más sincera, tanto en las penas como en las alegrías. Con ese propósito aporté cambios. Nos empezamos a reunir cada cumpleaños de los hijos, que, por cierto, ellos se lo pasaban muy bien, y nosotros poníamos de nuestra parte para que así fuera. ¿Os acordáis cuando en uno de ellos os di la sorpresa de lanzar caramelos al aire? ¡Qué bien os lo pasabais tratando de recogerlos! Os tirabais por el suelo, y como yo no paraba de echar no os daba tiempo a levantaros, por lo que recorríais el suelo de un sitio a otro. Los mayores, contagiados al ver esa lluvia de caramelos, entre risas, también trataban de coger los que podían. Hacia el lugar donde estaba sentada mi querida madre, ya que en Gloria esté, lanzaba de vez en cuando un puñadito, y ella, con esa alegría que la caracterizaba, no paraba de reír al ver que caían sobre ella, levantaba las manos para cogerlos. También aporté que en lugar de esa llamada fría que nos hacíamos para felicitarnos el día de nuestro santo, nos reuniéramos para compartir una merienda, que terminó siendo merienda-cena. Por Noche Buena no os reuníais para comer juntos. Cada familia cenaba en su casa. Lo que sí hacía después de cenar mi querido cuñado Vicente, ya que en Gloria esté, con su familia, previstos de zambomba, pandereta y de toda clase de objetos que hicieran ruido, nos visitaban de casa en casa, cantando villancicos. ¡Dios mío, qué recuerdos! A mi cuñado parece que lo estoy oyendo. Era tan especial… ¡Cómo disfrutaba añadiéndole al villancico alguna frase picaresca, y cómo nos reíamos! Estaba bien, pero se podía mejorar, por lo que os propuse reunirnos todos esa noche en una casa para compartir la cena juntos. Os pareció bien, pero una de las hermanas puso el contratiempo de que sería mucho el trabajo para una sola persona, el tener que preparar comida para todos.

─ “No tiene que ser así ─, les dije─ nos podemos llevar ya cocinado lo que acordemos, para no coincidir en el mismo plato. Lo importante es que la pasemos juntos”.

Así lo estuvimos haciendo algunos años. Nos esmerábamos en poner la mesa con la cubertería mejor que teníamos y diferentes adornos navideños. El año que se celebraba en mi casa lo empezaba a preparar todo tres días antes, porque el día de Noche Buena era de mucha venta en el bar. Ayudando a Manolo me pasaba toda la mañana y parte de la tarde. Agotada y dolorida, cuando llegaba a la casa me tenía que echar aunque fuese un poco, ya que los últimos preparativos para la cena me quedaban por terminar, más la felicidad que sentía cuando ibais llegando, para mí, valía la pena el esfuerzo que hacía. La mesa la tuvimos que ir agrandando, porque dos de mis sobrinos se casaron y continuaron participando con sus esposas (no recuerdo si ya tenían hijos). Pero en una de ellas, que, por cierto, se celebraba en mi casa, uno de ellos nos comunicó que él era el último año que la compartía con nosotros, alegando que ellos ya eran una familia, y por lo mismo, la celebrarían en su casa. Al oírlo me sentí muy triste porque presentí que con esta decisión abría el camino para que otros le siguieran, y así fue. A él le siguió otro sobrino, y al poco tiempo fue una de mis hermanas la que lo dejó, diciendo que era mucho trabajo para ella.

─ “Si es por eso ─le dije─ no te preocupes. Sigue asistiendo, que yo me ocupo de hacer tu parte”.

No pude convencerla. Tampoco me apoyaron mis otras hermanas, y todos volvieron a cenar solos en sus casas. A partir de ese momento, ya nada fue lo mismo, pues todos empezamos a padecer la consecuencia. Mi querido cuñado Vicente dejó de visitarnos con su zambomba. Las hermanas nos seguíamos visitando, celebrábamos el cumpleaños de los hijos más pequeños juntos y el día de nuestro santo.

La Enseñanza revelada 1992

Por mi parte, nunca dejé de ayudar a las personas que me lo pedían, ni de dedicarle un tiempo a leer pasajes de la Biblia. Sus Arcanos seguían abriéndose para mí, cada día más, por lo que me centré aún más en ello. Saqué los apuntes que guardaba, revelados por los Arcanos Mayores del Tarot, y empecé a escribir mi primer libro “La enseñanza revelada: mi encuentro con Jesús a través de la Biblia y del Tarot”, al que le tuve que dedicar mucho tiempo y esfuerzo. No obstante, para compartir con mis hermanas alguna merienda, lo dejaba todo para reunirme, ya fuera en una o en otra de nuestras casas. Y como yo me sentía tan llena, quise compartirlo con ellas. “Pues es positivo”, me dije, “que lo vayan sabiendo por mí”, ya que hasta ese momento, todo lo que sabían era solo por el rumor que les llegaba de unos y otros, desvirtuado, claro está, pues nada tenía que ver con la verdad de lo que estaba descubriendo. Lo que no me esperaba es que ellas ya estuvieran fabulando a mis espaldas, dando crédito a los rumores. Esto lo pude ir comprobando cada vez que nos reuníamos. Recuerdo lo ilusionada que llegaba, con la buena intención de hacerlas partícipes. Esperaba el momento de poder empezar, porque entre ellas siempre tenían un tema de conversación, que era sobre lo mismo, como por ejemplo:

─ “¿Te has enterado de lo que le ha pasado a Fulanita o Menganita?” ─o este otro:

─ “¿No os habéis enterado de lo que me he enterado que está haciendo Fulanita?”

Yo las oía sin participar, pues era algo que no aprobaba, y, por lo mismo, no me sentía bien oyéndolas. Para poder hablar, reclamaba su atención de vez en cuando. Cuando por fin lo conseguía, ellas se miraban en complicidad, y me hacían el vacío para continuar con su tema. ¡Qué duros fueron para mí esos vacíos! Sí, porque fueron muchos. Al ver su comportamiento, me quedaba un ratito oyéndolas en silencio. Como lo pasaba tan mal, terminaba por decirles:

─ “Bueno, yo ya me tengo que ir”.

─ “¿Ya te vas? ─me preguntaban─ Pero si no nos has contado lo que nos ibas a decir”.

─ “Pues será en otro momento ─les contestaba─. Porque ya es mi hora de estar en el bar”.

Cuando llegaba ese “otro encuentro”, pasaba lo mismo. Ellas con su tema, y cuando empezaba a hablar, me hacían el vacío. Mi reacción era la misma. Me quedaba en silencio y llegada mi hora me iba. Menos en una ocasión, que, oyendo cómo juzgaban el comportamiento de una conocida, no pude seguir callada, pues quien calla, otorga, y esto no me lo podía permitir por el bien de ellas, pues ya sabía que, de seguir así, padecerían la consecuencia, por lo que, con decisión, les pregunté:

─ “¿Pero vosotros habéis estado presentes viéndola hacer esto que decís? Y aunque así fuese, no tenéis ningún derecho a juzgarla”.

Ellas se defendían argumentando su juicio hacia esta persona con toda clase de rumores que les habían llegado de otras personas que sí que la habían visto.

─ “¡Ah! Rumores… ─les contesté.

Viendo que ellas no ponían de su parte para llegar a un entendimiento decidí eludir alguna que otra merienda para recibir a las personas que tenía que dejar en espera por reunirme con ellas. Al oír mi negativa me preguntaban:

─ “¿Pero por qué no puedes venir?”

Que les dijera que no iba por atender a la persona que fuese, les molestaba, y estoy segura de que ese día su tema de conversación era sobre mí, basándose en los rumores, ya que no me dieron la oportunidad de explicarme… No obstante, nunca dejé de reunirme con ellas, pero iba con otra disposición, pues desde que hablé, pasé de los vacíos y nunca más callé.