Capítulo 15: Mis problemas de espalda se agudizan

Mi recorrido por los médicos me sirvió para estar más pendiente de mis sensaciones

Rayos

Con este ritmo de vida, aunque yo no lo demostraba ni me quejaba, la verdad es que cada día me sentía peor. Ya ni el calmante que tan generosamente recibía al principio de abrir el bar sólo con tumbarme un poco, me hacía efecto, por lo que decidí contarle a mi médico de cabecera lo mal que me encontraba que, por cierto, también era psicólogo y tenía una consulta en su casa. Con él me pasó algo peculiar, porque cada vez que iba yo le explicaba los motivos por los que acudía a verle. Recuerdo que él se relajaba y me hacía varias preguntas relacionadas con mi persona. Por ejemplo, me preguntaba por mí, por mis padres, mi lugar de nacimiento, si trabajaba y dónde... Resumiendo, que terminaba la consulta sin que me diera solución alguna para lo que yo iba. Por lo que pensé "Este hombre no me hace caso, yo no puedo seguir así”, y, ni corta ni perezosa, me fui a un centro privado y pedí que me hicieran una radiografía de toda la columna, la cual aún conservo, porque me la hicieron en una sola placa, desde las cervicales hasta la zona lumbar.

Ya con ella hecha fui de nuevo a mi médico de cabecera. Cuando llegó mi turno entré. Después de saludarlo, le di la radiografía y él, muy extrañado, me preguntó:

—“¿Esto qué es, Josefina?”

—“Pues, Don Francisco, usted me va a perdonar—le contesté—, pero llevo varias consultas diciéndole los dolores de espalda que tengo, y no me da ninguna solución. Es más, parece ser que usted no me cree... Es por esta razón que me he permitido que me hagan esta radiografía”.

Radiografia

Cuando él la cogió para analizarla, nunca olvidaré la expresión de su cara mientras que lo hacía. Al terminar se dirigió a mí, diciéndome:

—“Pero, Josefina, cómo es posible que en el estado que tienes la columna y con los dolores que estarás padeciendo, cada vez que has venido a mi vengas con la sonrisa y con tan buen aspecto?”

—“Es mi forma de ser —le contesté—. En lo referente a mi aspecto, no creo que tenga que venir un enfermo con cara de pena o desaliñado, para que se nos preste atención”

—“Sí, tienes toda la razón. Perdóname, por favor. Pero es que yo no soy médico de recetar si no es verdaderamente necesario, y esta forma de ser tuya es el motivo de haber actuado así contigo, ya que por mi consulta han pasado muchas personas que, sin tener en el estado en el que tu tienes la columna, vienen quejándose tanto que no tengo más remedio que recetarles calmantes, cada vez más fuertes, lo cual no es beneficioso para ellos... Pero lo tuyo es todo lo contrario, y aunque tu forma de ser es muy positiva, también te puedes estar perjudicando, pues habrá muchas personas que se aprovecharán de ti, cargándote con trabajo que, para la lesión que tienes en tu columna, no debes hacer, y, por lo que me has contado, trabajas demasiado. Tienes que cuidarte más. No te quejes y sigue con tu sonrisa, pues, como tu dices, es tu condición, pero lo que no puedas hacer, no lo hagas”.

A partir de este día él me trataba con mucha consideración. Incluso me dio permiso para llamarle a su casa si lo necesitaba, fuera de la hora de consulta, diciéndome:

—“No te preocupes por la hora que sea. Cuando me necesites, para los niños o por lo que sea, me llamas. Ahora te voy a dar un volante para que te vea un traumatólogo, y ya él, como especialista de huesos, te irá tratando. El día que vayas le llevas esta radiografía porque está muy bien hecha”.

Recuerdo que el primero que me vio, pues me vieron varios, era un señor ya mayor que, a parte de ser un buen traumatólogo, mejor lo era como persona. Conmigo se portó muy bien desde el primer día que lo visité. Me trató con mucho cariño y respeto. Valores que en este tiempo se han perdido en muchos médicos, y deberían recuperarlos. Al ver la radiografía, y leer lo que mi médico de cabecera le escribió sobre mi, no vio necesario el hacerme otras pruebas. Lo que si me hizo fueron varias preguntas, a las que le fui contestando. Cuando consideró que tenía información suficiente, pasó a explicarme lo que me pasaba, diciéndome:

—“Lo que tienes es una escoliosis bastante marcada, posiblemente causada por esta súbita crecida que tuviste en la pubertad, para la que tus huesos no estaban lo suficientemente fuertes. Curarte, no te vas a curar. Hubiera sido posible corregírtela de niña, simplemente con un corsé. Ahora no se puede hacer nada porque los huesos de tu columna ya están formados con esta desviación. No solamente padecerás muchos dolores de espalda, pues con el paso de los años también tendrás problemas digestivos, de circulación de la sangre, en los riñones, y será bueno para ti que no tengas más hijos, de lo contrario, también tu matriz te causará problemas”.

—“Y todo esto —le pregunté—, ¿me pasará por la desviación de mi columna?”

Y él, con mucho cariño y con palabras para que las pudiera comprender, me explicó su función:

—“La columna es el tronco que nos sostiene. De ella salen ramificaciones que nutren nuestros órganos, dotándolos de músculo para que se sostengan. También influyen en la circulación de la sangre. Toda esta ayuda la tenemos con una columna bien formada, y tu, al tener esta desviación tan grande, esta ayuda no la tienes”.

—“Entonces —le dije—, problemas digestivos ya hace tiempo que los tengo... Pero según me dice, para los problemas de mi espalda, no hay solución”

—“Pues, a parte de los calmantes que te voy a recetar, no hay. Pero lo que si tienes que hacer es cuidarte. No cojas peso, y si económicamente te lo puedes permitir, que vaya alguien a limpiarte la casa. Hazlo, porque, hasta barrer te perjudica”.

—“¿Y conducir?” —le pregunté.

—“Sólo paseítos cortos, nada de trayectos largos”.

Salí de la consulta cabizbaja, pensando en todo lo que me había dicho. Cuestionándome a mi misma, me decía “¡Pero si no le he contado ni una parte de todo lo que hago, y me lo ha prohibido! ¿Qué me diría si le dijera la verdad?”. Al momento, pasé de estos pensamientos, diciéndome “Puede que con los calmantes que me ha recetado me sienta mejor...”. Que, por cierto, eran unas inyecciones.

Al día siguiente, plenamente confiada en que algo me beneficiarían, fui para que me pusieran la primera. ¡Qué desagradable, Dios mío! Porque según iba entrando el líquido me producía tanto dolor que tenía la sensación de que me quemaba por dentro. Le pregunté al practicante si era normal lo que sentía.

—“Si —me contestó—, pero será solo los primeros días”.

Bueno, pasaron los días, y me seguían doliendo cada día mas. ¡Me salieron en el trasero unos moratones enormes! Las últimas fueron muy dolorosas porque el practicante no encontraba dónde pinchar que no los hubiese, por lo que tenía que hacerlo sobre ellos.

Terminé todo el tratamiento. En nada me benefició para mis dolores de espalda. Todo lo contrario, pues, para colmo, también empecé a padecer algunas de las contraindicaciones que poseían, y Manolo, que sabía por todo lo que estaba pasando, porque se lo dije, seguía en su línea, o sea, ajeno a todo.

Silencio

A los pocos días de terminar el tratamiento tenía cita con el traumatólogo para contarle cómo me había ido, y me encontré que me habían pasado con otro. Se llamaba don Carlos Guijarro. Además, era cirujano. Esperando mi turno, en la sala de espera me enteré de que era un buen especialista, pero temido por su mal genio. Yo escuchaba lo que unos y otros decían sobre él sin que me afectara. Reclamó mi atención, por lo nerviosa que la vi, una chica muy joven que en ese momento fue llamada para entrar en la consulta. Llevaba a su hijo de un añito más o menos. Tenía las dos piernas escayoladas desde las ingles hasta los pies. Al oir cómo le reñía y verla salir de la consulta llorando, me preocupé. Cuando llegó mi turno entré con cierto temor. Él me miró invitándome a que me sentara. Ya tenía mi historial sobre la mesa. Lo leyó detenidamente. Al terminar me preguntó si había tenido algún alivio con el tratamiento.

— “Ninguno —le contesté—, todo lo contrario”—. Y le expliqué por todo lo que había pasado.

—“No me has traído la radiografía”.

—“Pues no —le contesté—, como no sabía de este cambio”.

—“Bueno, la próxima vez que vengas me la traes— y siguió diciéndome—. No te voy a recetar nada, pues como ya te habrán informado, para lo que tienes no hay cura, solo calmantes, y por lo que me dices, no te han beneficiado ni te han aliviado tus dolores. Te voy a dar un volante para que te den unas sesiones de onda corta. Espero que te alivien algo”.

—“Pues si —le contesté—, porque yo así no puedo seguir”.

Él me miró y en su mirada vi compasión, y me preguntó:

—“Tienes muchos dolores, ¿verdad?”

No pude contestarle, pero mis ojos empañados en lágrimas le dieron la respuesta. Terminada la consulta fui a pedir cita para este nuevo tratamiento. En espera, continué con mis tareas, sin que nadie de mi familia se preocupara por mi. Empecé estas sesiones ilusionada. Los días que iba me ocupaba media mañana. El camino de regreso a la casa me suponía un gran esfuerzo. Llegaba dolorida, agotada, por lo que parte de mis tareas quedaban sin hacer. Solo hacía lo imprescindible. Mi cuerpo me reclamaba descanso. En ese momento recordé el calmante que tan generosamente recibía solo con tumbarme e hice lo mismo. No fue tan efectivo como lo fue en su momento, más no por ello, frustrada, dejé de hacerlo. Todo lo contrario, recuperé mi fe en él, ya que comprendí que directa o indirectamente, yo había permitido llegar a este deterioro haciendo lo que sabía que no podía hacer. Con la lección aprendida, ahora era yo la que, poco a poco, tenía que ir rectificando. No obstante, vi necesario continuar con el nuevo tratamiento hasta el final, con el cual, a parte de recibir un agradable calor, mis dolores de espalda continuaron.

Las visitas a la consulta del traumatólogo las seguía teniendo. En una de ellas me encontré que había un suplente. Era joven. Al preguntarle por Don Carlos, me informó que estaría de baja por un tiempo. A continuación, me dijo:

—“He leído su historial, y por lo que he visto, nunca le han recetado que se ponga un corsé. ¿Le han explicado algo al respecto?”

—“Pues si —le contesté—, todos los especialistas que me han visto han descartado el que me lo ponga con mis huesos ya formados”.

Y él, sin más explicación, me dio un volante diciéndome:

—“Vaya a la consulta de enfermería para que le den cita porque se lo va a poner, y se lo tienen que hacer a medida”.

Al salir de la consulta me asaltaron las dudas, repitiéndome, “¡Qué raro! Si todos los que me han visto me lo han desaconsejado”. Finalmente, como me encontraba tan mal, terminé diciéndome “Nada pierdo con probar, puede que me beneficie... Solo es un corsé…”.

Si, si,… un corsé… ¡Pero lo que no sabía es que iba a ser de escayola! ¡Esta fue mi gran sorpresa el día que fui para que me tomaran las medidas!

Como siempre, iba sola. Entré en la consulta. Una auxiliar me pasó a un apartado detrás de una cortina y me dijo:

—“Desnúdese. El sujetador y la braguita se las puede dejar”.

Así lo hice. A continuación entró el enfermero con una mezcla en un recipiente y empezó a ponérmela alrededor de mi cuerpo. Al terminar me dijo:

—“Ahora quédese de pie, sin moverse. Notará que según se va secando le oprimirá un poco. No se asuste que es normal”.

—Él entraba de vez en cuando para comprobarlo. Cuando vio que ya estaba en su punto, procedió a quitármelo. Entró la auxiliar y me ayudó a limpiar los restos de escayola que habían quedado en mi cuerpo. Al terminar me dijo:

—“Ya se puede vestir”.

Cuando salí me dieron cita para el día que tenía que ir a recogerlo. Temiendo que llegara ese día, y esperanzada al mismo tiempo, lo pasé muy mal… y ese día llegó. Nuevamente me pasaron detrás de la cortina, diciéndome que me desnudara. Entró el mismo enfermero con el corsé terminado que a mi me pareció una armadura. Vi que tenía una apertura con tres correas muy finitas en cada lado. Las de un lado eran portadoras de una hebilla y las del otro tenían diferentes agujeritos. Procedió a ponérmelo. Al mismo tiempo me iba explicando cómo me lo tendría que poner yo cada mañana, ya que para dormir me lo podía quitar. El corsé se le escapaba de las manos moviéndose de un lado a otro, o se bajaba hacia mis pies.. ¡Era como si tuviera vida propia! Y la señal que me estaba dando para que no me lo pusiera… Pero yo, aunque por un instante tuve el impulso de negarme, allí me quedé, porque una vez más, fui fiel a mis principios de no abandonar lo que empezara ante el primer obstáculo que se presentara. Mas cuando vi que tuvo que llamar a la auxiliar para que le ayudara pensé "¡Madre mía! Ya empiezan mis temores a manifestarse… porque, a mi… ¿quién me va a ayudar?". Y, sin darle mayor importancia, me centré en ver cómo lo ajustaban a mi cuerpo con cada una de las correas. Terminada la operación, me preguntó:

—“¿Está bien? No le aprieta demasiado?”

Y yo, que aún me encontraba bajo los efectos del shock que me causó desde que empezó a ponérmelo, le contesté:

—“Si, si…, por ahora estoy bien”.

—“Pues recuerde, así le tiene que quedar cuando usted se lo ponga. Ya se puede vestir”.

Empecé a vestirme y los filos del corsé, en cada movimiento, se me clavaban en los costados. A pesar de ello, lo conseguí. Mas cuando fui a agacharme para coger los zapatos me fue imposible. Por mucho que lo intenté con diferentes contorsionismos, no pude. La auxiliar, viendo que tardaba en salir, entró. Yo la miré y le dije:

—“Con dificultad he conseguido vestirme, pero, calzarme los zapatos, no puedo”.

—“No se preocupe —me contestó, al mismo tiempo que me ayudaba a ponérmelos—. En pocos días, encontrará la forma de hacerlo. Mientras tanto, algún familiar tendrá que le ayude”.

—“Pues si” —le contesté.

Más de regreso a la casa, pensé “Pues ese es el problema, que familia si tengo…, pero con nadie puedo contar para que me ayude...”.

A Manolo le iba informando de todos los tratamientos por los que pasé y del mal que me causaron algunos, pero él seguía en su línea, ni un día se brindó para acompañarme. Tampoco me dijo "No vayas al bar, quédate en la casa". Y otra familia que me pudiera ayudar, estaban mis hermanas, pero la relación entre nosotras seguía siendo muy superficial... Además, por aquél tiempo yo ya no vivía en el mismo bloque de la hermana a la que de vez en cuando recurría para que mis niños no estuvieran mucho tiempo solos cuando tenía que llevar a Manolo para hacer esos tratos interminables (a la que siempre le estaré muy agradecida). Pero este no era el problema, porque todas vivíamos a poca distancia. El verdadero problema estaba entre nosotras. Nuestra comunicación llegó a ser poca o nula, a lo que yo, durante mucho tiempo, creía que sería debido al tiempo que había vivido en Francia sin tener contacto con ellas. Y sí que influyó, pero mientras que para mi y, a pesar de todas las experiencias que viví, fue muy positivo porque pasé a un estado de conciencia mucho más elevado que el que tenía, sin embargo, a ellas mi estado les producía un efecto rebote que las distanciaba más de mi, pues, sin ser yo plenamente consciente, en nuestra relación de alguna manera les manifestaba mi desacuerdo respecto a alguno de sus actos, lo cual les molestaba. Más dejemos aquí esta parte de mi vida con mis hermanas, porque lo más fuerte de todo lo que me harían padecer estaba por venir.

Al llegar a la casa la tristeza me invadió. Empecé a hacer la comida porque pronto llegarían los niños, que ya no lo eran tanto, ya que mi hija tenía once años y mi hijo, nueve. Cada movimiento que hacía, por mínimo que fuese, para mí era una tortura. En espera de que llegaran, decidí tumbarme un ratito, pero no lo conseguí porque el dichoso corsé me lo impedía. Pensé en quitármelo. Enseguida deseché este pensamiento. Al mismo tiempo, me reprimí a mi misma, diciéndome "¿Ya vas a abandonar? Donde está tu espíritu de lucha?", por lo que decidí darme un tiempo, y para comprobar por mi misma si iba a ser beneficioso, ideé la forma de ponérmelo cada mañana. Como agacharme con él puesto no podía, lo que hacía si tenía que salir a las compras era ponerme los zapatos primero. Si, porque seguía haciendo mis tareas, lo más imprescindible, incluidas las tapas para el bar, que, por cierto, ya podía pasar al interior sin tener que agacharme porque a este problema se le había dado solución. Lo que no podía era quedarme, ya que el llevar puesto el corsé me limitaba muchísimo. Los pasos que daba tenía que medirlos. Si se me caía algo no podía recogerlo. Conseguí sentarme, pero poco tiempo podía aguantar, porque los filos del corsé se me clavaban y al levantarme, todavía más. Para tener algún alivio me protegía la piel, que ya empezó a enrojecerse, con gasas, las mismas que al moverse, se desplazaban.

Dos semanas lo llevé puesto, siendo fiel a mis principios. Afortunadamente y gracias a las heridas que me vi en los costados, di por finalizado el tener que seguir poniéndomelo. “Tendré que informar al médico”, me dije, y pensé “¿Estará pasando consulta Don Carlos?”. Llamé para informarme. ¡Cuando me dijeron que si vi el cielo abierto!

Al día siguiente, sin haber pedido cita, a su consulta me fui. En la puerta esperé a que terminara con el paciente que estaba visitando y cuando abrió la puerta para salir, con cierto temor por si se enfadaba, asomé la cabeza para que me viera, y cuál no fue mi sorpresa cuando le oí decir:

—“Pasa, pasa”.

Después de saludarlo le dije:

—“Le pido disculpas Don Carlos por venir sin haber pedido cita, pero es que me encuentro muy mal”.

—“Pero, ¿qué es lo que te pasa?” —me preguntó.

Empecé a contarle la historia del corsé. Él, cuando terminé, su reacción fue sorprendente, porque se levantó y vino hacia mí preguntándome:

—“¿Pero de qué corsé me hablas? Descúbrete que te lo vea”.

Al vérmelo, él mismo empezó a quitármelo y lo tiró a un lado de la consulta. Al mismo tiempo, en un tono de voz elevado, me preguntaba:

—“¿Pero quién es el animal que te lo ha recetado? Y tu, ¿por qué te lo has puesto?”

Yo rompí a llorar.

—“No llores. Esto no va a quedar así. Ya me informaré. Cuando salgas ve a la enfermería que te curen estas heridas y para la próxima consulta que tu marido venga contigo que quiero conocerlo y hablar con él”.

Cuando me vieron salir de la consulta con los ojos enrojecidos, los pacientes que esperaban me miraban con caras de circunstancias. No se lo que pensarían, mas con la fama de mal genio que tenía Don Carlos, temerían su turno de entrar.

Sin embargo, de camino hacia la casa, me sentí liberada y no solo por el hecho de no llevar puesto el corsé… Sentí que lo estaba porque las respuestas a las preguntas que me iba haciendo dirigidas a Dios Padre fueron reveladoras. Y La primera que me hice fue:

—“Padre, ¿por qué he tenido que pasar esta tortura habiendo sido informada por los médicos que Tu pusiste en mi camino, y todos me lo desaconsejaron? También he omitido las señales que ese mismo día que me estaban poniendo el corsé me diste, informándome sobre lo mismo.

La respuesta que recibí fue ésta:

“¿Por qué me haces esas preguntas? Es que tu no lo sabes?”

—“Si, Padre. Creo que ha sido por ser fiel a mis principios”.

En ese mismo instante, la sensación de plenitud que yo conocía muy bien, me invadió, y, radiante de felicidad seguí caminando hacia la casa, porque comprendí que el haber pasado por ello me permitió subir otro peldaño en mi estado de evolución, para seguir cumpliendo, en su justa medida, con mi misión. A partir de esta experiencia, para no pecar de omisión, seguí siendo fiel a mis principios, pero sabiendo para quién y por qué lo era, y hasta dónde podía llegar.

El día que teníamos la cita con Don Carlos, en el camino, Manolo me preguntó:

—“¿Para qué te ha dicho que yo venga?”

—“No lo se —le contesté—, solo me dijo que quería conocerte”.

Ya en la consulta Don Carlos nos recibió de buen talante. Le presenté a Manolo y él lo saludó diciéndole:

—“¡Hombre, me alegro de conocerlo! Se preguntará el motivo por el que lo he citado”.

—“Pues sí” —le contestó. Y Don Carlos continuó diciéndole:

—“Pues como nunca la ha acompañado a las consultas, quería informarle personalmente de que, como tiene su columna, la tiene que cuidar un poco, ya que por lo que me ha contado, tienen un bar, que lo llevan los dos, pero es ella la que se ocupa de las tareas de la casa y la que conduce. ¿No serán grandes trayectos, verdad?”

Manolo, un poco avergonzado, callaba sin saber lo que contestarle. Recuerdo que Don Carlos me miraba y lo miraba a él. Se dio cuenta que era mucho lo que nos separaba. Muy inteligente por su parte, optó por no seguir haciéndole más preguntas y pasó a decirle lo que me beneficiaría: que pasara temporadas en zona de costa, que nadara en el mar, y que tomara el sol, etc. Dirigiéndose a mi, me dijo:

—“Bueno, por mi parte, nada más puedo hacer. A tu médico de cabecera le vas informando y si él ve conveniente de que vengas a mi, te lo dirá. Cuando vayas le das este informe”.

Nos despedimos de él, le di las gracias por todo. Al despedirse de Manolo, le dijo:

—“Recuerda lo que te he dicho que le va bien a tu mujer”.

—“Por eso no se preocupe, que lo tendré en cuenta. De hecho, todos los veranos se va con los hijos”.

—“¡Estupendo! —le dijo Don Carlos, y a mi me insistió —Los baños en el mar, no los dejes”.

Yo, sin mucho entusiasmo, le contesté:

—“No, no los dejaré”.

A lo que él, dándose cuenta, me dijo:

—“Me da la impresión que no lo dices con alegría”.

Tenia toda la razón, más no podía contarle el motivo porque la verdad era que desde que nos instalamos en España, mi vida cambió tanto que ni los baños en el mar los disfrutaba como antaño.

El piso de Almuñécar conseguimos venderlo, pero allí alquilamos uno para pasar las vacaciones, los hijos y yo, porque Manolo nunca consintió cerrar el bar para venirse. Él solo se iba los fines de semana. Eso sí, siempre colaboró para que nosotros nos fuésemos, más como comprenderéis, no me iba tranquila, y así se lo transmitía, preguntándole:

—“Pero, ¿por qué no cierras por lo menos un mes? Tu también lo necesitas, y, gracias a Dios, económicamente nos lo podemos permitir. Además, ¿cómo te las vas a arreglar tu aquí solo?”

Él siempre me contestaba:

—“Tu por eso no te preocupes, que yo se cuidarme. Lo he hecho muchos años antes de casarnos”.

—“Pero no es lo mismo… —le decía—Ahora tienes el bar...”.

Él callaba. Era su modo de zanjar el tema de lo que se estuviera hablando. Finalmente, e insistiéndole mucho, accedió para que a una hermana mía, pagándole, fuera todas las tardes para hacer las tapas.

Así pasaba mi vida. El ritmo de trabajo, a pesar de las recomendaciones médicas, seguía siendo el mismo, incluida la mudanza a otro piso, éste, más próximo al bar, en la que, como en todas las que hice, era yo la que se ocupaba de todo. El motivo de seguir haciéndolo, sabiendo que no podía, era para darle la oportunidad a Manolo de que, voluntariamente, saliera de él pagar a una empresa de mudanza, ya que si lo hacía sería dar el primer paso hacia su evolución.

En lo concerniente a mi, la experiencia vivida en mi recorrido por los médicos, aunque fue dura, me sirvió para estar más pendiente de mis sensaciones. Me tomaba mi tiempo para recibir mi calmante. La inquietud por comprender lo que sentía para hacer lo correcto, aumentó. Más era mucho lo que sentía, necesitaba tiempo, algo tenía que dejar de lo que estaba haciendo. Recordé, emocionada, las bendiciones recibidas desde mi llegada a Francia, y las recibidas después de casada. Con tristeza, reconocí que Manolo seguía sin haberlas considerado, por lo que, detenidamente, reconsideré la decisión que tomó de regresar a España, sin pensar en las consecuencias que todos tendríamos que padecer. Aún así, ahí me mantuve, ayudándole.

Pero el tiempo pasaba, y él nunca estaba satisfecho, siempre quería más. Fue en ese momento que percibí con claridad a quién le tenía que dedicar menos tiempo. No obstante, sentí que en esta nueva andadura, a Manolo no lo podía dejar sin darle la oportunidad de que la viviera junto a mí, con la esperanza de que su mente se abriera a otras cosas que no fueran solo trabajo, por lo que le propuse entrar a formar parte, con un grupo de matrimonios que, una vez al mes, y con la presencia de un sacerdote, nos reuníamos para hablar de nuestras desavenencias conyugales. También nos teníamos que llevar los deberes hechos, que consistían en leer, el matrimonio, juntos, pasajes de la Biblia, escribir en un folio lo que habíamos comprendido, y el día de la reunión, lo compartíamos, leyendo cada matrimonio el suyo.