Capítulo 11: Esperando las vacaciones con ilusión

Vivía semiinconsciente la descompensación en nuestro matrimonio

Cuando por fin llegábamos a Granada nos íbamos a casa de mi madre. El resto de la familia nos venía a ver. Siempre me quedaba unos días compartiendo alguna comida o merienda antes de irme para Almuñécar en las que yo, sin saber por qué, no me encontraba cómoda. En seguida descubrí la causa: la realación entre ellas era muy superficial, y no era así como yo quería relacionarme, ya que cuando me fui a Francia era muy joven, tiempo de conocernos no tuvimos. Tampoco recuerdo que para nadie de la familia fuese algo importante, solo yo sabía que sí lo era, por lo que, para darnos ese tiempo de que nuestra relación llegara a ser fluida y sincera, seguí compartiendo con ellas, situándome a su nivel. Más era mucho lo que nos separaba ...

A los pocos días lo preparaba todo para irnos mi niña y yo. Durante el tiempo que pasaba en Almuñécar siempre que podían se venían algunas de mis hermanas con sus hijos. Otras veces eran mis padres los que se venían. Subidas en la Alsina durante el trayecto, yo me decía: “Espero que este año no me encuentre ningún problema en el piso…”.

Pues ese año me encontré con dos: ¡no había agua, ni luz! Para colmo, era ya de noche. Subí nuestros bártulos a la casa y, con mi niña de la mano, fui al barrio de los pescadores donde se encontraba la tienda de Paco y Concha. Ellos, si ya habían cerrado la tienda, como vivían en la parte superior y eran tan buenas personas, nos tenían dicho que podíamos llamar a su casa en caso de necesitar algo de urgencia. Por suerte, no estaba cerrada. Después de saludarnos les dije que acabábamos de llegar y no tenía luz en el piso. Le pedí unas velas y cerillas para pasar esa noche y le pregunté:

─ “Paco, ¿usted conoce algún electricista que pueda venir al piso para ver por qué no hay luz?”

─ “No se preocupe, mañana irá un amigo. No es electricista, pero sabe de todo”─. Yo le insistí:

─ “Paco, ¡que no se le olvide! Que estamos solas mi niña y yo…”.

─ “Tranquila ─me contestó─. A primera hora estará allí”.

Me bajé con mi niña. Al entrar en el piso sin luz, ella, asustadilla, no se soltaba de mi mano, por lo que le dije:

─ “Agárrate a mi vestido mientras enciendo la vela”─. Al mismo tiempo que lo hacía le hablaba para que ella estuviera tranquila. Cuando conseguí encenderla, le dije:

─ “¿Ves? Ya hay luz, y ahora vamos a comer y a dormir”.

Al día siguiente llegó este hombre y me dijo:

─ “Estoy seguro de que ha saltado el límite, porque en esta zona hay bajadas y subidas de potencia en la luz, que es el motivo de que esto pase”─. Se fue derecho a un cajetín, llamado límite, extrajo la tapa y me dijo:

─ “¿Ve? ¡Justo lo que le decía! Acérquese, que le voy a enseñar cómo se arregla, porque es muy fácil, y así, para otra vez que le pase, lo puede usted arreglar”.

Me puse a su lado si perder detalle de cómo se hacía. Cuando terminó puso la tapa en el cajetín y me dijo:

─ “Encienda una luz”.

¡Ay, qué alegría me dio cuando vi que se encendió!

─ “¡Esto ya está! Guarde este trozo de cable que le hará falta si le pasa otra vez. Ya ha visto cómo se hace”─. Le di las gracias y le pregunté:

─ “¿Qué le debo?”

─ “Nada, mujer” ─me contestó.

No obstante yo le pagué lo que me pareció justo, pero tuve que insistirle para que lo cogiera. Cuando se fue, me dije: “Bueno, ahora tendré que solucionar lo del agua…”.

Debajo de mi piso vivía una señora con su criada, también de Granada, que, según me decía la criada, era muy rica y aunque tenía propiedades de más lujo en otras zonas de Almuñécar, ella prefería este piso en el que vivía todo el año. Tenía su chófer. Recuerdo que los días que a ella le apetecía bajar a la playa o si iba alguno de los hijos a pasar unos días con ella, le preparaban un toldo enorme para que se resguardaran del sol, bajaban sillas, tumbonas, y un frutero alto con varios apartados, cada uno con fruta diferente. Era todo un espectáculo de ver para todos los que nos bañábamos en esa playa, que, a parte de algunas familias del barrio de los pescadores, estábamos otras que, al igual que yo, se habían comprado o alquilado su pisito más o menos alejado de esta zona, pero que nos gustaba ir a bañarnos allí.
Mi trato con esta señora se limitaba a saludarla cuando llegaba. En esta ocasión bajé con mi niña y, después de saludarla, le pregunté si sabía algo del porqué no tenía agua, y ella me dijo:

─ “Yo lo único que le puedo decir es que han estado de obras en la carretera. Nosotros nos fuimos porque el polvo y el ruido de la excavadora eran bastante molestos. Cuando terminaron, volvimos y nos encontramos que no teníamos agua. Di aviso al ayuntamiento varias veces, los días pasaban y aquí no venía nadie, por lo que decidí arreglarlo por mi cuenta. Llamé a dos obreros, levantaron el trozo de carretera para ver de dónde venía la avería, y vieron que nuestra tubería estaba rota. Ellos me dijeron que posiblemente la había roto la excavadora y que el arreglo era poner una acometida nueva”.

─ “Entonces, ¿yo qué tengo que hacer?” ─le pregunté.

─ “Pues que tendrá que poner también otra nueva”.

Al oír lo que me dijo me vine abajo. Le pedí si me podía llenar algunos cubos de agua y unas botellas para ese día y ella me dijo:

─ “Si, coja lo que necesite”.

Cuando me enteré de que la solución estaba en su mano y que era bien fácil, me dio mucha pena, porque se la calló, dejándome ir embarazada como estaba y sola con mi hija… ¡Cómo somos los seres humanos, porque el bien que ella se habría ganado haciéndomelo a mí, era grande!

Me subí con mi niña dándole vueltas al problema del agua… “¿Qué hago, Dios mío?” La tristeza me invadió. Miré a mi niña que, con sus grandes ojos, me miraba.

─ “¿Qué vamos a hacer? ─le pregunté también a ella─ Bueno, vamos a comer algo y a dormir. Seguro que mañana se lo que tengo que hacer”.

Me desperté muy temprano, con ese ánimo que yo sola reconocía para que me pusiera en marcha. Preparé a mi niña que, como hacía poco que había comenzado a caminar, la subí en su sillita y nos fuimos hacia el Ayuntamiento. Cuando llegué, pedí permiso para hablar con el alcalde.

─ “Espere aquí un momento ─. En seguida me dijeron─ “Pase usted”.

Entré y le saludé.

─ “Siéntese por favor. ¿En qué le puedo ayudar?”

─ “Pues mire ─le dije─, mi marido y yo trabajamos en Francia y en tal fecha nos compramos un piso para pasar las vacaciones. Mi marido no las tiene hasta el mes de Agosto, pero yo, por razones de salud, me vengo antes y me he encontrado que no hay agua. Esta es la razón por la que he venido a usted, por si me puede ayudar”.

Él me escuchaba con mucha atención, y me preguntó:

─ “¿Dónde tiene usted el piso?” ─se lo dije, y me preguntó─ ¿Es en el mismo bloquecillo en el que vive una señora de Granada?”

─ “¿Es que la conoce?”

─ “Un poco” ─me contestó.

─ “Sí, ella ocupa los dos pisos de la primera planta, y yo tengo uno en la segunda”.

─ “Pues váyase para su casa que cuando llegue verá que hay dos obreros para solucionarle el problema”.

Cuando llegué había dos hombres picando en un trozo de la carretera. Al verlos esta señora, que en gloria esté si ya no está entre nosotros, se asomó a su terraza diciéndoles:

─ “¡Oigan! ¿Qué están haciendo ahí?”

─ “Pues que nos ha mandado el alcalde para darle agua a esta señora del piso de arriba”.

─ “¿Y qué van a hacer para dársela?”─siguió ella preguntando.

─ “Pues es muy fácil, sólo tenemos que poner un empalme en la acometida para que le llegue el agua, porque el resto de su tubería está bien”.

─ “¡Pues paren inmediatamente porque esa acometida es mía! ¡La he pagado yo!”

Estos hombres llamaron al alcalde para decirle lo que pasaba. Después subieron para decirme que lo sentían, pero que no podían seguir hasta que la señora del primero les diera permiso.

─ “Pero, ¿se van?” ─les pregunté preocupada.

─ “No, ya nos hemos comunicado con el alcalde y nos ha dicho que esperemos hasta que hable usted con ella, a ver lo que quiere”.

“Me lo comunicáis, pero sin agua no la voy a dejar”, les dijo el alcalde. Al momento subió la criada y me dijo:

─ “La señora dice que baje usted” ─. Bajé y me preguntó:

─ “¿Qué ha pasado? ¿Por qué están levantando la carretera?”

Le conté mi visita al alcalde para contarle que no tenía agua y que había mandado a estos dos obreros para solucionármelo.

─ “¡Esto es el colmo! ─me contestó─ De manera que a mi me han tenido sin agua y por más avisos que les daba no me mandaron a nadie para solucionarlo, y ahora para darle agua a usted van a utilizar mi acometida, así, ¿sin más?”

─ “Bueno señora, resumiendo ─le dije─, los obreros esperan. ¿Qué es lo que quiere usted que le pague? Pues dígame la cantidad y terminamos”.

Y ya ella viendo mi buena disposición me dijo que le pagara la mitad, y así lo hice, y ya los dos obreros que esperaban siguieron trabajando, y en pocas horas terminaron.

Ya con todo solucionado empezamos a disfrutar de los baños. Bajábamos todas las mañanas a la playa. Hice amistad con alguna de las familias que se bañaban allí. Una de ellas era de Granada. Tenían tres hijos, todos parejillos, más o menos de la misma edad que mi niña. Jugaban juntos. Algunos días, me decía la madre si la dejaba que se fuera a comer a su casa con sus niños y yo, como me merecían toda la confianza, y veía que ella se lo pasaba bien con ellos, pues la dejaba ir. Por las tardes nos íbamos a dar un paseo.

Cuando llegó Manolo en Agosto, el primer día al llegar a la playa hice las presentaciones con estas familias, pero él, cuando quería darme cuenta, ya no estaba con nosotros. Sin decirme nada, se iba. Lo buscaba y lo veía sentado a una cierta distancia. Yo me acercaba y le preguntaba:

─ “¿Qué haces aquí? ¿Por qué no te vienes a nuestro lado?”

Pero, por mucho que le insistiera, no había manera de convencerlo. Cansada, al ver que no reaccionaba, volvía para vigilar a mi niña. Al llegar la hora de irnos a casa, lo buscaba con la mirada para que me ayudara con los arreos de la playa, pero ya no estaba. Él, cuando le parecía, se iba a dar una vuelta o a tomarse un aperitivo. Éste era su comportamiento en la playa, por lo que yo me subía sola con todo, nos duchábamos y empezaba a darle la comida a mi niña.

Así pasábamos el tiempo de vacaciones en este rinconcito de la playa llamado Chinagorda, que, por cierto, su nombre daba honor a su naturaleza por sus piedras, por lo que la entrada, la salida, y la estancia en el baño, era bastante complicada, ¡y más para los que no sabíamos nadar! Fue por esta dificultad que un año me propuse aprender. En mi empeño tragué mucha agua, pero lo conseguí. ¡La sensación que sentí el día que vi que me sostenía en el agua nadando, fue maravillosa!

A mediados de Agosto la estancia en la playa llegaba a su fin porque teníamos que ir al cortijo a ver a los padres de Manolo. Yo esperaba que saliera de él decirme que nosotras no fuéramos, teniendo en cuenta mi estado, pero no fue así, por lo que empecé a preparar el equipaje y a limpiar el piso, sin ninguna ayuda por su parte. Afortunadamente, ya habían construido un trozo de carretera para poder ir en coche. No llegaba hasta el cortijo, pero algún alivio era. Aunque la estancia en él, al no tener agua ni luz, no reunía condiciones, y su pobre madre, ya que en gloria esté, lo pasaría mal por atendernos lo mejor que podían, pues no eran unos días los que pasábamos allí ─que era lo que yo le sugería a Manolo de estar─, sino que era toda una semana. Así lo decidía él.

En este presente ya he sido informada de que, durante todo el tiempo que le he dedicado, obedeciendo las decisiones que él tomaba, ha sido para darle la oportunidad de comprender que, entre otras cosas, tenía que prestarme más atención, cuidarme… Como en esta ocasión, ya que tenía que haber salido de él decirme que no fuéramos… Pero, una vez más, no fue así, por lo que, terminada la estancia en el cortijo, empecé a prepararlo todo para irnos a Granada, donde terminaría de hacer el equipaje y al tren hasta Barcelona para descansar unos días antes de continuar el viaje hasta Lyon. Por cierto, sabiendo la tía Consuelo la cantidad de bocadillos que tenía que hacer, ya no se extrañaba, lo que hacía era dejarme la cocina para mí sola.

A los pocos días de llegar a Lyon, me puse en contacto con la asistenta social. Ella me dio la buena noticia de que ya estaban terminados los pisos, diciéndome:

─ “Tal día vamos para entregárselo”.

Cuando fuimos, vi que estaban construidos en el campo, un poco retirados del pueblo. Era un bloque unido con diferentes portales de entrada. El nuestro era el número 13, 2ª planta. La calle se llamaba Rue de la Esperanze. Cuando subimos, ¡lo veía y aún no me lo creía! Tenía un hermoso comedor con una terraza que daba al campo, dos dormitorios, cocina, cuarto de baño, un vestidor y el retrete aparte. También tenía calefacción. Al terminar de verlo, me dijo la asistenta:

─ “Cuando quieran lo pueden ocupar. ¡Tenga, madamme, sus llaves!”

Lo que no recuerdo es la renta que teníamos que pagar, pero sería poca. En la Rue de la Esperanze vivíamos españoles, árabes, italianos, y algunas familias francesas. El día que nos dieron las llaves lo aprovechamos para visitar a los amigos Antonio y Encarna, diciéndoles que pronto nos mudaríamos. Ellos se ofrecieron para ayudarnos en lo que necesitáramos, y dirigiéndose Antonio a mí, me dijo:

─ “Josefina, que sea yo quien te lleve al hospital, cuando te llegue el momento”.

De regreso a Lyon, lo primero que hice fue visitar a Monsieur Sornin para decirle que dejábamos la conserjería porque nos habían concedido un piso en Meyzieu. Él se alegró mucho por nosotros, diciéndome:

─ “Bueno, pues ya sabe dónde estoy para lo que necesite”.

Yo le di las gracias por todo lo que había hecho por nosotros, diciéndole que nunca le olvidaría. Salí de allí muy animada, pero al pensar en todo lo que me quedaba por hacer, sola, me vine abajo, ya que con Manolo no podía contar. Ensimismada en estos pensamientos, empecé a caminar y una vez más, por “casualidad”, vi que estaba en la calle donde se hacía la subasta, y me dije:

─ “Ya que estoy aquí, voy a entrar a ver si consigo algo para mi nuevo comedor”.

Entré con decisión, pues yo ya me consideraba una experta en este quehacer. Mi barriguita me pesaba, me sentía mal y dolorida, pero ese ánimo que yo sola reconocía, ¡parecía que me daba alas para seguir cuando me venía abajo! Cuando me senté, respiré aliviada, y esperé que empezara la subasta. Mientras tanto, eché una mirada y vi un repostero con su mesa y seis sillas a juego. Pensé “!Qué bonito!, si lo pudiera conseguir…”. Había dejado a mi niña en casa de mi hermana para que la cuidara su suegra porque ella estaba en su trabajo, por lo que yo quedé tranquila y el sentarme ¡me vino tan bien!... que cuando comenzó la subasta estaba preparada para seguirla. No tardó en empezar y yo, pendiente de que sacaran lo que vestiría mi comedor, al ver que salió ya sabía que estaba designado para mí. Hubo muy pocas personas que pujaron por él. Tan pocas, que, para animarlas, pusieron en el mismo conjunto una televisión. “¡Un televisor!” ─me dije─, y levanté la mano… como nadie más lo hizo, ¡a mí se me asignó!

Josefina en aparador

Con las prisas, no me di cuenta que no llevaba suficiente dinero, por lo que me acerqué a la caja y le expliqué al hombre lo que me pasaba. Él se quedó un poco extrañado, pues esto no se lo esperaba. Viendo que no me decía nada, le pregunté que si le podía dejar una señal para que me lo guardara, y al día siguiente sin falta le llevaría el resto. El hombre dudó un poquito, pero finalmente estuvo de acuerdo. Y así lo hice. Al mismo tiempo, le pregunté:

─ “¿Me lo pueden llevar tal día a esta dirección?”

─ “Sin ningún problema, madamme” ─me contestó.

Eran mediados de septiembre del año 1.967. A mediados de octubre estaba previsto el alumbramiento de mi niño. Yo me sentía cada día que pasaba con más molestias, pero era mucho lo que tenía que hacer. Como ya sabía que Manolo no quería llamar a los que se dedicaban a hacer mudanzas, empecé a pedir en algunas tiendas del barrio que me guardaran cajas. Las fui recogiendo e iba guardando en ellas todas nuestras cosas. Limpié la conserjería. Algún conocido que tenía coche tuvo que ayudarnos para transportar todas las cajas hasta Meyzieu, pero no recuerdo quién fue. Lo cierto es que para el día que me llevaron todo lo adquirido en la subasta ya estábamos instalados en nuestro nuevo piso, que, poco a poco, lo había ido limpiando y colocando en su lugar todas nuestras cosas.

La fecha de mi parto se aproximaba. Tenía que pensar con quién dejaba a mi niña esos días. Dejarla en casa de mi hermana me producía rechazo, que sentía en mi interior, y esto era para mí una señal de que no debía hacerlo. Un día que nos visitaron Antonio y Encarna, así se lo confié e inmediatamente, sin hacerme más preguntas, se ofrecieron a quedarse con ella durante los días que hiciera falta. Yo me sentí aliviada. Le preparé a mi niña su ropilla para esos días y se la llevé uno de los días que fuimos a visitarlos, pues ya estaba cumplida, por lo que un día u otro me pondría de parto.

Y así fue, la noche del 21 de octubre la pasé mal. Me levantaba, paseaba, me acostaba… Manolo durmiendo, ni se enteró. Ya de madrugada le dije que avisara a Antonio. Mientras tanto, desperté a mi niña y la vestí para dejarla con Encarna antes de que me llevara al hospital. Cuando llegamos eran las 9 y media. El médico me reconoció diciéndome:

─ “¡Este bebé ya mismo está aquí!”

Me pasaron a la sala de parto. Como Manolo era imprevisible, no sé si se fue o esta vez se quedó. Yo empecé a desnudarme y ¡cuál no fue mi sorpresa al ver que me iba a atender la misma matrona que lo hizo con mi niña! Me quedé paralizada, diciéndome: “¡Dios mío, que haya cambiado de método!”. Con esa esperanza me eché en la cama y, llegado el momento, ¡de nuevo tuve que padecerlo, porque no lo había cambiado!

Cuando me empezaron las contracciones, ella con sus dedos me abría al mismo tiempo, ya que, según ella, era para facilitarle la salida al bebé. Las contracciones empezaron a ser muy seguidas. La matrona con su método me producía el doble de dolor. Me sentí sin fuerza para empujar, y ella diciéndome:

─ “¡Tienes que empujar cuando te lo digo porque si no lo haces no ayudas a tu bebé para que salga!”

Llamó a una enfermera, y sin darme una explicación, veo que se sienta con las piernas separadas encima de mí. Pues bien, parece que hizo efecto, porque a las dos o tres contracciones que me dieron, a las 11 y media, nació mi niño. ¡Muy grande y hermoso! Pesó 4 kg y 100 gr. Me quedé ya relajada viendo cómo lo lavaban y vi que venía hacia mí la matrona con una aguja que a mí me pareció enorme, enhebrada con un hilo, y sin previo aviso, me separa las piernas y empieza a coser.

─ “¿Pero esto qué es?” ─le pregunté.

─ “Tengo que darle unos puntos de sutura, porque se ha rasgado”.

Y así, sin anestesia ni nada, me dieron siete puntos. Finalizada esta pequeña intervención, miré a ver cómo iba mi niño, y vi que lo estaban vistiendo junto a otros que habían nacido más o menos a la misma hora. Una enfermera los iba sacando para que lo vieran los padres, pero a Manolo le enseñaron un bebé negrito, y él no dijo nada. Parece ser que hasta le dio un beso. Enseguida la enfermera se dio cuenta de su error y salió al momento ya con el nuestro, diciéndole:

─ “Perdone, Monsieur Martin, que el niño que le he enseñado antes no era el suyo”.

Parece ser que él dijo:

─ “Ya me había extrañado a mí”.

La enfermera vino a mí y entre risas me contó lo sucedido. Ya en mi habitación yo le preguntaba:

─ “Pero Manolo, ¿cómo no dijiste al verlo ‘este no puede ser mi hijo’?”

─ “Pues, no sé…, con tan poca luz y con la prisa que lo enseñaban… ¡Más moreno de lo normal sí que me di cuenta que era!”

Bueno, aparte de esto yo no decía nada, pero tenía unos dolores de vientre casi continuos. Parecía que el intestino me lo estaban retorciendo, y yo ahí aguantando por ver si se me pasaban, pero nada, ¡cada vez eran más fuertes! Y una de las veces que vino el médico se lo dije, explicándole cómo eran estos dolores. Y él, sabiendo de lo que se trataba, me explicó que solía pasarles a algunas parturientas después del nacimiento del segundo hijo. Según me iba él hablando yo recordé los “entuertos” que era como mi madre llamaba a estos dolores. “¡Vaya por Dios! ─me dije─ ¡También me ha tocado a mí!”.

El remedio que me dio el médico fue:

─ “Que le traiga su marido o algún familiar una botella de buen cava y se bebe una copita poco a poco, y ya verá como esos dolores se le alivian”.

Me la trajeron e hice lo que me dijo. Pues bien, ese remedio fue mano de santo, porque los dolores se me quitaron por completo.

Cuando pasaron los días que tenía que estar en el hospital me dieron el alta, nos fuimos para Meyzieu, recogí a mi niña de la casa de Antonio y Encarna, y empezamos a vivir los cuatro en nuestro nuevo piso.

La vida en nuestro nuevo piso empezó por mi parte llena de agradecimiento por todas las bendiciones recibidas, lo cual me producía felicidad. Manolo para ir a su trabajo ya no tenía que madrugar tanto, lo cual para mí era un sufrimiento menos. Se iba en bicicleta o en una mobilette. Sólo tardaba un cuarto de hora. Pero él seguía sin darse cuenta de estas bendiciones.

Yo, con mi niño recién nacido y mi niña, me ocupaba de todas las tareas de la casa y de las compras también, pues con Manolo, aunque tenía las tardes libres, no podía contar, porque él no se prestaba con buena voluntad para ayudarme. Recuerdo que las compras las hacía poco a poco, aprovechando el paseo que por las tardes le daba a mis niños, y si alguna vez necesitaba algo con urgencia, lo que hacía era levantarme temprano para llegar a la tienda a la misma hora que abrían. A mis niños los dejaba dormidos, con plena fe en lo que sentía en mi interior, que era “Ve tranquila, que están protegidos”. Y así era, a mi regreso, que yo era volar, me los encontraba dormidos.

A los dos les di el pecho, aunque para mí era un calvario, porque al empezar a mamar la subida de la leche me producía un fortísimo dolor de espalda. Aun así a mi niña la amamanté 3 meses y medio que, por cierto, tuve que dejar de hacerlo. Os explico por qué. Un día, al ponérmela en el pecho ella se apartaba. Yo, con mimos, insistía para que lo cogiera. Ella empezaba a mamar con ganas, pero enseguida, lo dejaba. Lo más extraño es que no lloraba, sólo me mostraba su descontento. Así continuó todas las veces que estuve insistiéndole. Me di por vencida, pero “algo tiene que ser”, me dije. La acurruqué en mis brazos y el angelito se durmió. Cuando despertó la preparé para llevarla a su pediatra. Entré en la consulta y le expliqué lo que le pasaba cada vez que le daba el pecho. Él, sin previo aviso, con su mano palpó uno de mis pechos diciéndome al mismo tiempo:

─ “Pero madamme, ¡si no tiene nada de leche!”

─ “¿Y ahora qué hago?” ─le pregunté con preocupación.

─ “No se preocupe ─me contestó─, hay otras formas de alimentarla”.

Mientras tanto, él ya estaba escribiendo.

─ “Tenga, vaya a la farmacia para que le den esta leche. No tiene las mismas propiedades que la suya, pero es la mejor que existe en el mercado para los bebés, que, por el motivo que sea, sus madres no pueden amamantarlos. Usted, por suerte, ha podido hacerlo un tiempo, que ha sido muy beneficioso para su bebé”.

Me explicó cómo tenía que prepararla y que en la toma del medio día le diera la papilla que también me dijo de comprar con cuchara, para que se fuera acostumbrando a ella, porque muy pronto empezaría a darle sopa de verduras. Finalizada la consulta compré todo en la farmacia y cuando llegué a la casa le preparé su biberón. Empecé a dárselo, pero ella lo rechazaba una y otra vez. Viendo que no había manera de que se lo tomara, me dije “la dejaré, a ver si el próximo se lo toma”, y ella una vez más, se durmió. Cuando despertó, ya tenía otro biberón preparado. La tomé en mis brazos con la esperanza de que esta vez se lo tomara, pero también lo rechazó. “Probaré ─me dije─ con la papilla”. Su reacción con la cuchara fue aún peor. Lo más sorprendente era que ella no lloraba, sólo movía su cabecita de un lado a otro con enfado, la papilla caía por todas partes menos en su boca, y ya llevaba dos días con sus noches sin tomar nada… Yo, muy preocupada, miré a Manolo esperando una palabra de alivio. Esto fue lo que me dijo:

─ “Pues déjala, ya verás que cuando le apriete el hambre se lo toma”.

Al oírlo me quedé peor de lo que estaba. Lo que sí tenía claro es que no la iba a dejar ni un día más sin alimento. Al día siguiente probé a darle otro biberón. El resultado fue el mismo. Entonces pensé en hacerle uno con verduras y, con decisión, me puse a ello. Como no tenía batidora eléctrica, pasé las verduras varias veces por el pasa puré hasta que vi que pasaba bien por la tetina. Manolo ya no estaba, allá nos dejó con el problema… por lo que, para poderla hacer, a mi niña la tuve que dejar en su cunita. Ya sí que empezó a llorar, y así estuvo durante todo el tiempo. Cuando fui a cogerla para dárselo, primero la tuve que calmar. Le acerqué la tetina diciéndome “¡Dios mío, ayúdame!”. Ella lo rechazaba, y en un momento dado, empezó a chupar… Parece que le agradó el contenido, porque siguió tomándoselo hasta que terminó. Sin más problemas, ella continuó tomándose ya sus biberones de leche y la papilla.

A mi niño también tuve que dejar de amamantarlo, pero no por quedarme sin leche. El motivo fue por las grietas que me salieron en el pezón. Él se criaba bien. Estaba próximo a cumplir tres meses. Las grietas iban cada vez peor. Para mí era un dolor añadido al que padecía en cada toma con la subida de la leche en mi espalda, por lo que fui al pediatra. Me examinó y me recetó una solución para que me la pusiera después de cada toma, advirtiéndome que me los lavara muy bien antes de darle la próxima. Así lo hacía, pero a pesar de ello las grietas en pocos días se hicieron tan profundas que al terminar mi niño su toma mis pezones sangraban. El dolor era continuo, pero yo no dejé de darle el pecho hasta que un día, al terminar, vi que su boquita estaba llena de sangre de la que salía de mis grietas. Esta visión fue la que me ayudó a tomar la decisión de ir intercalándole biberones y papillas, que él tomaba sin ningún rechazo.

A parte de esto, mis niños eran muy buenos. Tampoco padecieron grandes enfermedades salvo algunos resfriadillos que, como yo estaba tan pendiente, recuerdo que en uno de ellos mi niña tosía de una forma diferente. La llevé a su pediatra del pueblo. Él la trató como si fuera un resfriado común, pero yo sabía que éste no lo era. Viendo que no mejoraba, decidí llevarla a Lyon. Era un seguro que teníamos a parte de la seguridad social, ofrecido por los patrones de la fábrica donde trabajaba Manolo a todos sus empleados, pagando una mínima cantidad. Se llamaba “La Mutua”. Allí había buenos especialistas. El único inconveniente para mí era el viaje en autobús porque me mareaba en ellos. Aun así cuando veía que era necesario, no lo dudaba ni un instante. Unas veces iba con uno, otras con los dos. Tenía que madrugar, esperar en la parada con ese frio que siempre hacía, otras veces con lluvia, y siempre sola. Manolo no se preocupaba si tenían fiebre o si pasaban mala noche. Para colmo, cuando le informaba que tal día tenía cita con el médico me decía:

─ “¿Y ahora qué le pasa para que lo lleves?”

En fin, como os iba diciendo… viendo que mi niña no mejoraba, estaba muy preocupada. Ya tenía cita para llevarla a Lyon. Hacía varias noches que no dormía pendiente de su tos. El día señalado entre unas cosas y otras, cuando llegué a la parada del autobús ya se había ido. Si esperaba el próximo llegaría tarde a la cita, con el riesgo de que no viera a mi niña, y esto no me lo podía permitir, por lo que, sin pensarlo dos veces, amparada siempre por la fe de que en la vida hay buenas personas, al pasar un coche, levanté la mano. En él iba un hombre que inmediatamente paró, preguntándome:

─ “¿En qué le puedo ayudar madamme?”

─ “Si, por favor. ¿Usted me podría llevar a Lyon? ─le pregunté─ Es que he perdido el autobús y temo llegar tarde a la cita que tengo con el médico…”

Él, muy amable, me contestó:

─ “Pues claro que sí, suba usted madamme”.

Y me dejó en la misma puerta del hospital. Este médico ya había visto a mi niña para el mismo problema. Lo que me recetó fue un jarabe, pero no encontró el motivo de su tos. Esto lo he tenido siempre muy en cuenta “medicina sí, pero sabiendo el mal que se padece”, y él todavía no lo sabía. Cuando entré a la consulta me preguntó cómo iba y si el jarabe que me recetó le había beneficiado.

─ “Pues no, doctor. Ya estoy muy preocupada, porque es una tos muy persistente, y algunas veces le oigo unos pitidos… es como si le faltara el aire para respirar”.

Él me escuchaba con atención, diciéndome:

─ “Bueno, salga usted y espere un momento cerca de la consulta. No se aleje demasiado, que quiero comprobar cómo es esa tos”.

Y, efectivamente, al poco tiempo mi niña empezó a toser. Al oírla, el médico, que estaba pendiente, abrió la puerta de la consulta y me dijo:

─ “Pase usted madamme, que ya sé lo que le pasa a su niña. Ahora si le vamos a dar el medicamento adecuado, porque lo que tiene es tosferina”.

Me hizo una receta, también me dio algunas instrucciones de lo que tenía que hacer. Finalizada la consulta me sentí muy bien… ¡Ya intuía su curación!

Cuando llegué a casa era de noche, estaba agotada y con las típicas molestias del mareo. Manolo no se molestó en interesarse en cómo nos había ido en el trayecto ni en lo que el médico le había diagnosticado.

En otra ocasión recuerdo que tuve que ser hospitalizada para hacerme unas pruebas por las molestias que tenía en la vejiga. Pues bien, ni un día de los que estuve ingresada Manolo se preocupó de visitarme. Para saber cómo me encontraba, le daba el encargo a su hermano para que lo hiciera por él.

Así transcurría mi vida “semiinconsciente” de que entre nosotros había una descompensación que, por más que me preguntaba para poder darle algún sentido a mi vida con él, no tenía respuesta, por lo que, para frenar los varios impulsos que tuve de separarme, me decía a mí misma “pues será que todos los matrimonios son así…”. En este presente sé que tanta descompensación sólo existía en el nuestro desde el principio, porque formaba parte de mi misión.

Era marzo de 1968. Mi niña empezó a ir a maternal. En julio nos iríamos de vacaciones. Mi niño tendría ya 9 meses. Manolo lo haría en agosto. Ese viaje lo hice con los dos, en clase tercera como siempre, por supuesto, con el inconveniente de que mi niño usaba pañal, por lo que cambiárselo en el tren en marcha no era fácil. A parte de esto no tuve ningún problema, porque la ayuda de las personas igualmente la tuve.

La parada en casa de la tía Consuelo siguió siendo muy agradable y para nosotros un gran alivio, que, por cierto, a partir de esa primera noche que dormimos allí mi niño dejó de mojar el pañal y así continuó sin necesitarlo. Al llegar a Granada pasábamos unos días compartiendo con mis padres y hermanas. También nos poníamos de acuerdo por si durante el mes de julio que no estaba Manolo se querían venir con nosotros, y yo enseguida lo preparaba todo para irnos a Almuñécar.

Ese año, al subir la escalera para entrar en el piso vi bastantes piedras, algunas muy grandes, y pensé “será que durante el invierno se han desprendido del precipicio por las lluvias”. Al día siguiente barrí la entrada y la escalera, las piedras más grandes las fui recogiendo. En ello estaba cuando salió la criada de la señora que vivía en el primer piso. Nos saludamos y yo le dije:

─ “¡Qué cantidad de piedras me he encontrado! Será que se han desprendido del precipicio…”

Pero ella me contestó:

─ “¡Ya puede usted tener cuidado al subir y bajar porque la mayoría de esas piedras les ha dado a los niños por tirarlas desde arriba! ¡Yo no puedo ni salir al lavadero por miedo que algún día me caiga alguna en la cabeza y me descalabre!”

─ “¡Vaya por Dios! ─le contesté─ Pero se podrá hacer algo para solucionarlo…”

─ “Eso yo no lo sé. Yo lo que le digo es que tenga cuidado…”

Y sin darle mayor importancia cuando terminé de quitarlas me subí para despertar a mis niños para bajar a la playa. Primero llevaba lo necesario y después subía a por ellos que ya, sabiendo lo de las piedras, lo hacía rápido y mirando hacia el precipicio por si veía niños… Como precaución me puse en contacto con un metalúrgico para que pusiera una reja en la ventana que daba a esa parte. La verdad es que no tuve ningún problema ni veía cuando salíamos o entrábamos piedra alguna.

El mes de julio pasaba rápido, que aun estando sola con mis niños disfrutábamos con tranquilidad de los baños y de los paseos por las tardes, porque cuando llegaba Manolo, como a él no le gustaba bañarse, pues ya no era lo mismo, y a los pocos días de llegar me decía de irnos al cortijo y allá que nos teníamos que ir los días que él decidiera. Terminada la estancia nos íbamos para Granada y enseguida empezaba a prepararlo todo para regresar a Francia.

Manolo a los pocos días se incorporaba a su trabajo, y yo me ocupaba de mis niños y de las tareas de la casa. Por las tardes les daba un paseo hasta el pueblo, o visitaba a Antonio y Encarna. Manolo algunas veces nos acompañaba. Otras salidas que supusieran gasto no teníamos, porque él no las quería. La economía de la casa la llevaba yo, pero supeditada a su forma de ser, y protestaba por el más mínimo capricho que yo les diera a los niños.

Recuerdo que la Rue de la Esperanze donde vivíamos era un lugar seguro en el que los niños podían jugar sin peligro. Cuando llegaba el buen tiempo, de vez en cuando iba un vendedor de helados en una furgoneta adecuada para ello. Yo siempre estaba en la ventana vigilando sus juegos. Los niños, entre ellos los nuestros, corrían para que les echara dinero para el helado. Yo se lo echaba disfrutando de verlos como iban a comprárselo. En una de esas veces a Manolo le pareció que este hombre ya se estaba pasando en visitar la urbanización con su venta de helados. Para que no les echara el dinero, me decía:

─ “¡Quítate de la ventana y ya verás cómo se van!… ¡Pues sí que se ha buscado ese hombre una manera fácil de buscarse la vida!”

A mí en aquél tiempo sus quejas me influenciaban mucho, por lo que, alguna vez que otra, por no oírlo, los tuve que dejar esperando sin echarles el dinero.

Niños en la playa

El tiempo pasaba, mi niña ya iba al colegio, a maternal, las vacaciones se aproximaban... A mí, a pesar del cansancio del viaje, como era de lo único que disfrutaba vivía el resto del año con más ilusión pensando en ellas por el beneficio que nos aportaba: los baños en el mar, los de sol, los momentos que pasé enseñando a cada uno en su momento a nadar… Primero con los dos manguitos… después sólo con uno…  Y el día que consideraba que estaba preparado se lo quitaba, y allí estaba yo sujetándolo, diciéndoles que movieran los pies y los brazos como si los llevaran puestos… Al mismo tiempo les infundía ánimo, para que no tuvieran miedo. ¡El día que lo soltaba y vi que nadaban por sí solos para mí fue inolvidable como me sentí!