Capítulo 14: Mis aventuras por los caminos de la Alpujarra...

...en busca de un buen vino para la taberna

Coche

Haciendo estas pequeñas demandas y otras a pueblos cercanos a Granada pasé un tiempo en mi 850, que Manolo decidió comprar de segunda mano hasta que me hiciera con la conducción y así evitarle a un coche nuevo los posibles roces. Cuando me dio su aprobado fuimos a comprar uno nuevo, que él ya había decidido. Sería una furgoneta Ebro Siata. De camino al concesionario fue cuando me lo dijo:

─ “Es lo mejor, por su amplitud. Así cuando vayamos a comprar jamones o vino…”

Yo lo vi razonable. Al llegar y verla me pareció enorme. El vendedor que nos atendía, cuando vio la expresión de mi cara, me dijo, para animarme:

─ “¡Es fácil de conducir!”.

Y me invitó a ponerme en el volante para que viera la visualización que tenía. Me subí, y sí que se veía todo muy bien, “pero para conducirla no me veo” ─pensé─, y así se lo comenté al vendedor:

─ “¿Cómo que no? ─me contestó– ¡Pero si es muy fácil de llevar!”

Se subió el hombre a mi lado, le dijo a Manolo que se subiera detrás, y se dirigió a mi diciéndome:

─ “¡Venga, póngala en marcha, que vamos a dar una vuelta para que lo compruebe!”.

Después de varios intentos para arrancarla, por lo nerviosa que estaba, el vendedor me decía:

─ “Usted tranquila…” ─y Manolo repetía:

─ “¡Claro mujer! Tu tranquila!”

─ “¡Que esté tranquila! ¡Aquí te quisiera yo ver!”

Y una vez más, sin saber cómo pasó, me vi conduciendo la Siata en la calle que más coches circulaban de Granada, como si lo hubiera estado haciendo toda la vida. Yo creo que entre las dos, en ese momento, hubo química. Sólo tenía un defectillo que tuve que soportar. Era el ruido ensordecedor que hacía el motor al salir en carretera. También a mí ella me tuvo que soportar bastante alterada con Manolo cuando mi cansancio llegaba a su extremo, debido a las situaciones por las que él nos hacía pasar.

Ebro siata

Aun así, nunca nos dejó tirados en ninguna de ellas. ¡Y eso que Manolo nos metía por unos carriles sin asfaltar hasta llegar al cortijo que él decía que conocía bien! Cuando yo desde la carretera veía la pendiente por la que teníamos que bajar para llegar a él le preguntaba:

─ “¿Estás seguro que es por aquí?”

─ “¡Que sí, mujer! ─me contestaba─. Tu empieza a bajar despacio”.

Y yo, confiada en que él decía conocerlo bien, con cierto temor, empezaba a bajar. ¡Pero no, no lo conocía! Lo peor de todo era que él en este viaje, al igual que en otros de los muchos que hicimos, descubría que se había equivocado en mitad del carril, o después de haber llegado. Pues si se daba cuenta de su equivocación en mitad del carril, me decía:

─ “Parece que me he equivocado…”

─ “¿Y ahora qué? ─le preguntaba yo. Y él, con toda tranquilidad me contestaba:

─ “No pasa nada, tu sigue, y en el primer anchurón que encontremos damos la vuelta para salir de nuevo a la carretera”.

¡Ya está! ¡Y seguía tan tranquilo! Pero yo, cuando llegábamos a ese “anchurón”, como él le llamaba, me las veía y me las deseaba maniobrando con la Siata hacia atrás y hacia delante para poderme cuadrar sin tener ningún percance. Finalizada la maniobra terminaba sudando y empezaba a subir el carril para salir de nuevo a la carretera, con el temor de que se me calara en alguna de las pendientes… Al llegar de nuevo a la carretera respiraba con alivio, y seguía por ella conduciendo a la espera de que Manolo encontrara el carril que nos llevaría a ese cortijo al que íbamos. Cuando él creía que estábamos acercándonos, me decía de ir despacio para que lo pudiera reconocer. Por mi parte, todos los veía iguales… En uno de ellos me dijo:

─ “¡Para! Creo que es este el que tenemos que tomar” ─lo cual quería decir que tampoco estaba seguro. Me paré y le pregunté:

─ “¿Estás seguro?” ─él se bajó para asegurarse mejor. Se subió de nuevo diciéndome:

─ “Si, es éste el que tenemos que tomar. Ya he visto el cortijo al fondo”.

Albondón

Empecé a bajar el carril despacito por lo escabroso del terreno, que, además, estaba lleno de curvas. Algunas veces, por el mismo carril subía otro coche. Uno de los dos se tenía que parar para darle paso al otro… Sin ningún problema, el primero que encontraba el espacio suficiente, se detenía para darle paso al otro, y ya podíamos continuar hasta el próximo encuentro. Yo, cansada, viendo que la llegada al cortijo se alargaba, le preguntaba a Manolo:

─ “¿Tú estás seguro que no te has equivocado de carril?”

─ “No, mujer ─me contestaba–. Ya falta poco. Cuando salgamos de las curvas lo verás”.

Su contestación no me tranquilizaba, pues en más de una ocasión era al llegar cuando se daba cuenta de que se había equivocado. Afortunadamente, esta vez no fue así, y al salir de una curva me dijo:

─ “¡Aquél que se ve allí es!”

Uvas

Me paré a la entrada. Un hombre salió a recibirnos. Era el dueño. Manolo se bajó y caminó hacia él. Yo tardé en bajar un poquito porque los huesos de mi columna estaban descolocados. Ya en el suelo, me costó enderezarme. Cuando, poco a poco, lo conseguí, avancé hacia ellos. Manolo me presentó. Los dejé que hablaran y empecé a dar unos pasos. Miré hacia el cortijo y vi que una mujer desde una ventana, me observaba. Al verse sorprendida se apartó rápidamente. Volví donde dejé a Manolo y vi que habían llegado vecinos del que iba a vender el vino para apoyarle en el trato.

Era medio día. Caía un sol de justicia. El dueño del cortijo me señaló una parte donde no daba el sol para que aparcara allí la furgoneta. Así lo hice. Ellos enseguida empezaron a probar el vino. Primero empezaron con el de la cosecha del año anterior y a continuación, con el de la nueva. El dueño del cortijo sacó un plato con jamón para acompañarlo. A mí las horas se me hacían interminables, pues no sabía dónde ponerme, ya que, si me quedaba en el interior de la furgoneta, el calor era insoportable, y si me salía con ellos, tenía que defenderme de los picotazos de las moscas que habían acudido en cantidad al olor del jamón.

Chatos de vino y jamón

Ellos, entre vasillo de vino, hablaban y hablaban, tratando de llegar a un acuerdo. Los veía contentos, pues para los lugareños, estos tratos eran un acontecimiento, ya que muchas visitas no tendrían, y para Manolo, otro tanto, pues siempre disfrutaba haciéndolos. De hecho, siempre que se enteraba de que alguien vendía alguna finca o vivienda, hacía de mediador junto a dos amigos que se dedicaban a ello. Conseguida la venta, las ganancias se las repartían.

Las horas pasaban. Yo miraba a Manolo con la esperanza de que se diera cuenta de mi cansancio, más él no se daba por enterado. Al pensar en la pendiente que había bajado y que tendría que subir empecé a inquietarme, porque recordé lo mal que lo pasé en otra ocasión. Ese día venían los niños con nosotros. Era invierno. Días antes había llovido. El caso es que llegada la hora de la subida la furgoneta se me paró en mitad de la pendiente. Eché el freno de mano y la puse en punto muerto. Hice varios intentos para ponerla en marcha pero las ruedas patinaban, y otra vez se paraba. Yo veía que, en cada intento por arrancarla, se iba hacia atrás rápidamente. Echaba el freno de mano para detenerla, pues de seguir hacia atrás íbamos derechos hacia el precipicio, ¡y mis niños en el asiento de atrás! ¡Qué mal lo pasé! Más, por lo que recuerdo, fui yo la única que lo pasó mal, pues Manolo y los niños estaban tranquilos. Pedí ayuda desde mi interior diciendo “¿Qué hago Dios mío, para salir de esta situación? ¡Ayúdame!”. Al momento, recordé lo que un día me dijo un cliente del bar que tenía que hacer cuando me encontrara en una situación así. “¡Vamos allá!”, me dije. Hice todo tal y como él me dijo, giré la llave para arrancarla y… ¡milagro! ¡Mi Siata se puso en marcha sin parar hasta llegar a la carretera!

Con este recuerdo me tranquilicé un poco diciéndome “Además, en esta ocasión, no me pasará lo mismo, porque es verano, y el carril no estará mojado…”. Presté atención a los hombres para cerciorarme de cómo iba el trato. Por lo que oí me pareció que por fin habían llegado a un acuerdo. Manolo estaba contento, lo cual quería decir que el trato le fue favorable.

Últimos vasillos

Eran las cinco de la tarde. Mi cansancio iba en aumento. Después de tantas horas con el estómago vacío tenía necesidad de tomar algún alimento. Empezamos a despedirnos, me subí a la furgoneta esperando a que Manolo subiera…. ¡Pues no subió, porque todavía les quedaba el último vasillo de despedida! A ese le siguió otro, y otro… En definitiva, que me tuve que bajar otra vez y me puse a caminar alrededor del cortijo. Ya estaba oscureciendo, por lo que me acerqué a Manolo y le dije:

─ “Deberíamos irnos para no llegar muy tarde... por los niños…”.

─ “Si, ya nos vamos” ─me contestó. De nuevo nos despedimos, me subí a la furgoneta y, temiendo que pasara otra vez lo mismo, con decisión, la puse en marcha. En espera de que él se subiera la dejé arrancada en punto muerto. Ellos por el efecto de los vinillos, estaban muy contentos. Como la furgoneta seguía en marcha, les oí decir:

─ “¡Parece que la señora tiene prisa!”

Cuando por fin nos fuimos ya era de noche. Yo, algo alterada por la tensión acumulada, le reproché a Manolo que se hubiera entretenido tanto:

─ “¡Tú sabes que no me gusta conducir de noche!”

─”Yaaa…, pero es que los tratos son así…”.

─ “Serán así ─le dije─, pero esos últimos vasillos después de haber cerrado el trato podías haberlos evitado. ¿Tengo razón?” –le pregunté.

Él callaba, lo cual me alteraba más, por lo que decidí centrarme en la carretera para llegar lo más pronto posible. En momentos como aquél, ¡hasta el ruido ensordecedor del motor de mi Siata se tornaba en música celestial para mis oídos!

Ya en casa subí al piso de mi hermana para recoger a los niños. Si no habían cenado, lo hacían, pues siempre dejaba algo preparado. Manolo también comió con apetito. Al terminar, sin decir palabra alguna, se fue a la cama. Yo me senté un poquito en la mesa con los niños en espera de que terminaran su cena. Mientras comían les pregunté cómo habían pasado el día, si el menú del colegio les había gustado, etc. Ellos me iban respondiendo con detalle a todo, contándome algunas anécdotas graciosas que en el día habían tenido. Cuando terminaron les dije:

─ “Se está haciendo tarde. Prepararos para iros a la cama. Después voy para daros un beso y arroparos”.

Al quedar sola, me vine abajo. Aunque no había comido nada desde el desayuno, ya tan tarde no podía hacerlo. Además, el estómago me empezó a doler a media tarde y me seguía doliendo. Me senté a ver la televisión. Cuando el sueño me venció, me preparé para ir a la cama, sabiendo que con los ronquidos de Manolo no podría conciliar el sueño, pero por lo menos, reposaría mi espalda…

Las horas iban pasando, y yo sin poderme dormir. Toqué un poco a Manolo para que se pusiera de lado, pues me di cuenta de que en esta posición no roncaba. Él se volvía renegando. Normal, no es agradable que te despierten… Por lo que si no dormía por el tiempo en que se mantenía de lado, que era poco, me preparaba a pasar la noche como podía, pues despertarlo otra vez para que se pusiera de lado no lo iba a hacer. Lo que si hice con el tiempo fue tomar decisiones para solucionar este problema, por el bien de todos.

Al día siguiente él se levantaba como una rosa. Yo, en cambio, con todos mis huesos doloridos, sin haber podido dormir, me tenía que esforzar cada día más para hacer mis tareas cotidianas, más no por ello las dejaba sin hacer. Aún no me había recuperado, cuando una tarde Manolo me dijo:

─ “Mañana llega el camión con el vino. Te tienes que bajar al bar temprano para ayudarme, pues yo tengo que estar pendiente de que se haga el traslado correctamente”.

Al día siguiente, después de preparar a los niños para ir al colegio, me bajé al bar. Un camión estaba aparcado en la puerta. Al entrar vi un pequeño motorcillo. Una goma gruesa salía del camión y atravesaba el bar pasando por encima de la barra hasta llegar a las tinajas. El chófer, dentro del camión, sujetaba una punta de la goma, que estaba introducida en uno de los bidones por el que salía el vino, que llegaba a las tinajas por la otra punta, que Manolo, subido en una escalera, sujetaba. Todo este trasiego era nuevo para mí, y lo vivía con interés, haciendo todo lo que él, que era un experto, me decía. En un momento dado, oí que el chófer le decía a Manolo:

─ “El traslado está hecho”.

Y él, sin bajarse de la escalera, me llamó diciéndome:

─ “Súbete para sujetar la goma, que yo voy a comprobar si es verdad”.

Estando él todavía subido, yo lo hice con mucha dificultad. Cuando lo conseguí, sujeté la goma. Él se bajó, fue hacia el camión, se subió a él de un salto y empezó a zarandear uno de los bidones. Era su modo de comprobar que no les quedaba ningún vino. El chófer, extrañado, lo miraba, más no dijo nada. ¡Dios mío, qué vergüenza ajena pasé! Finalizada su comprobación, se cruzó con la mirada del chófer que, sin decir nada, paró el motorcillo, empezó a recoger la goma, la enrolló y lo guardó todo en el camión. Entró en el bar en espera de que se le pagara. Cuando el hombre se fue, le pregunté a Manolo:

─ “¿Tú crees que esa comprobación era necesaria?”

─ “¡Pues claro que sí! –me contestó–. Más de una vez cuando ayudaba a mi padre se quedaban en los bidones que nos traían el vino una buena cantidad, hasta que nos dimos cuenta ─y continuó diciéndome─. ¡Tú eres muy confiada, y de la gente no te puedes fiar!”.

Yo me callé, porque me decía la verdad. Sí que lo era, y lo sigo siendo. Mucho es lo que he padecido por ello, más en este presente, que he sido informada de mi misión en esta vida, no podía ser de otra manera. Lo mismo que no puedo evitar sentir compasión por las personas que, conociéndome, han abusado de la confianza que he depositado en ellos, pues sé que la vida les pasará factura con intereses.

Tinajas de vino

Esa mañana, con el traslado del vino, pasó rápida. Los clientes empezarían a llegar, por lo que me puse a hacer las tapas. Manolo estaba contento y ansioso de que sus clientes probaran su nuevo vino. Yo también estaba contenta, ¡pero porque tardaría un tiempo sin ir a pasar el mal trago de otro trato! ¡Pues poco me duró! Ya que al poco tiempo de estar sirviendo el vino, Manolo se dio cuenta de que se estaba agriando, cada día más… Los clientes empezaron a darle quejas. Me comunicaba lo que estaba pasando.

─ “¿Y por qué puede ser?” –le pregunté preocupada.

─ “Tiene que ser por las tinajas. Hay que sacarlo lo más pronto posible de ellas, y por lo menos, el vino de una lo podremos seguir sirviendo. Pero el de la otra ya se tiene que vender como vinagre”.

¿Vosotros os podéis hacer una idea de cómo me quedé? ¡Pues fue peor aún de la idea que os hagáis!

─ “¿Y dónde lo vamos a echar cuando las vaciemos?” –le pregunté.

─ “En garrafas, que hay que comprar”.

Ya sabéis quién tuvo que ir a comprarlas a toda prisa… ¡Servidora! Allá que fui donde Manolo me dijo con mi Siata y volví con ella cargada de garrafas. Los dos nos pusimos a sacarlas de la furgoneta y dejamos para el día siguiente la operación del vaciado.

Manolo se bajó temprano. En espera de que yo llegara empezó a sacar las garrafas a la puerta del bar porque antes de llenarlas del vino había que enjuagarlas. Yo ya vislumbraba que esto no iba a ser fácil, porque no sabíamos cómo hacer para hacer llegar el agua a ellas sin que nos llevara mucho tiempo. Por lo que le propuse la idea que tuve:

─ “¿Y si metemos una goma en el grifo que llegue hasta las garrafas, se les va echando el agua que necesiten y una vez enjuagadas, se vacían en las alcantarillas, que están a dos pasos?”

A él le pareció bien. Allá que servidora fue a comprar la goma. Cuando regresé con ella la pusimos en el grifo. Ya colocada, él se salió a la puerta y, con la punta de la goma en la mano, esperaba que llegara el agua. Abrí el grifo, más con la presión del agua la goma se soltó de él, y Manolo esperando que llegara el agua, preguntó:

─ “¿Qué ha pasado, que no llega?”

─ “Pues que no ha aguantado la presión y se ha soltado ─le contesté–. Espera, que la voy a meter de nuevo y la sujeto con la mano”.

Abrí de nuevo el grifo y el agua salía por todas partes. Bajaba por mi brazo, me salpicó a la cara, al pecho, menos por la goma… Yo, debido a la impresión del agua que salpicó, tardé un poco en cerrar el grifo. Manolo, que me miraba desde la puerta con su goma cogida esperando, me preguntó:

─ “¿Qué pasa ahora?”

─ “Pues que esto tampoco ha funcionado ─le contesté ─. ¡Mira como me he puesto de agua!”

¡Qué cuadro, Dios mío! Ahora que lo estoy recordando me causa risa. Vino Manolo hacia mí y me dijo:

─ “Si es que le teníamos que haber puesto una arandela para que se sujetara al grifo”.

─ “¡Ah! ─le contesté─. ¿Y ahora me lo dices? ¡Pues ya puedes ir a comprarla porque yo mojada como estoy no pienso ir!”

Él, sin decir nada, salió para comprarla. Cuando llegó, me dijo:

─ “Menos mal que el hombre se acordaba del ancho de la goma para darme la adecuada…”.

Procedimos de nuevo la instalación, ya con su arandela, que una vez puesta y metida la goma en el grifo para asegurarnos de que no se soltara, con unas tenacillas sujetamos bien la arandela. Abrimos el grifo. Al ver que seguía perdiendo un poco de agua, me dijo Manolo:

─ “Será mejor que tú te quedes aquí sujetándola, que yo las enjuago”.

No sin preocupación por si me pasaba lo mismo, sujetándola me quedé. Afortunadamente la goma esta vez no se soltó y pudo enjuagar todas las garrafas. Eso fue lo único que se pudo hacer esa mañana, porque los clientes empezaron a llegar, por lo que el vaciado de las tinajas quedó para el día siguiente.

Garrafas de vino

Cuando bajé al bar Manolo ya tenía las garrafas ordenadas. Yo, sin la más mínima idea de lo que se tenía que hacer, me dispuse para ayudarle en todo lo que me dijera, pues él era el entendido. Más no sé por qué intuí que este traslado no iba a ser fácil. Subido en la escalera para llegar a la tinaja que íbamos a vaciar, me dijo Manolo:

─ “Empezaremos por ésta, que es la que contiene el vino sin haberse agriado y lo podremos utilizar, porque como el de la otra ya es vinagre, no corre tanta prisa”.

Me pidió que le alcanzara una goma muy fina que estaba enrollada en el suelo. Se la di. Y uno de los extremos, él lo introdujo en el interior y me dijo:

─ “Ahora tienes que estar pendiente para que cuando consiga que el vino salga por el otro extremo te la daré para que la metas en una garrafa. ¿Me has comprendido?”

─ “Creo que si” –le contesté.

A continuación le vi que empezaba a succionar con fuerza por el extremo de la goma que tenía que pasarme. Yo lo miraba con preocupación, porque veía que su cara se le enrojecía por el esfuerzo y el vino no salía. Se detenía un poco para recobrar el aliento. Así continuó un par de veces, hasta que, en una de ellas, succionó con tanta fuerza que el vino salió directo hacia su garganta. Por cómo lo vi que tosía, este primer trago no tuvo que ser agradable. Me pasó el extremo de la goma replegado diciéndome:

─ “Despliégalo en la misma entrada de la garrafa, para que la salida del vino no se corte, pues si se corta tendré que volver a empezar”.

Al oírlo decir esto mi preocupación aumentó recordando lo mal que lo había pasado. Ahora dependía de mí que no pasara. Por lo mismo, nerviosa y aturullada, me centré por hacerlo bien. Metí la goma tal y como él me dijo. Al oír que el vino entraba en la garrafa me sentí aliviada. Entonces me dijo Manolo:

─ “Ahora sujeta la goma y cuando veas que la garrafa se haya llenado, la sacas y la introduces en otra”.

Yo ahí me mantuve vigilante hasta que se llenó, e inmediatamente, saqué la goma y la metí en otra, más el vino no salía. Miré a Manolo que ya se había percatado y le pregunté:

─ “¿Qué ha pasado?”

─ “Ha sido culpa mía. Se me olvidó decirte que el cambio de la goma de una garrafa a otra lo tenías que hacer con la punta plegada”.

─ “¿Y ahora tienes que volver a empezar?”

─ “Así es”.

Yo solo le dije:

─ “Hazlo con precaución para que no te pase lo mismo”.

Le acerqué mi extremo porque él tenía que seguir subido en la escalera vigilando que el otro se mantuviera en el interior de la tinaja en contacto con el vino, y empezó la misma operación. Esta vez no tardó mucho en arrancar la salida, pero el primer trago, aunque más suave, también fue directo a su garganta.

─ “¿Siempre pasa lo mismo? ─le pregunté.

─ “Así es ─me contestó─. Es algo que no se puede evitar”.

Me pasó la goma y como yo ya sabía lo que tenía que hacer empecé a llenarla,  pero eran muchas garrafas las que tenía que llenar. Con mi postura, que era de pie y encorvada, mis lumbares me empezaron a doler bastante. Yo aguanté sin decir nada, más una de las veces al ir a incorporarme no pude hacerlo. En la misma posición me quedé, hasta que, poco a poco, me enderecé. Miré a Manolo diciéndole:

─ “Necesito sentarme para poder continuar” ─y, preocupada, le pregunté─. ¿Se cortara la salida del vino si lo hago?”

─ “No, mujer ─me contestó─. Solo tienes que mantener la punta de la goma plegada mientras que te acercas la silla”.

Así lo hice. Ya sentada pudimos continuar sin ningún problema hasta vaciar por completo la tinaja.

─ “Bueno ─dijo Manolo ─, la otra, como ya es vinagre, la iremos vaciando poco a poco”.

Para mí, toda esta ayuda suplementaria que le tenía que dar a Manolo suponía dejar sin hacer las tareas de la casa. Sólo hacía lo imprescindible, que no era poco. Las compras, la comida, las tapas para el bar, etc. Cada día me encontraba peor, porque el tener descuidada la limpieza unido al dichoso olor que me asaltaba cada vez que entraba en la casa, empezó a superarme, por lo que la idea de ponerlo en venta empezamos a planteárnosla.

Mientras tanto, yo, que nunca me he rendido ante ningún problema sin intentar solucionarlo, fui tapando con cemento todos los agujeritos que veía, pero el olor seguía. Me puse en contacto con el maestro de obra que hizo el bloque. Él tampoco me supo dar una solución. Lo que sí hice fue hablar con una vecina, ya que en Gloria esté, que para ayudar en la economía de su casa se dedicaba a echar las horas que podía como empleada de hogar. Cuando le dije si podía venir algunas horas una vez a la semana para limpiar el piso aceptó encantada, pues, como vivía en mi misma planta, no se tenía que desplazar. La ayuda que yo necesitaba era más, pero conociendo a Manolo, no creo que lo hubiera consentido.

Cuando terminamos de vaciar la segunda tinaja, Manolo se las vendió a un matrimonio para adornar el jardín de su casa de campo. Yo les estaba muy agradecida porque en su momento nos hicieron  un gran favor. A solas, con Manolo, intercedí por ellos para que se las regalara, recordándole el favor que nos hicieron. Él no solo se negó a ello, sino que también se mantuvo en el precio en el que las vendía. De nada me sirvió pedirle que, por lo menos, se las rebajara un poco. Además, me prohibió que interviniera en el trato, por lo que, para evitar la vergüenza que sentía, sabiendo que Manolo no iba a ceder a la petición de ellos, opté por salir del bar hasta que se marcharon, y el día que fueron para llevárselas, tampoco estuve presente.

Barrica de roble

Muy pronto tendríamos que ir a comprar de nuevo vino, pero antes tendríamos que tener dónde vaciarlo. Manolo, fiel a su principio, de servir a sus clientes el mejor vino de la costa, no se quería arriesgar a que le pasara lo mismo, por lo que se puso en contacto con su padre, ya que en Gloria esté. Le explicó lo que le había pasado y su decisión de comprar cubas ya envejecidas por el uso que fueran de madera de roble, y le preguntó si él conocía a algún lugareño que las tuviera y las quisiera vender. Su padre le ofreció una que ya no necesitaba, con capacidad de 200 arrobas, diciéndole:

─ “La mantengo llena de vino”.

─ “Esa me viene bien –le contestó Manolo─, pero necesito otra más”.

─ “Pues correré la voz y cuando me llegue la información de quien la tenga, te lo haré saber”.

Esa era la forma en que en aquellos lares se comunicaban, “corriendo la voz”, de persona a persona, de lo que se necesitara, hasta que llegaba a la persona que tenía lo que se pidiera, y la contestación afirmativa, llegaba a su demandante, usando el mismo procedimiento. ¡Qué bonito!, ¿verdad? No era tan rápida como en este tiempo, pero era una forma de comunicarse seria y comprometida, porque se respetaba el valor que tiene la palabra. Beneficiémonos de todas las ventajas que la tecnología nos ofrece, ¡más esforcémonos por conservar el valor de la palabra! Pues todos tendremos que rendir cuentas de lo que hablamos (o escribimos)…

A los pocos días, Manolo recibió la información de palabra. Su portador, un vecino de sus padres que vino a Granada para una revisión médica. Enterado el padre de Manolo, le pidió el favor de que se llegara para dar la razón a su hijo de que ya le había llegado la información de la persona que vendía otra cuba, ésta con capacidad de 300 arrobas. Manolo recibió la noticia con alegría. Era lo que necesitaba. Ahora sí se tenía él que desplazar para ver la mercancía y cerrar el trato. Cuando el portador de la noticia terminó sus asuntos, con él se fue en su coche.

En estas ocasiones, que él se iba, era yo la que tenía que abrir el bar, lo cual suponía para mí un súper esfuerzo, físico y emocional, pues debido a mi extremada sensibilidad, no llevaba bien el estar sirviendo detrás de la barra, siendo la mayoría de los clientes hombres, viendo cómo algunos me miraban. Tampoco llevaba bien el que Manolo, siendo joven y bonita como era, lo permitiera, sin tener en cuenta lo mal que lo pasaba. Mas para él, tener abierto el bar era lo primero. Y aunque a mí no me lo exigía, a su manera, como me conocía bien, me dejaba la responsabilidad de decidir, diciéndome siempre que se tenía que ir:

─ “Será solo un día. Si no lo soluciono y tengo que quedarme algunos días más, si no quieres, no abras”.

En aquella ocasión fueron dos los días que se quedó, y yo, cómo no, abría el bar. Cuando, bien entrada la noche, consideraba que era la hora de cerrar, lo pasaba muy mal porque no veía el momento de decírselo a los clientes. Agotada e indecisa, si pensaba en los niños los minutos me parecían horas y, de nuevo, la “casualidad” que siempre estuvo presente en mi vida, en esta ocasión, también estuvo, pues siempre hubo algún cliente que se daba cuenta de ello, y era él el que decía:

─ “¡Señores, nos tenemos que ir! Como Manolo no está, ya es hora de que la señora cierre”.

─ “Si, si ─contestaban─. ¡Vámonos! Venga, que le ayudamos a cerrar la persiana”.

Mi agradecimiento para todos aquellos que decíais esas palabras por mí.

Cuando llegó Manolo lo vi feliz, a pesar de toda la dificultad que el traslado de las cubas suponía, porque se tenían que dejar unos días vacías y, a continuación, se desmontaba pieza a pieza para después montarlas en el mismo sitio en el que se iban a instalar. Y aunque la voz que corrió su padre facilitándole los contactos le fue de gran ayuda, él se tuvo que movilizar bastante para tratar con unos y otros, empezando por ver el estado en que se encontraban las cubas. Era perfecto. El vino que contenían fue de su agrado y como tenía que comprar aprovechó e hizo el trato. Para hacer la labor de desmontar y montar las cubas sólo había por aquellos lares una persona, que, por cierto, era un chico joven. Se puso en contacto con él, llegando al acuerdo de que, cuando las cubas se mantuvieran vacías los días suficientes, iría a desmontarlas y ese mismo día se desplazaría a Granada para empezar a montarlas. Esto conllevaba que todo el tiempo que necesitara se tendría que quedar, por lo que Manolo, sin contar conmigo una vez más, le ofreció comida y alojamiento en la casa. Yo, en esta ocasión, muy enfadada, le dije:

— “¡Manolo, lo tuyo no es normal! ¿Cómo es posible que sigas tomando estas decisiones sin contar conmigo? Que coma con nosotros me parece bien, pero ¿dónde va a dormir?”

— “En la habitación del niño —me contestó—, y él que se acueste en nuestro dormitorio, en tu cama”.

Y el angelico de mi niño que con mis dificultades para dormir era el que más de una vez tuvo que salir de su dormitorio para que yo pudiera recuperarme un poco, pues otra vez le tocó a él, y, como es normal, no lo hacía de muy buena gana.

— “Y yo... —le pregunté—, ¿dónde voy a dormir? Pues ya sabes que me paso las noches de la cama al sofá y viceversa... ¡Como comprenderás, no es plan que este chico se levante y lo primero que se encuentre sea a mi durmiendo en el sofá!”.

Sin darme ninguna respuesta, a mi me dejó que solucionara el problema, alegando que este chico se tenía que quedar para dormir en la casa, pues, de alojarse en una pensión, perdería tiempo en desplazarse y tardaría más en terminar su trabajo. Y yo, una vez más, cedí. Lo que no recuerdo es si fue en esta ocasión que entró a formar parte del mobiliario de la casa una camita plegable que instalé en el dormitorio de mi hija a la que yo recurría y que, por cierto, para mi espalda era un castigo.

El tiempo que este chico tardó en montar las cubas fue una semana. En el bar seguíamos atendiendo a los clientes. Cuando terminó, le dijo a Manolo lo que tenía que hacer, porque él no se podía quedar más días, y Manolo, sin darme explicación, al día siguiente de su marcha, me dijo:

— “Mañana te voy a necesitar. Bájate al bar lo más pronto posible, pues hasta que tu no llegues no puedo hacer nada”.

Y yo me preguntaba “¿Qué será lo que habrá que hacer? Si están montadas... Ya sólo habrá que esperar que nos traigan el vino para llenarlas...”.

Con esta incertidumbre me bajé y, como siempre hacía en estas ocasiones, me dispuse para hacer lo que me dijera. Observé que se había cambiado de ropa, por otra más usada, para entrar en faena. Lo vi muy contento y deseoso de empezar. Al verme, me dijo que le ayudara a instalar la dichosa goma en el grifo y, como ya era una experta, le dije que me dejara hacerlo sola. Empecé a instalarla al mismo tiempo que me preguntaba "¿Qué será lo que hoy me espera?".

Él cogió la escalera y se subió encima de la cuba. Yo, al verlo, le pregunté:

— “Pero, ¿qué es lo que vas a hacer?”

— "Me voy a meter en su interior, pues antes de llenarlas de vino hay que lavarlas bien por dentro”  —me contestó.

Mientras me lo decía, ya se estaba posicionando para meterse en su interior. Yo, impresionada, lo miraba preguntándole:

— “Pero, ¿cómo lo vas a hacer para descolgarte hasta el fondo? Y después, ¿como vas a salir de ella?”

— “¡Bueno! —me contestó— ¡Pues será que no lo he hecho veces en casa de mis padres!”.

— “Si —le dije—, lo habrás hecho, pero tenías las dos manos para sujetarte”.

— “Tu por eso no te preocupes, que yo se que lo puedo hacer”.

Yo, tan preocupada estaba, que no se como lo hizo, pero cuando quise darme cuenta en el interior de la cuba estaba. Sólo le veía la cabeza, y me dijo:

— “Ahora, pásame el extremo de la goma y el cepillo. Después, abres el grifo”.

Le di lo que me pidió, fui a abrir el grifo. Haciéndolo, recordé el percance anterior, y para más seguridad, sujetándola me quedé. Desde fuera sentía cómo Manolo, en el interior de la cuba, la frotaba con el cepillo echándole agua. Cuando se acumuló mucha en el fondo, asomó la cabeza y me dijo:

— “Cierra el grifo, pues para poder seguir limpiándola hay que vaciar este agua”.

— “¿Y después?” —le pregunté.

— “Pues que hay que seguir con la misma operación, hasta que salga limpia”.

¡Allí me tenéis!, que me las vi y me las deseé para poderlo abrir, porque era de un material duro, parecido a los que ponen en los aseos. Cuando lo conseguí y vi cómo salía el agua de sucia, pensé "¡Madre mía! ¡Las veces que tendré que abrir y cerrar para llenar los cubos, con lo grande que es! ¡Y cuántas idas y venidas al fregadero para vaciarlos hasta que el agua salga limpia!".

Llevaba cuatro cubos llenos, la palma de mi mano estaba enrojecida, me dolía bastante. Mis lumbares, ¡ya os lo podéis imaginar! Por lo que, para poder seguir, recurría a protegerme la mano con un paño de cocina. No recuerdo los cubos que llené y vacié. ¡Qué alivio sentí cuando ví que el agua ya salía limpia! Le dije a Manolo:

—“Yo creo que por hoy lo tendremos que dejar, pues pronto empezarán a llegar los clientes y tengo que hacer las tapas. Además, cuando las haga me tengo que subir a la casa para hacer nuestra comida. También quiero limpiarle la habitación al niño para que ya pueda dormir esta noche en su cama”. —

—“Si —me contestó—, me voy a salir y mañana continuaremos”.

Yo seguía preocupada y deseosa de verlo salir. Cuando lo hizo sin que su discapacidad fuera un impedimento, pensé "¡Qué ejemplo de superación a seguir! Cuando la persona tiene ilusión por conseguir su sueño no hay nada que se lo pueda impedir". Claro que, en su vida, ahí estuve para ayudarle.

Cuando se marchó el chico que montó las cubas, le dejó dicho a Manolo que, antes de llenarlas de vino se tenían que dejar unos días llenas de agua, observándolas para cerciorarse de que no salía por ninguna parte. También le dijo que, para darle un aspecto guapo y renovado a la madera por la parte de fuera, hiciéramos una muñequilla de trapo y, empapada en una mezcla de aceite y vinagre, le fuéramos dando.

La verdad es que quedaron muy bien. En los días que estuvieron llenas de agua no vimos ninguna salida. El montaje fue perfecto. Era el momento de vaciarlas. Ya sabéis el procedimiento... A continuación, les echamos por dentro la dosis adecuada de azufre prendida y bien tapadas las cubas para que, con el humo que desprendía, se terminaran de curar. Después de unos días se tenían que destapar, dejándolas otros tantos la tapa abierta para que se airearan. Pasados esos días ya estaban preparadas para llenarlas de vino, que, esta vez, como era una cantidad importante, el porte nos lo hicieron en un camión cisterna.

La instalación de las cubas le dio a la Tasca Los Vergeles un toque de distinción. Os lo explico: la de 300 arrobas se montó según se entraba, por debajo de la barra para pasar al interior del bar en la que yo, cada vez que entraba o salía, como había que agacharse tanto, me daba el raspado en la espalda, se puso a la derecha. Para cubrir un espacio de pared que quedaba libre se pusieron dos piñas con tres toneles cada una, montadas en forma de pirámide, con capacidad de 16 litros cada una. Estos se llenaron con vinos de diferentes especialidades. A continuación, había otro tramo de local libre al que se accedía por una entrada sin puerta, en el que, desde el principio de la inauguración, en una parte de él, quedó instalada mi cocina. Bueno, cocina es mucho decir, porque se componía de un fregadero, un termo, una hornilla y una plancha. De encimera apenas tenía 50 centímetros. En ese trocito me tenía que arreglar para trocear lo que fuese, carne, verduras, etc. Aun así, lo que si quiero recordarles a nuestros clientes es que en ella no cociné nada congelado. Todo era fresco de lo que comprara en el mercado ese día. Pues bien, al final de este tramo se montó la cuba de 200 arrobas.

El hecho de contar en mis memorias con detalle parte de las experiencias que he vivido, lo hago con la intención de que pueden ser para muchos un conocimiento extra, pues nunca se sabe lo que en la vida se os puede presentar.