Capítulo 12: De regreso a España

Abandonando una vez más todo lo que se me había concedido con tanto esfuerzo por mi parte

Preparándolo todo estaba para irnos de vacaciones, cuando un día Manolo me dijo:

─ “Este año, como tenemos un dinero ahorrado, es mejor invertirlo, comprando un piso en Granada ─yo lo vi normal, pero no tanto cuando me siguió diciendo─ También sería conveniente comprar algún local que estuviera cerca del piso”.

─ “Si lo que quieres es invertir, para las dos propiedades no hay suficiente dinero…” ─le contesté.

Así quedó por el momento la conversación. Yo continué con el equipaje y, cuando llegó el día, nos acompañó nuevamente a la estación de tren e hicimos el viaje como os he ido explicando en otros capítulos anteriores.

Ya en Granada, hablando con una de mis hermanas, le dije que teníamos la intención de comprar un piso y ella, muy contenta, me preguntó:

─ “¿Es que pensáis veniros a vivir aquí?”

─ “Por ahora ─le contesté─ solo es por invertir. Lo de venirnos hay que pensarlo”.

─ “Te lo pregunto porque en el bloque donde yo vivo hay un piso en venta, por si lo queréis ver”.

─ “Bueno, cuando llegue Manolo lo veremos”.

El mes de julio lo pasamos disfrutando de los baños con tranquilidad. Cuando Manolo llegó en Agosto, como él tenía sus planes, tenía prisa por realizarlos, y a los cinco días de llegar ya me empezó a decir de irnos para ver a sus padres al cortijo.

─ “Pero… ¿por qué tanta prisa? Ya nos iremos en la fecha en que nos vamos todos los años”.

─ “No ─me contestó─. Si allí estaremos pocos días, porque es mejor estar en Granada para ver ese piso del que te ha hablado tu hermana y dejar el trato hecho”.

Bueno, empiezo a prepararlo todo, a limpiar el piso y… para el cortijo… ¡Qué cansancio siento todavía en este presente en el que estoy escribiendo mis memorias al recordar todo lo que hacía, Dios mío! Terminada la estancia en el cortijo volvía a recoger todo, y para Granada.

Al día siguiente fuimos a hablar con mi hermana para que nos presentara al constructor para ver el piso. Lo vimos, más como yo creía que era una compra para invertir, pues no le presté mayor atención. Al terminar de verlo Manolo me dijo:

Los Vergeles

─ “Quedaros un poco con tu hermana que yo voy con el constructor a ver si tiene algún local”.

Yo no le di importancia porque ya habíamos hablado que sólo había dinero para el piso y pensé “será que quiere echar un rato con él…”. Pero no fue así, porque a los pocos días me dijo de acompañarle al banco para firmar un préstamo que había pedido porque también se había quedado con dos locales que le quedaban, y, por lo mismo, se los había dejado a buen precio.

Al oírlo me quedé sin palabras, pero lo que más me dolió fue su actuación, porque, una vez más, me había ocultado la verdad de sus intenciones, haciendo las cosas a su manera… Pero con esto no terminé de descubrir, porque lo más fuerte estaba por venir.

El tiempo iba pasando. Mi niña empezó en el colegio su primer curso y mi niño, en maternal. Un día Manolo me dijo:

─ “He pensado que es el momento de regresar a España porque yo aquí no quiero seguir”.

─ “¡Pero Manolo, esa decisión es importante! Tenemos que pensar en los niños… Francia es un país que está muchísimo más avanzado que España. Si nos quedamos aquí ellos van a tener más oportunidades de conseguir una vida mejor de la que nosotros hemos tenido. Por otro lado, tengo la impresión de que tú no valoras todo lo que me he tenido que mover desde que nos quedamos en la calle sin casa por aquél trato que hiciste tan precipitado, y ahora que tenemos este piso tan bonito, cerca de tu trabajo, que además es el adecuado para ti… ¿lo vas a tirar todo por la borda arrastrándonos contigo? Porque dime, tú en España, ¿en qué vas a trabajar?”

─ “Tu por eso no te preocupes, que ya verás cómo encontraré algo”.

─ “Pero con la minusvalía que tienes, ¿qué es lo que vas a encontrar?”

Él callaba, pero siguió ocultándome lo que tenía pensado hacer. A los pocos días me dijo:

─ “Ve preparándolo todo porque en las próximas vacaciones nos quedaremos en España” ─. Y yo, impotente, le contesté:

─ “Pero Manolo, ¿todavía sigues con lo mismo? ─Y de nuevo le hablé para que entrara en razón─ Ahora que los niños están más crecidos, yo puedo trabajar también en la fábrica, pues tú mismo me has dicho que están solicitando mujeres. Pediría la jornada partida para estar en la casa por la mañana y tú estarías por la tarde, y los niños pueden comer en el colegio”.

Él no me daba ninguna respuesta, pero su negativa a lo que le proponía era evidente. Es más, yo creo que ni me escuchaba. En aquél momento, el impulso de separarme de él me invadió con mucha fuerza, y nuevamente me dejé llevar, porque el tiempo que le tenía que conceder debía respetarlo antes de dar este paso, y también por ser fiel a mis principios. En esta ocasión el primero era que nuestros hijos debían crecer con la imagen de su padre, y el segundo era el nivel económico, pues estando los dos unidos, trabajadores como hemos sido, a ellos en un futuro les beneficiaría.

Sólo faltaban tres meses para las vacaciones y yo, sin ninguna ilusión ya por su llegada, entré en un estado de semiinconsciencia porque intuía el gran cambio que traían consigo. En este presente sé que el entrar en ese estado era para que mi sufrimiento fuera menor. Entonces lo que hacía era alejar de mi pensamiento su llegada, pero tuve que reaccionar, mentalizándome para dejar una vez más todo lo que se me había concedido con tanto esfuerzo por mi parte. Para animarme también me decía: “En España están mis padres, mis hermanas, y no estaré tan sola…”

Y empecé a embalar todas nuestras cosas. Las más delicadas, como cristalería, vajilla, cubiertos, libros, los fui envolviendo pieza a pieza en papel de periódico. A continuación empaqueté nuestra ropa, con especial cariño la de mis niños, que yo misma confeccioné antes de su nacimiento, sus jerséis, pijamas, camisetas, baberos,… El mobiliario no recuerdo si quedó en el piso o si Manolo lo vendió ─esto último sería lo que hizo con seguridad─. Cuando terminé había muchos paquetes y buena parte de ellos con cosas delicadas. En el tren no podíamos llevarlos, pero coincidió que en esa fecha se iba de vacaciones un amigo nuestro que era de Lorca. Tenía un coche grande y como se iba solo, se brindó para llevarse él todos los paquetes, que hasta encima del coche tuvo que poner, y nosotros los recogeríamos en Lorca.

Así lo hicimos. Cuando llegó el día de partir de nuevo nos subimos en el tren, que siguió siendo clase tercera, pero apenas me di cuenta, inmersa como estaba en mis pensamientos, preguntándome “Dios mío, y ahora… ¿qué es lo que nos espera?”. El viaje hasta Lorca fue complicado porque tuvimos que dejar el tren y hacer parte de él en autobús. Al llegar descansamos en la casa de este amigo unos días y continuamos el viaje en autobús hasta Granada. Creo que también fue él quien nos llevó en su coche todos los paquetes.

La alhambra

Cuando por fin llegamos nos tuvimos que acomodar en casa de mi madre como pudimos porque el piso comprado “como inversión” ─que era en el que viviríamos─ teníamos que empezar por darnos de alta para tener agua y luz. Por el momento, en él dejamos todos los paquetes, y, poco a poco, fui limpiándolo y comprando todo el mobiliario para instalarnos lo más pronto posible. Por cierto, el primer día que entré en él noté un olor muy desagradable, más no le di importancia porque pensé “Será debido al tiempo que lleva cerrado…”. Al mismo tiempo me preocupaba que mis niños tuvieran el colegio asegurado.

El piso ya estaba limpio y los muebles elegidos. A los pocos días nos los trajeron. Los dejaron montados y enseguida nos instalamos en él. Cuando veía tanto paquete, que yo tendría que desembalar e ir colocando, me venía abajo y no remontaba con la rapidez que lo hacía en los anteriores traslados… Me encontraba mal. Parecíame (no era la realidad) que la ayuda dándome ánimo que yo sola reconocía me había abandonado. En ese estado empecé a vivir esta nueva etapa de mi vida, en la que me sentía tan extraña y cansada que tuve que hacer un gran esfuerzo para situarme de nuevo.

El colegio de mis niños me seguía preocupando, sin embargo, conseguirlo fue fácil, gracias a una sobrina algunos años mayor que mi niña que entró en este colegio muy pequeña. Era ─y creo que sigue siendo, porque aún existe─ llevado por monjas. Estaba muy cerca del piso donde viviríamos y, según me decían mis hermanas, era uno de los mejores. Quedé con ella para que me acompañara, pues por su carácter abierto y buena alumna era muy apreciada por sus profesoras. El día que fuimos la monja que se ocupaba de la inscripción de los nuevos alumnos nos esperaba porque mi sobrina ya le había hablado de nosotros. Al llegar nos presentó y la monja, muy amable, me preguntó la edad de mis niños, si habían ido al colegio en Francia, y yo le fui informando, diciéndole que mi niña ya había hecho su primer curso allí y mi niño estuvo en maternal. También me pidió sus cartillas de escolaridad que, viendo sobre todo las buenas notas de mi niña, no dudó de que empezaría con ellas su segundo curso, y mi niño seguiría en maternal. Entonces le pregunté:

─ “¿Puedo quedarme tranquila de que serán aquí admitidos?”

─ “Puede estarlo” ─me contestó.

Cuando salimos me sentí más aliviada diciéndome “Una preocupación menos…”.

Aunque seguía baja de ánimo, a nadie se lo manifestaba, y como el piso estaba todo instalado, decidimos ir unos días para Almuñécar. Preparándolo todo estaba cuando Manolo me dice:

─ “Baja conmigo para que te enseñe los locales”.

Fui con él, los vi, y le pregunté:

─ “¿Has decidido ya lo que vas a hacer con ellos?”

─ “Si ─me contestó─. En este que es más grande voy a poner un bar”.

─ “¿Un bar? ¿Tú lo has pensado bien? ¿Cómo lo vas a poder llevar?”

Él no me contestó. Y miré el local detenidamente: era alargado, desproporcionado, con una columna en el centro y el techo muy alto. Estaba de cara al norte, por lo que nunca le daba el sol. El otro estaba en otro bloque, sólo los separaba un pasaje peatonal. Era más pequeño, pero con las mismas proporciones. Miré a Manolo preguntándole de nuevo:

─ “¿Es cierto que tienes pensado poner un bar?”

─ “Si. Con ese propósito los compré”.

─ “¡Ah! ¿Ya lo tenías decidido cuando lo compraste? ¿No era una inversión, como me dijiste? Entonces el piso, ¿también estaba incluido en el mismo propósito?”

─ “Pues claro. Era lo mejor, porque si tú me echas una mano a llevarlo…”.

Manolo era así, tenía su orgullo. Él directamente no me pedía nada, porque me conocía bien y sabía que llegado el momento, no lo dejaría sin ayudarlo. Con este nuevo golpe que recibí nos subimos para el piso y como lo del bar lo veía descabellado le propuse:

─ “¿Tú quieres que vaya y hable con el alcalde? Le explico lo de tu accidente, le digo que nos hemos venido de Francia y le pido algún trabajo adecuado para ti. Porque lo del bar no me parece bien”.

Él sólo me contestó:

─ “Ves, si quieres”.

Ayuntamiento de Granada

Y yo, con mi buena intención, a pesar de tanto como me había mentido, fui al Ayuntamiento a pedir cita. Me la dieron. Ese día le dije a Manolo que debería acompañarme. Él se negó. El día señalado yo fui sola. El alcalde me recibió y me escuchó atentamente. Cuando terminé me pidió todos mis datos, tales como nuestra dirección, nombre completo de Manolo, edad, minusvalía que tenía… Al término me despidió diciéndome que él lo iba a tener en cuenta y nos avisaría en el momento en que salieran plazas de trabajo apropiadas para él. Sin ninguna ilusión, contagiada por el poco interés que él me demostraba, se lo conté, pero dándome cuenta de que ni me escuchaba, porque su decisión ya la había tomado, callé y no volví a hablarle más del tema.

A los pocos días nos fuimos para Almuñécar. Allí me recuperé un poco con los baños y viendo a los niños como disfrutaban de ellos. La actuación de Manolo seguía siendo la misma que en todos los años: él no se bañaba, se ponía a cierta distancia de nosotros y, cuando le parecía, se iba a tomarse su aperitivo. Raro era el día que regresaba para comer todos juntos… Él llegaba cuando le parecía, por lo que si ya habíamos terminado, le tenía que calentar la comida y servírsela. Yo le preguntaba:

─ “Manolo, te hemos estado esperando… ¿Dónde has estado?” ─Su contestación:

─ “¡Por ahí!”.

Afortunadamente, ese año no fuimos al cortijo, pero Manolo todavía me tenía oculta otra sorpresa… Terminamos los días en Almuñécar y nos fuimos para Granada. Al entrar en el piso, otra vez me recibió ese olor tan desagradable. Yo le pregunté a Manolo:

─ “¿Te has dado cuenta de ese olor que hay siempre al entrar en el piso?”

─ “Yo no huelo nada” ─me contestó.

Los niños empezaron a ir al colegio a los pocos días, por lo que les compré todo lo que necesitaban. En su primer día los acompañé, sobre todo mi niña estaba nerviosilla. En la puerta esperamos madres, algunos padres, y todos los niños muy alborotados. Las madres hablando entre ellas. Era todo tan diferente de Francia…  Cuando por fin una monja abrió la puerta y empezó a llamar a los niños, me tuve que aproximar a ella para poder oír cuando los llamara… Aun así era imposible, hasta que la monja se impuso:

─ “¡Por favor, guarden silencio! De lo contrario no voy a poder continuar”.

Sus palabras surtieron efecto, y los niños fueron entrando. En el interior vi a otra monja que los iba poniendo en fila para acompañarlos a sus clases.

Regresé al piso. Tenía muchas cosas por hacer, pero no sabía por dónde empezar, por lo que decidí salir a comprar lo necesario para la comida. En las tiendas no se respetaba el turno. El tono en el que hablaban era alto. Conseguir que me atendieran en medio de ese alboroto no fue fácil. Cuando terminé, al pasar por el local, vi que estaba abierto y Manolo hablaba con dos hombres. Pensé por unos instantes si entraba o no, pues recuerdo que cada vez que lo hacía me invadía una mezcla de sensaciones que no os puedo definir. Finalmente, entré y pude comprobar que eran albañiles y estaba tratando con ellos lo que le costaría que le hicieran la obra del bar. Sin decir nada, salí para seguir con mis tareas en el piso. Parece ser que Manolo se puso de acuerdo con los albañiles, porque al día siguiente empezaron la obra. Él se bajaba para estar con ellos.

Los días pasaban, los niños se habituaron pronto a su nuevo colegio. Al recogerlos los veía contentos. A los pocos días, Manolo me dijo:

─ “Hay que ir a Francia”.

─ “¿Cómo que hay que ir?” ─le contesté.

─ “Pues si ─continuó él─. Hay que ir a recoger mi finiquito y todo el papeleo de los años que he trabajado allí, para que cuando me llegue la hora de jubilarme pueda cobrar mi pensión”.

─ “Bueno. Pues si tienes que ir, ve”─. Pero él continuó diciéndome:

─ “Yo no puedo ir, a los albañiles no los puedo dejar solos. Tengo que estar con ellos”.

─ “Si sabías que tenías que ir a Francia, ¿por qué no has esperado una semana para hacer la obra?” ─le pregunté. Él no me dio respuesta, pero fue directo a decirme su intención:

─ “Yo he pensado que vayas tu”.

─ “Pero, ¿y los niños?”

─ “Por ellos no te preocupes, pues como pueden comer en el colegio…”.

─ “Pero hay que llevarlos y recogerlos” ─. Entonces me dijo:

─ “Habla con tu hermana a ver en lo que nos puede ayudar, porque por la tarde los albañiles terminan a las seis ya me puedo ocupar de ellos”.

De lo que me di cuenta, según me iba hablando, fue que él, por algún motivo, no quería ir. Y me dije: “Si tengo que ir, iré, pero por lo menos que esta vez me diga la verdad”.

Con este propósito dejé que pasaran algunos días. Viendo él que no estaba dispuesta a irme volvió a insistirme, y yo le pregunté:

─ “Manolo, ¿cuál es el verdadero motivo por el que tú no quieres ir? Porque eso es lo que te pasa, ¿no es así?”

Y ya él malhumorado por el rencor acumulado desde que tuvo el accidente contra su jefe de personal, se abrió a mí, diciéndome:

─ “¡Pues sí, no quiero ir! Por no verlo, ¡porque él fue el culpable de que me pasara el accidente!”

─ “Pero, ¿por qué le culpas a él?” ─le pregunté.

─ “Pues porque yo me di cuenta de que la cortadora fallaba algunas veces y así se lo dije, pero él no me hizo caso diciéndome ‘son figuraciones tuyas, la máquina ha sido revisada hace muy poco tiempo’. ¡Así hasta el día que me pasó el accidente! ─y me repetía─ ¡No quiero ni verlo! ¡Bastante lo he soportado desde que empecé a trabajar cuando me recuperé del accidente! ¡Que siempre estaba pendiente de mí, exigiéndome!”

Y yo, que ya sabía que nada de lo que nos pase, sea para bien o para mal, no es por casualidad, y también, que no hay culpables ─pues de haberlos, todos lo somos, o lo hemos sido en otras vidas─, no obstante, le comprendí, porque tuvo que haber padecido mucho… Por otro lado, el que se abriera a mí me sirvió para ponerme de nuevo en marcha, “aceptando” esta nueva etapa de mi vida que vislumbraba no sería fácil.

Decidida a ir, hablé con mi hermana, explicándole la situación:

─ “Manolo va a tener tiempo de ocuparse de ellos. Aun así, yo me iré más tranquila si tú estás pendiente también. Serán pocos días –. Y mi hermana me contestó:

─ “Los que sean. Tu ve tranquila que yo me ocuparé de que no les falte de nada”.

A los pocos días me vi de nuevo subida en el tren ─que siguió siendo clase tercera─, para ayudarle una vez más a salir de este atolladero, con la diferencia de que no me dejé llevar sin haber conseguido que me dijera la verdad.

Recuerdo que al día siguiente de llegar a Lyon tenía cita con el jefe de personal, pues era él quien me tenía que dar el finiquito y demás papeles. Llegué con una hora de antelación. Esperando estaba a que me llamara, y, una vez más, “por casualidad”, pasó por allí un hombre, me miró y me preguntó:

─ “¿Qué espera usted, madamme?”

Le expliqué la razón por la que esperaba y me dijo:

─ “Pase usted a mi oficina”.

Yo entré creyendo que era el jefe de personal con el que estaba citada.

─ “Siéntese por favor”.

Se presentó diciéndome que pertenecía al sindicato obrero. A continuación me preguntó:

─ “¿Cómo se llama su marido?”

Se lo dije y él sacó de un cajón su historial. Estuvo leyéndolo detenidamente. Mientras lo hacía, observé que sonriéndose, movía la cabeza, como si no estuviera conforme con lo que leía. Al terminar me preguntó:

─ “¿Tiene usted algún documento que acredite la cantidad que le tienen que pagar?”

─ “Pues sí, aquí lo tengo”.

Él lo leyó y a continuación escribió en un folio, lo firmó y selló. Lo metió en un sobre y me dijo:

─ “Salga y siga esperando donde estaba, y cuando la llame el jefe de personal le entrega esta carta. En ella está la cantidad exacta que le tienen que pagar, que, por cierto, es mucho más del presupuesto que le habían hecho”.

Yo lo miraba sin comprender. Lo que si recuerdo es que al oír lo que me decía ya no me extrañaba como en otras ocasiones. Tomé la carta, y al despedirme le dije:

─ “Ni mi marido ni yo somos entendidos. Yo he venido en su nombre confiada en que lo que me iban a dar era lo que le pertenecía. Según me ha confirmado, no era así, por lo que le estoy muy agradecida. Le deseo de todo corazón que todo le vaya muy bien en la vida”.

─ “Gracias madamme ─me contestó─. Si le ponen alguna pega, que me llamen, aquí voy a estar para responder”.

Me salí y al poco rato me llamó el jefe de personal. Cuando entré, me presenté, y él me preguntó:

─ “¿Por qué no ha venido su marido?”

Y yo le dije que no se encontraba bien debido al traslado y demás. Le di la carta y él, extrañado, empezó a leerla, preguntándome:

─ “¿Le ha aconsejado alguien que hablara con este hombre antes de venir a mí?”

─ “Pues no, monsieur” ─le contesté, y le expliqué cómo había sido mi encuentro con él.

A continuación, muy contrariado y con gesto fruncido, me pagó sin más y me dio todo el papeleo. Yo me despedí sin más y me fui.

Al día siguiente me subí de nuevo al tren de regreso a Granada. Estaba ilusionada por llegar lo antes posible, pero el cansancio y el dolor de mi espalda pudo más, por lo que vi razonable descansar en casa de la tía Consuelo por lo menos un día. Cuando por fin llegué a Granada, al bajarme del tren me dolían todos los huesos, pero, sobreponiéndome, hice un esfuerzo y cogí un taxi para llegar a la casa, pues tenía ganas de ver a los niños. Como ya había anochecido estaban con Manolo cenando en el piso. Me senté junto a ellos. Cuando terminaron les ayudé a ponerse el pijama y los arropé. Manolo esperaba que le contara, pero yo, como me sentía tan cansada y dolorida, le dije:

─ “Mañana te cuento cómo ha ido todo”.

Cuando me levanté, seguía dolorida. Manolo ya se había bajado al local, por lo que desperté a los niños, les hice el desayuno y les acompañé al colegio. Me volví para el piso. El desagradable olor al entrar seguía estando. Yo intentaba pasar de él, pero no podía, me superaba. Empecé a poner orden en el piso, vi que había bastante ropa por lavar y que el piso necesitaba una limpieza a fondo. “Bueno…”, me dije, “poco a poco…”, y decidí subir a ver a mi hermana. Ella me preguntó cómo me había ido. Con ella lo estuve compartiendo todo, me interesé por cómo le había ido a ella con los niños, diciéndome que todo muy bien. Antes de irme le pregunté:

─ “¿Tú te has dado cuenta al entrar en mi piso que hay mal olor?”

─ “Pues si ─me contestó─. Lo que pasa es que yo no quería decirte nada…”.

Al oírla me sentí aliviada, diciéndole:

─ “Pues deberías habérmelo dicho, porque como Manolo dice que él no huele nada, he llegado a pensar que era cosa mía”.

A medio día Manolo subió para comer. Estaba ansioso por que le contara cómo me había ido con lo de su finiquito. Procedí a contárselo tal y como había pasado, transmitiéndole con alegría la “casualidad” de mi encuentro con el funcionario del sindicato obrero. Él seguía comiendo, sin darme la satisfacción de alegrarse conmigo. De vez en cuando, sólo repetía “¡No me digas!”, y así, sin darse cuenta, fue como él se benefició una vez más de esta bendición que, por medio de mi intervención, se le había concedido.

Los niños terminaron su curso y en Julio nos fuimos para Almuñécar. Manolo se quedaba con los albañiles. En Agosto, que ellos no trabajaban, se vendría él también. Ese año, una tarde, al regresar con mis niños de nuestro paseo, me encontré que una de las susodichas piedras había roto el cristal de la ventana y me la encontré en el suelo, dentro del dormitorio. Los tres nos asustamos bastante. Mis niños me decían “¡Nosotros no queremos dormir aquí!”. Yo los tranquilicé y empecé a sacar como pude, más bien a rastras, una de las camas. Moví las del otro dormitorio para hacerle sitio. La coloqué en él. El tiempo que duró todo este trasiego los niños me miraban sin saber lo que pretendía hacer. Cuando terminé les dije:

─ “¿Qué os parece si dormimos aquí los tres?”

Ellos se pusieron muy contentos diciendo:

─ “¡Bieeeen!”

Al día siguiente, al mismo tiempo que nos dábamos el paseo por el pueblo, hablé con un cristalero. Le expliqué el problema y él me aconsejó que, para más seguridad, pusiera también una tela metálica. A mí me pareció bien y lo dejé todo en sus manos para que lo hiciera. Mientras tanto, continuamos durmiendo los tres en el mismo dormitorio.

Cuando en Agosto llegó Manolo ya estaba todo solucionado. Por la ventana no podían entrar las piedras, pero el peligro de la entrada y la salida seguía existiendo. Ya no estaba tranquila, por lo que le planteé a Manolo que deberíamos poner el piso en venta. Terminamos las vacaciones sin ningún problema, pero al partir decidimos dejar puesto en la terraza el anuncio de que estaba en venta.