Capítulo 13: Tasca "Los Vergeles"

En esta nueva etapa de mi vida casi todo el trabajo por el peso de su karma recayó sobre mí

Tinajas

Al llegar a Granada vi con sorpresa que la obra de lo que Manolo llamaba “bar” estaba muy avanzada, pero también descubrí que lo que había montado más bien era una “taberna”. El nombre que él había decidido ponerle, ya que en ningún momento me pidió opinión, lo decía todo, y fue lo primero que vi al llegar: “Tasca Los Vergeles”. Entré para verlo mejor. Los albañiles estaban poniendo las losas de la entrada. Al frente ya había instaladas dos grandes tinajas compradas a propósito para llenarlas de vino, pues al comprarlo en cantidad, Manolo decía que se gastaría menos en portes. A mí me parecieron muy originales. También había toneles de madera pequeños.

─ “¿Y el servicio?” ─le pregunté.

─ “Lo he puesto al fondo ─me contestó─, aprovechando este rincón”.

Cuando lo vi me quedé sin palabras. Yo no sé si fue Manolo el diseñador o si le había asesorado alguien… Os explico: en este rincón, elevándose del suelo, había construida una base de cemento de unos veinte centímetros, sin losas. En el centro había un agujero, rematado con un borde para que no quedara a ras del suelo, y a cada lado, un poquito más elevado, había una plataforma para poner los pies, construido todo de cemento… eso sí, todo “muy bien conseguido”, y un lavabo en un lateral. Me salí sin decir nada para que continuaran, porque de nuevo me sentí invadida por esta mezcla de sensaciones nada agradables. A Manolo lo veía contento y con ganas de que finalizaran la obra para poderlo abrir al público. Un mes después todo estaba terminado y las provisiones hechas para su inauguración. La fecha la fijó Manolo para hacerla en un plazo de quince días.

Toneles

Una tarde, viéndome que llevaba varios días con dolor de garganta y mal cuerpo, decidí ir al médico. Esperando mi turno estaba y empecé a sentirme muy mal. De pronto, toda la sala se oscureció y me desvanecí. Cuando vine en mí abrí los ojos, vi que estaba rodeada de gente, y el hombre que se ocupaba de dar los números para que nos visitara el médico, haciéndome aire, les decía:

─ “Por favor, ¡apártense!”

Yo lo miré y me preguntó:

─ “¿Cómo te encuentras? Ha sido un mareíllo, no te preocupes… ¿Es que hoy no has desayunado?”

Yo le sonreí. Él me ayudó a levantarme de la silla diciéndome:

─ “Despacio… Vamos a entrar en la consulta para que te examine el médico”.

Entré, me hizo algunas preguntas y yo le conté las molestias que tenía hacía algunos días. Él me tocó la frente diciéndome:

─ “¡Pero si estás ardiendo de fiebre!”

Me miró la garganta, diciéndome:

─ “Tienes anginas. ¿Has venido con alguien?”

─ “No ─le contesté─. He venido sola”.

─ “¿Te encuentras con fuerzas para llegar a tu casa?”

─ “Si, si ─le contesté─. No se preocupe. Ya me encuentro mejor”.

─ “¿Tienes anginas con frecuencia?”

─ “No, es la primera vez”.

─ “Entonces te voy a explicar cómo cursa, para que no te preocupes: las anginas son tres días de subida de fiebre y tres de bajada. Durante todos ellos, tienes que guardar cama. Te receto antibiótico inyectado para seis días y la autorización para que el practicante vaya a tu domicilio a ponértelo. Con esto, y si haces lo que te he dicho, se te pasarán. Si no fuera así vienes para que te vea”.

Me fui para la casa. Como los niños comían en el colegio, preparé algo para Manolo, hice la cena y me acosté. Era martes, Manolo tenía fijada la inauguración de su bar para el sábado. Cuando llegó a medio día y me vio en la cama me preguntó:

─ “¿Qué te pasa?”

Se lo expliqué, contándole todo lo que el médico me había dicho. Él se salió sin decirme nada. Fue a la cocina, se calentó la comida y descansó un poco. Cuando de nuevo se marchaba, entró en el dormitorio y me preguntó:

─ “¿Cómo te encuentras?”

─ “Pues mal”─ le contesté.

─ “Bueno, yo me bajo al bar, pues todavía quedan cosas por preparar”.

─ “No te olvides ─le dije─ que hay que recoger a los niños del colegio”.

─ “Si, si, tú no te preocupes”.

Creo que fue él quien se lo dijo a mi hermana, que me encontraba mal. Ella tenía llaves del piso. Bajó para verme. Yo apenas podía hablar. Al poco rato sonó el timbre de la puerta. Ella fue a abrir. Era el practicante, que yo recibí con la esperanza de que al ponerme el antibiótico empezaría a mejorar. Pero tal y como me había dicho el médico las anginas siguieron su curso, aun poniéndomelo.

Cuando llegó el sábado, día que Manolo había fijado para la inauguración, así lo hizo. El episodio que viví ese día os parecerá surrealista, pero tuvo su por qué. Os lo explico: yo me encontraba muy débil, aunque la fiebre iba bajando. Sólo me levantaba para hacerles la comida y ocuparme de mis niños. A media tarde oigo que abren la puerta del piso y entran en mi dormitorio mi querida madre, que en gloria esté, con dos de mis hermanas, diciéndome con alegría:

─ “¡Tienes que verlo! ¡El bar está lleno de gente!”

Yo, amodorrada como estaba por la fiebre, las miré sin comprender. Pero ellas no me dieron tiempo a pensar. Me destaparon y tiraron de mí para que me levantara, porque lo que pretendían era que bajara para que por mí misma lo viera. Yo, aturdida, fui a coger ropa para vestirme y me dicen, al mismo tiempo que me la quitaban de las manos:

─ “¡No, si no es necesario! Arréglate un poco el pelo y te pones la bata”.

El trayecto para llegar al bar era corto. Ellas me llevaban cogida. Al entrar, miré a Manolo y me quedé paralizada por cómo lo vi. ¡Tenía una sonrisa que le llegaba de oreja a oreja! Las mangas de la camisa arremangadas hasta los codos, ¡con lo reacio que era a mostrar su mano!... Pues ese día, para nada. Y pensé: “He aquí la respuesta de por qué tenía que venir”. Uno de sus hermanos estaba ayudándole. Mi madre y mis hermanas me abrieron paso entre la gente para que pasara al interior. Para poder entrar había que hacerlo agachándose lo más posible. De lo contrario, el raspado en la espalda era seguro para entrar detrás de mostrador. En esta ocasión el guatiné de mi bata me salvó, ¡pero en las sucesivas entradas y salidas que tuve no me daba tiempo a que se me curara uno cuando ya tenía otro! Superada la entrada, al incorporarme, a punto estuve de marearme, respiré profundamente y avancé hacia el centro. Parece que me estoy viendo, todas las miradas estaban fijas en mí, y yo allí con mi bata… ¡Qué vergüenza pasé Dios mío!

Tapas

Manolo me pidió que le preparara unas tapas, pues ese día sólo era de jamón y de varios embutidos que anteriormente los habían cortado. Sólo tuve que ponerlos en el pan. Al rato, cuando lo creí conveniente, me salí abriéndome paso entre la gente, que me daban la enhorabuena por la apertura del bar deseándome que pronto me restableciera. Ya en la calle vi que mis niños, junto a otros, estaban por allí jugando. Les dije de venirse conmigo pues era la hora de la cena. Nos subimos para el piso.

Yo no podía dejar de pensar en la cara de felicidad de Manolo y me dije a mí misma: “Esto era lo que él quería, trabajar en lo suyo sin que nadie le mandara”. Pero él solo no lo podría llevar, estaba claro que contaba conmigo, aun sabiendo que padecía de la espalda y que físicamente no tenía su fortaleza, pero como yo nunca me quejaba y él nunca se preocupó por saber hasta qué punto padecía, en esta nueva etapa de mi vida casi todo el trabajo por el peso de su karma recayó sobre mí. Mas en su desvarío tampoco tuvo en cuenta sus limitaciones, pues para llevar un negocio de esta envergadura necesitaba una persona que estuviera constantemente con él, y, por lo mismo, padecería la consecuencia. Por mi parte, ahí estuve ayudándole, aunque obligada más bien por la forma que él me fue llevando hacia su terreno, ya no era la misma, porque lo que no debía hacer era contribuir para que se creara más karma. Esto lo percibí con mucha claridad.

Sierra de la Contraviesa

El bar se inauguró con las tinajas llenas de buen vino de Albondón, que, por aquél tiempo en Granada, fue un acierto por parte de Manolo. Como buen entendido de los vinos de su pueblo que era, y sabiendo que casi toda la cosecha era comprada por cosecheros de otras ciudades para mezclarla con la de ellos, luchó por darlo a conocer sirviéndolo en su estado puro. También se preocupó de tener buenos jamones, quesos y embutidos, todo ello de la mejor calidad.

Tapas

Yo cuando me recuperé, que fue dos días después, enseguida me puse en marcha, ideando las tapas que podía hacer. Los niños, no recuerdo el por qué, dejaron de comer en el colegio. El caso es que Manolo se bajaba para abrir el bar y limpiarlo sobre las nueve, y yo me ocupaba de preparar a los niños, que desayunaran, y de llevarlos al colegio. En el camino de vuelta, compraba lo que necesitaba para hacer las tapas y para nuestra comida, que era lo primero que hacía, para que cuando llegaran mis niños estuviera preparada. Ellos eran mi prioridad. Después, si me daba tiempo, limpiaba un poco el piso, y sobre las doce, me bajaba para hacer las tapas. Al mismo tiempo que las hacía, estaba pendiente de la gente que entraba y, si era mucha, me salía para ayudarle a servir en la barra. Si llegaba algún cliente de los que se llevaban el vino por litros o garrafas de más cantidad, también los atendía.

Si había algún problema por solucionar, bien fuera del colegio, o del banco porque nos devolvieran alguna letra, era yo la que guardaba largas colas para solucionarlo, que, por cierto, me causaban tanto dolor que tenía que recurrir a buscarme un asiento para poder aguantar hasta que llegara mi turno. El banco quedaba frente al bar. Cuando terminaba de hacer la gestión, miraba por si Manolo tenía llena la barra, pero el dolor de mi espalda era tan fuerte que me tenía que subir al piso para recibir mi calmante. Me tumbaba, por lo menos veinte minutos, cerraba los ojos, y poco a poco, iba entrando en un estado de paz que era para mí un bálsamo, rayando lo divino. Para salir de ese estado tenía que hacer un esfuerzo, más era pensar que Manolo me necesitaría, que enseguida me levantaba y me bajaba al bar. Con él me quedaba ayudándole hasta que veía a los niños que siempre se pasaban por allí cuando salían del colegio. Con ellos me subía para asegurarme que comieran. Después los dejaba viendo un rato la televisión y me bajaba al bar hasta la hora de acompañarlos al colegio. Antes de irme le decía a Manolo: “Te espero para comer”. A mi regreso, directamente me subía al piso, pues mi resistencia física estaba al límite, por lo que me decía: “Descansaré un poco y así le doy tiempo para comer juntos”. Pues bien, cansada de esperarle, siempre terminaba por comer sola. Al ver que tardaba tanto, me preocupaba, preguntándome: “¿Cómo puede resistir tantas horas y sin comer?” Con el tiempo supe el motivo de su resistencia, pues muchos de los días de los que llegaba tan tarde, lo que hacía era jugar a las porras con los dos o tres clientes con los que tenía más amistad, y así, entre vasillos de vino con sus tapas, pasaban el rato tan contentos, ¡y mientras yo, preocupándome por él! Lo que recuerdo es que cuando llegaba venía con cara de circunstancias. Yo, con mi buena voluntad, mientras le servía la comida y le asaba si había pescado o un filete para que lo comiera recién hecho, le preguntaba:

─ “Pero, ¿por qué no cierras a una hora razonable para que comas tranquilo y descanses hasta la hora de abrir por la tarde?”

Él siempre me contestaba:

─ “¡Como que tú te crees que puedo cerrar cuando quiero!”

─ “Pues los otros bares lo hacen. No sé por qué tú no puedes…”

Él se callaba. Aunque le insistía en mi pregunta, nunca me daba ninguna respuesta. Viendo que comía con prisa para volver al bar, le decía:

─ “Come tranquilo y descansa unas horas, que yo me iré a abrir”.

Me bajaba, mi cocina se quedaba con todos los platos y demás cacharros amontonados sin fregar. Al llegar al bar me encontraba con el inconveniente de abrir la persiana, pues yo sola, por más que lo intentaba, me era imposible, por lo que siempre tenía que pedir ayuda al primer hombre que pasaba. Enseguida empezaba a limpiar, barría, fregaba los vasos y las conchas que utilizábamos para servir las tapas. Para al final dejé el aseo. Por el olor que venía de él ya sabía lo que me iba a encontrar, por lo que, aguantando la respiración, me iba hacia allí. Los orines formaban un charco en el suelo de la entrada. Lo limpié para poder pasar en el interior donde me encontré vómitos y otros desechos orgánicos ya resecos por haberlos dejados varios días sin limpiar… normal, era tan difícil hacerlo por lo rudo de su construcción… En él me tuve que emplear a fondo, frotándolo con lejía hasta que lo dejé impecable. Ese día tomé la decisión de que Manolo necesitaba a alguien para que le limpiara el bar y también para que se le diera a la plataforma del aseo un arreglo para que se pudiera limpiar mejor. ¡Que él estuviera de acuerdo era otra cosa! Pero tenía que convencerlo por su bien. Además, gracias a Dios, económicamente nos lo podíamos permitir.

En espera de que llegara, me puse a preparar las tapas. Cuando llegó se lo dije. Él, cada vez que le proponía algo se ponía en alerta. Le molestaba. La verdad es que ya hacía tiempo que tenía que estar con él pendiente en tantas cosas para que se corrigiera… En esta ocasión, era la limpieza, incluida la personal, que para él no eran importantes, ¡y hasta un despilfarro! Como por ejemplo: que usara desodorante después de la ducha, que se pusiera ropa limpia más a menudo… Lo de usar desodorante y después de recordárselo una y otra vez, lo comprendió, y él mismo lo reclamaba cuando no tenía, pero lo de mudarse de ropa con más frecuencia, me costó bastante. No sé si sería por no darme trabajo, pues explicación no me daba. Yo, por si fuere ese el motivo, le decía:

─ “Es la lavadora la que lava, no soy yo… Al contrario, si no te cambias más a menudo, me das más trabajo, porque le tengo que dar al cuello de la camisa a mano antes de meterla en la lavadora para que se quede bien. Tú tienes que comprender que estás de cara a un público, no puedes estar con el cuello de la camisa sucio, ni con manchas en el pantalón…”.

Pues bien, por más que le decía no había manera de que lo hiciera. Mi constancia era continua, hablándole, al principio, de buena forma para que él lo comprendiera… Viendo que no, se lo decía más alterada, lo cual me di cuenta que me perjudicaba afectándome a mis órganos digestivos, por lo que decidí levantarme de noche, cogía la muda, le ponía una limpia en su lugar, y la sucia la metía directamente en agua. A esto tuve que recurrir porque en más de una ocasión él la sacó del canasto en el que juntaba la ropa para lavar y se la ponía de nuevo. Yo cuando lo veía no daba crédito, diciéndole:

─ “Pero… ¡Manolo! Has sacado la ropa del canasto!”

─ “¡Pues si! ─me contestaba─ ¡Si sólo hace tres días que la llevo!”

─ “¡Como si fuera uno!” –le contestaba─ ¡Ya tenía manchas! ¡Quítatela y póntela limpia!”

Él no me contestaba, pues su intención era irse con ella, pero, ante mi insistencia, él con gesto fruncido y contrariado se la quitaba renegando.

Los días pasaban. Él seguía sin darme respuesta a lo que le propuse, por lo que una tarde que estábamos solos en el bar se lo recordé. Él se puso de nuevo en alerta. Lo que él no sabía es que para mí tampoco era agradable, porque él no me miraba y, si estaba haciendo algo, seguía en ello. Éste era otro aspecto en su forma de ser que debía corregir, primeramente por él, y porque yo lo pasaba mal. Tenía la impresión de que estaba hablándole a un muro… ¡Qué lucha, Dios mío, para conseguir que me mirara y me respondiera! Poco, mucho… ¡lo que fuera!... pero que me hablara abiertamente. Esperando me quedé, como siempre, aunque en esta ocasión fue porque los clientes empezaron a entrar. Yo me puse a preparar las tapas. Al rato, sin decirme nada, lo vi que hablaba con uno de ellos, que era albañil. Salió de la barra, le enseñó el aseo preguntándole si podía darle un arreglo al suelo y por lo que oí, el albañil le propuso picarlo e ir poniendo trocitos de azulejo que, además, él tenía en casa que podrían servir para ello.

─ “Pues bueno ─le dijo Manolo─, cuando puedas, te vienes y lo haces”.

Y un día, aprovechando que íbamos a cerrar, lo arregló. Cuando yo lo vi terminado, la verdad es que quedó bien, pero lo de que fuera alguien para que le limpiara el bar, por más que se lo dije, no lo conseguí.

Los niños ya no necesitaban que los acompañara al colegio pues estaba muy cerca de la casa y siempre iban acompañados de amigos que vivían en el barrio y algunas de sus madres. Pero ahí estaba Manolo con sus aspiraciones, que, debido a su karma, no tenían fin, y contaba conmigo para llevarlas a cabo. Yo ya era consciente de que no debiera contribuir para que aumentara, y poco a poco lo estaba consiguiendo, pero también sabía que todos los bienes materiales que trabajando a su lado consiguiera, en un futuro sería beneficioso para los hijos, nietos,… Pues ya vislumbraba el gran cambio que todos estamos viviendo ya en este presente en cuanto a la consiguiente dificultad de tener un trabajo digno.

Señales

Un día Manolo, viendo que los niños me dejaban un tiempo libre, me empezó a sugerir (sí, porque él abiertamente, no me pedía nada…) que sería conveniente que me sacara el permiso de conducir, argumentándome el ahorro que supondría para la economía de la casa si con nuestro coche nos íbamos los dos a comprar el vino a los propios cosecheros, ya que él por haber acompañado a su padre en más de un trato, los conocía bien, y de paso, aprovechando el viaje, compraríamos buenos jamones. Yo seguía sin pensar en mí. Sus argumentos me convencieron, y empecé a prepararme para ello. Recuerdo que lo que hacía, para no descuidar mis tareas, las del bar o las de la casa, era estudiarme el teórico al final de la jornada, quitándome horas de descanso, y dos tardes por semana el chico de la autoescuela me recogía para enseñarme a conducir.

Prácticas

Cuando él creyó que estaba preparada pasé mi primer examen. Sólo aprobé la teoría por lo que tuve que seguir practicando. Me examiné una vez más pero tampoco lo conseguí. Estaba agotada, pues era mucho lo que llevaba y a punto estuve de abandonar, de no ser por el chico de la autoescuela que me animó diciéndome:

─ “¡Ya verás, a la tercera lo vas a conseguir!”

Y no se equivocó, ¡lo conseguí!

Nunca salíamos porque él se negaba a cerrar el bar. Mis hermanas con sus maridos e hijos se iban a pasar los domingos a un merendero. Mis niños siempre estaban alrededor del bar jugando hasta que yo salía y nos subíamos para el piso. Algunos domingos se los llevaban a pasar el día con ellos. A su regreso los veía contentos, diciéndome lo bien que se lo habían pasado. Con el tiempo, y después de insistirle diciéndole que sería beneficioso, sobre todo por los niños, que cerrara algún domingo para estar todos juntos, finalmente accedió, pero qué lucha tenía con él para que se pusiera la ropa, que para esas ocasiones en las que todos nos poníamos guapos, se la pusiera de buen grado… ¡Con deciros que llegué a arrepentirme de haberle pedido que cerrara! No obstante, un día me sorprendió ya que fue él quien me propuso de ir a comer a un restaurante situado en el centro de Granada que tenía fama, diciéndome:

─ “¡Verás como te va a gustar!”

─ “¡Qué bien! ─me dije, alegrándome─ ¡Ha salido de él que vayamos!

¡Qué ilusión tenía por que llegara ese día! Pues el día llegó, y claro, como según me dijo era de alto postín, yo preparé la ropa que nos íbamos a poner para estar a la altura. A Manolo le dije:

─ “Encima de la cama te he dejado tu ropa”.

Los niños y yo ya estábamos listos. Como no iba a caminar, hasta me puse unos zapatos con un poco de taconcillo, toda ilusionada. ¡Cuál no fue mi sorpresa cuando le vi salir con un pantalón que le tenía apartado en el armario porque le quedaba muy corto, y con una camisa de manga larga! Como era verano, él se la había arremangado hasta los codos. Enseguida pensé: “Ya me va a dar el disgusto…”. Y así fue, pues una hora estuve para que entrara en razón. Finalmente, y renegando, se cambió. Pero ahí no quedó la cosa… Pues al llegar a la cochera para subirnos en el coche, me dice:

─ “Párate en la puerta del bar un momento que hay que coger dos garrafas de vino para llevárselas al dueño del restaurante”.

Garrafas

Me paré, con mi disgusto sin haberlo digerido, me bajé para ayudarle, pues él solo no podía, ya que cada una era de dieciséis litros, y las colocamos en el maletero. Para llegar al restaurante tuve que dar varias vueltas para encontrar aparcamiento. Finalmente lo encontré bastante alejado. Cuando entramos ya estaba lleno de gente. Manolo preguntó por el dueño. El hombre salió, nos saludó y nos señaló la mesa que nos había reservado. Mis niños y yo nos fuimos hacia ella, pensando que Manolo venía también. Ya sentados, lo busqué y vi que estaba hablando con el dueño. Vino hacia mí y me dijo que saliera con él para ayudarle a traer las garrafas. Esto no me lo esperaba, más, ¿qué iba a hacer? A los niños les dije:

─ “Quedaros aquí un momento que voy con papá para ayudarles a traer las garrafas”.

Llegamos donde había aparcado el coche. Cogimos cada uno de un lado una garrafa, y volvimos a por la otra. ¡Y yo con mis zapatos de taconcillo, que debido al esfuerzo me temblaban las piernas! Con la ilusión que yo tenía por que llegara ese día y la alegría porque había salido de él… Pues toda se esfumó…

Pues bien, ese día fue el primero, pero no el último, ya que si salíamos Manolo siempre aprovechaba para llevarles vino. Ahora, eso sí, ¡yo no me ponía tanconcillos!