Capítulo 10: Un verano ajetreado ...

… y una vuelta repleta de cambios que afrontar en “soledad”

Recuerdo que el día que nos íbamos de vacaciones a España Manolo nos acompañaba a la estación. Yo cogía a mi niña en brazos y su sillita, y él colocaba en el vagón todos los bártulos. Las horas que tardaba el tren en llegar a Barcelona eran veinticuatro, durante las cuales estaba yo sola para cuidar de mi niña y vigilar mis cosas. Por la noche me las arreglaba para que ella fuera tumbadilla. Le ponía su cabecita en mis muslos y, poco a poco, la vencía el sueño. En este presente ya sé que estábamos protegidas, pues si alguna persona abría el vagón buscando asiento, al ver a mi niña extendida durmiendo nunca me dijeron: “Coja usted a su hija que nos tenemos que sentar”. Cerraban la puerta del vagón y se iban.

Tren a Barcelona

Cuando por fin llegábamos a Barcelona casi siempre nos iba a recoger a la estación el primo Pepe, hijo de la tía Consuelo, y si, por lo que fuera, no podía, nos íbamos para la casa en taxi. De una manera u otra, yo siempre tenía que empezar a bajar mis maletas, pero no podía, por lo que tenía que pedir ayuda para que me las bajaran. La persona que lo hacía, al verme con mi niña y con su sillita intentando coger también algo para bajar del tren, me decía:

─ “¡Déjelo señora, ya se lo bajo yo!”

Que quede mi agradecimiento a todas estas personas anónimas que siempre había para ayudarme en todos los viajes que hice en estas condiciones. Este primer año sólo era con mi niña. En los siguientes los hice con mi niño también.

En aquél tiempo, era eso lo que tenía que vivir. No obstante, durante muchos años, al recordar esos viajes, no he podido evitar preguntarme con tristeza el porqué de esta despreocupación de Manolo, que ya sabía de mis dolores de espalda ─y además, a raíz del embarazo habían aumentado─, nos dejara hacer esos viajes tan largos en clase tercera. Yo sabía que por falta de dinero no era…

Al llegar a la casa de esta excelente familia, yo aprovechaba para lavar la ropita de mi niña y nos aseábamos con una buena ducha. En ella nos quedábamos lo justo para reponer fuerzas y continuar las veinticuatro horas de viaje que nos quedaban para llegar a Granada.

Cuando por fin llegamos, no sé por qué, pero no había nadie de la familia en la estación esperándonos ─saber que llegábamos ese día sí lo sabían─, por lo que tuve que pedir ayuda para que me bajaran mis cosas. Para ir a la casa de mi madre cogí un taxi. Hasta la misma puerta no pudo llevarnos porque había que subir una pendiente con peldaños, por lo que fue sacando todas mis cosas del maletero, dejándolas en el suelo. Yo no tuve el alcance de pedir al taxista que me cobrara lo que fuera pero que las llevara hasta la casa, le pagué su carrera y se fue.

Allí me quedé con todo y me dije: “Bueno, pues tendré que subirlo…”. Yo tenía a mi niña en brazos, cogí también lo que pude y entré en la casa de mi madre, que, como siempre, estaba abierta, pues en aquel tiempo sólo se cerraba si se ausentaba, o por la noche. Dejé a mi niña sobre la cama diciéndole:

─ “Tú no te muevas, que mamá va a por las maletas”.

Mi madre, que se encontraba por el patio, al oír que alguien había entrado y sabiendo que llegábamos ese día, al no ver a nadie en el comedor, entró en el dormitorio. Cuando la vio, la cogió dándole besos, y mi niña, que extrañaba mucho, rompió a llorar. Al instante llegué y la cogí. No había manera de consolarla. Para colmo, las vecinas, que también sabían de mi llegada, bajaron con alegría por vernos, diciéndole:

─“¡Ay qué bonita! ¡Qué ojos! ¡Si parece una muñeca!”.

Mi niña, al verlas y oírlas, como le hablaban en un tono de voz al que ella no estaba acostumbrada, no paraba de llorar, por lo que les tuve que decir:

─ “Es mejor que nos dejéis porque ella no está acostumbrada a tanto alboroto. Ya tendréis tiempo  de verla otro día…”.

En Granada estuvimos unos días. Mi intención era alquilar un apartamento en la costa. Al saberlo, una de mis hermanas, que tenía por costumbre irse los meses de verano al camping de Carchuna, me dijo:

─ “Si quieres, os podéis venir conmigo. En mi tienda hay sitio de sobra”.

A mí me pareció bien y después de compartir unos días con mi madre y mis otras hermanas, un fin de semana nos llevó el marido, ya que en paz descanse. Instaló la tienda, pasó ese fin de semana con nosotros, y se fue, porque él no tenía vacaciones, iba sólo los fines de semana. Mis recuerdos de los días que estuve haciendo vida de camping, aparte de agradecerle a mi hermana el haberme invitado, a mí me sirvió para darme cuenta que no era para mí.

El mes de Agosto Manolo tuvo sus vacaciones. Cuando llegó a Granada, ese mismo fin de semana mi cuñado y él llegaron al camping. Tuvimos que apretarnos un poquito, sobre todo por la noche, pero allí estuvimos unos días. A Manolo no le gustaban los baños en la playa, ni los disfrutaba como yo, y pronto se cansaba. Además, con su forma de ser, algo tuvo que decirle a mi hermana que a ella le molestó. No sé lo que sería, pero sí los oía que discutían, por lo que la estancia para mí ya no era agradable.

Un día me dijo Manolo de ir a Almuñécar para volver en el mismo día. Yo le pregunté:

─ “Pero, ¿para qué? Tú sabes que me mareo, y a la niña no le vamos a dar ese mal rato con el calor que hace…”.

─ “No… ─me dijo─, que la niña se quede con tu hermana”─. Yo no estaba conforme, y otra vez le pregunté:

─ “¿Pero qué es lo que tienes que hacer en Almuñécar para ir con esa precipitación?”

Cuando por fin me hizo partícipe de su intención, tengo que reconocer que era buena, porque consistía en invertir comprando un piso, y como a él le habían hablado de Almuñécar, que era por aquél tiempo el mejor sitio de la costa para invertir, pues planteó que fuéramos a dar una vuelta.

─ “Bueno ─le dije─. Vamos pero nos llevamos a la niña. Nos hospedamos en un hostal unos días porque para hacer esto que quieres tendremos que ver varios pisos”.

Y así lo hicimos. Aunque lo de hospedarnos en un hostal a él le pareció caro:

─ “Es mejor que nos quedemos en una pensión”.

Al día siguiente me dijo:

─ “Quédate con la niña en la playa que yo voy a verme con un constructor del que ya me han hablado para que me enseñe lo que tiene. Después quedaré con él para que tú lo veas”.

A mí me pareció bien, sobre todo por mi niña. Pasé con ella la mañana en la playa, comimos en la pensión… Manolo no daba señales. Yo me preguntaba: “¿Dónde estará este hombre?”, y le pregunté a la dueña de la pensión:

─ “¿Le han dado alguna razón para mí?”

Ella me dijo que no. Cuando llegó a media tarde, le dije:

─ “Pero Manolo, ¡ya estaba preocupada! ¿Es que no has podido llamar diciéndome algo?”

Él callaba. ¡Qué ajena estaba yo de lo que iba a padecer con este otro aspecto de su forma de ser! Cuando a él le pareció me informó, diciéndome:

─ “He estado con el constructor viendo varios pisos. Tiene un bloquecillo ya terminado en Chinagorda con dos plantas. En la primera ya vive una señora que también es de Granada, y en la segunda hay dos pisos ya terminados. Mañana he quedado con él para verlos. El precio a mí me ha parecido bien”.

Playa Chinagorda

Al día siguiente fuimos en el coche del constructor a verlo. Estaba retirado del pueblo, a pie de la carretera. Nos bajamos del coche y vi que no estaba terminado, por lo que le pregunté:

─ “¿Es que va a construir otra planta?” ─ Y me contestó:

─ “Eso pretendía. Los cimientos están preparados para ello, pero con esta nueva ley que ha salido, el ayuntamiento no me da permiso para que la construya”.

─ “Y si no se la dan, ¿tendrá que terminarlo sin esa otra planta?” ─le pregunté.

─ “Pues claro que si ─me contestó─. Por eso no tiene que preocuparse”.

─ “¿Y para comprar? ¿Hay que ir al pueblo? Pues no veo nada construido por aquí”.

─ “Tampoco se tiene que preocupar por eso, porque un poco más arriba está el barrio de los Marengos ─de los pescadores, me aclaró─. Es que aquí los llamamos así. Son familias humildes, pero buena gente. En él sólo hay una tienda, pero vende de todo”.

Subimos a ver los pisos. Su entrada quedaba a la espalda del bloque. Mientras que él abría la puerta miré hacia arriba y vi un precipicio con algunas viviendas que se veían por encima de él y le pregunté:

─ “Esas casas que se ven, ¿son del barrio de los pescadores?”

─ “Así es ─me contestó─. Después nos llegamos si quiere, para que lo vea”.

Bueno, vimos los pisos. Cada uno tenía dos dormitorios, cocina, cuarto de baño, y una gran terraza desde la que se veía el mar. Cuando los vimos, el constructor nos dijo:

─ “Los dos los tengo a la venta, si están interesados pueden elegir el que quieran”.

En definitiva, a Manolo lo veía interesado por invertir. El precio le agradó. A mí, que no me veía muy convencida, para que me decidiera, me dijo:

─ “Vamos a quedarnos con uno, que a ti te gusta la playa, y así cuando vengamos de vacaciones tenemos nuestro piso”.

Con el argumento que me dio, me convenció, y ese mismo día hicimos el contrato. Al día siguiente nos dimos de alta para tener agua y luz. Pero alguien tenía que estar en el piso cuando llegaran a poner los contadores y nosotros nos teníamos que ir porque me había quedado sin ropa limpia para mi niña, así que el constructor, muy amable, se ofreció para estar en el piso. También me dijo:

─ “Por la limpieza del piso no se preocupe, que se lo entregaré limpio”.

Esa misma tarde nos fuimos para el camping. Cuando se lo dije a mi hermana, se alegró mucho por nosotros.

El mes de Agosto se iba pasando. A final de mes teníamos que estar en Lyon. Teníamos que desplazarnos a Albondón, y de allí al cortijo para ver los padres de Manolo. Por otro lado, yo quería amueblar el piso con lo necesario, pues en las vacaciones próximas estaría sola, así que le pedí a mi hermana si quería quedarse con mi niña ese día, porque al atardecer estaríamos de vuelta. Y así lo hicimos.

Al llegar a Almuñécar nos fuimos a una tienda de muebles y compramos lo justo. El impedimento fue que alguien tenía que estar en el piso para cuando los llevaran, por lo que Manolo me dijo:

─ “Pues te vas tú y empiezas a recoger las cosas para que cuando yo llegue esté todo preparado para irnos a ver a mis padres”.

¡Este primer año de vacaciones así fue de movido! Cuando llegamos a Barcelona yo no era persona, me dolían todos los huesos, ¡y aún me dolían más si pensaba en las horas que tenía que pasar en el tren hasta llegar a Lyon! Sin embargo, a Manolo en los viajes siempre lo veías feliz… Normal, pues al tener más fortaleza física que yo, hasta las horas que pasaba en el tren las disfrutaba… Tanto, que le daba mucho apetito. Recuerdo la cara de asombro de la tía Consuelo cuando después de descansar en su casa me veía preparar tanto bocadillo para el viaje. Yo le decía:

─ “Son muchos, ¿verdad? ¡Pues ninguno llega de sobra, tía Consuelo!”

Ya en Lyon, continuamos nuestra vida cotidiana. Manolo, con su trabajo, no necesitaba  nada más. La comunicación entre nosotros, por mucho que yo la iniciara para tratar de tenerla, era imposible. Amistades, como él no las necesitaba, pues tampoco teníamos. Yo veía a mi hermana y su marido que trabajaban mucho, pero también disfrutaban con otros matrimonios amigos. Se iban al campo para compartir una comida, otras veces las compartían en las casas… Pues, lo normal… Yo me tuve que amoldar a la forma de ser de Manolo, pero padeciendo esa carencia, pues cultivar una buena amistad es una de tantas cosas positivas que la vida nos da, para que nos ayudemos a evolucionar. Todo esto que yo sabía se lo transmitía a Manolo para animarle a vivir otras cosas que no fuera solo trabajar.

Cuando mi hermana, algunas veces, nos invitaba a pasar el día en el campo con sus amistades, como yo veía que Manolo accedía de mala gana, pues yo tampoco me sentía bien, y poco a poco, y sin ninguna explicación, decidió no contar con nosotros. Sus razones para tomar esa decisión, me hubiera gustado saberlas, pues hubiera sido un alivio para mí poder compartir con ella como hermana, ya que con Manolo no podía ser, para conocernos mejor.

Así transcurría mi vida, y Manolo seguía dándome sorpresas, pues una vez más, sin contar conmigo, decidió que era el momento de tener otro hijo. Yo, extrañada de no tener la regla, se lo dije, y él, con toda tranquilidad me contestó:

─ “Será que te has quedado embarazada, pues yo no he tomado precauciones porque quiero que tengamos otro hijo”.

Yo no pude decirle nada, solamente acepté mi estado, preparándome para tenerlo.

En las molestias que había tenido en el embarazo de mi niña, no pensé, pero pronto me empezaron las de mi niño, dándome cuenta de lo diferentes que eran. Pues en el de mi niña tuve náuseas y vómitos, que me permitían comer algo sin vomitarlo. En el de mi niño ni eso, porque no se me quedaba nada en el estómago. Las náuseas me producían arcadas, pero al no tener nada en el estómago, cada arcada que me daba tenía la sensación de que el estómago se me iba a salir. Yo me preguntaba qué podía hacer para frenarlas. El remedio para conseguirlo percibí que me lo proporcionarían los pomelos, y también cómo los debía tomar, e inmediatamente fui a comprarlos, y cuando notaba que me iba a dar una arcada chupaba un poquito de su zumo y así fueron desapareciendo, permitiéndome comer un poquito. Pero a los pocos días empecé a padecer, día sí, día no, unos dolores de cabeza fuertísimos, que aunque el ginecólogo me recetó unos analgésicos, yo no me tomé ni uno, por temor a que pudiera perjudicar al hijo que se estaba formando en mi vientre. A pesar de lo mal que me encontraba, no dejé de ocuparme de mis tareas ni de salir con mi niña, para que jugara en el parque infantil.

Josefina y Soledad

Todas estas molestias las padecía en soledad. Sin embargo, Manolo, al igual que mi hermana, me veían lo mal que me encontraba. Ella vivía su vida, y Manolo, con su forma de ser, no tenía hacia mí ni una palabra de alivio. Por lo menos, que me preguntara ¿cómo estás? O ¿cómo has pasado hoy la mañana? Por otro lado, como yo nunca me quejaba…

No obstante, de lo que si empecé a darme cuenta fue que él, al ser de esa condición, no padecía, pero mi alegría, mi forma de ser abierta, al tener que amoldarme a él, la fui perdiendo… En cambio, mi mundo interior fue creciendo en sabiduría, y en tantas cosas más…

Yo ya me encontraba en el sexto mes de embarazo. Mis molestias habían desparecido, pero me fui dando cuenta de que en la conserjería, cuando naciera mi hijo, no podíamos seguir porque era demasiado pequeña, y una vez más me puse en movimiento para encontrar otra vivienda antes de irme a España, que sería a final de ese mismo mes.

Un día, por “casualidad”, me informaron que existía un centro donde proporcionaban vivienda a los emigrantes. Anoté la dirección para ir. El día que fui me dieron cita para hablar con una asistenta social que era la que se ocupaba de esta labor. Cuando llegué a casa se lo dije a Manolo, y él, en su línea, sólo me contestó:

─ “Sí, como que tú te crees que eso lo vas a conseguir…”.

A contestaciones así ya me iba acostumbrando, pero mi espíritu de luchadora me daba ánimos para seguir sin permitir que me viniera abajo por su forma de ser. De esta gran ayuda que tenía en aquél tiempo, yo no sabía de dónde me venía ni por qué. Ha sido a su debido tiempo que he sido informada de ello.

El día señalado de mi cita con la asistenta, allí estaba yo puntual con mi niña. Ella me recibió muy amable. Ya me defendía un poquito mejor en francés. Le expliqué en la situación que vivíamos:

─ “… y como he sabido que aquí proporcionan viviendas a los emigrantes, pues esta es la razón por la que he venido, por si me pueden conceder alguna”.
Ella me pidió mi dirección, diciéndome:

─ “Mañana la visitaré para ver si en las condiciones que vive reúne todos los requisitos para que le podamos conceder uno de estos pisos. En este momento, los más avanzados que tenemos están en Meyzieu, casi a punto de entregarlos”.

Al oírla me quedé por un momento callada, embargada por la emoción. Ella, al ver que no decía nada, me preguntó:

─ “¿Sería eso un inconveniente?”

─ “¡Ah, no! ¡Todo lo contrario! Es que me he quedado agradablemente sorprendida porque es precisamente en este pueblo donde tiene mi marido su trabajo”.

─ “¡Estupendo! ─me dijo ella─. Entonces, ¡todo bien!”

Al día siguiente me visitó con un compañero. Estuvieron viendo la casa. Me hicieron varias preguntas encaminadas a saber más de nuestras vidas, pues lo normal, ellos tenían que estar seguros de que las personas a las que les concedieran uno de estos pisos éramos buena gente. Finalizada la visita, me dijo:

─ “Usted tranquila, que antes de alumbrar a su hijo vivirá en su piso”─. Entonces le dije:

─ “Tengo pensado ir a España. ¿Lo podría ver aunque fuera en el plano antes de irme?”

─ “¡Por supuesto! ─me contestó─. En unos días me pongo en contacto con usted para enseñárselo, y ese mismo día firma el contrato. A su regreso de España se pone en contacto conmigo y le entrego las llaves”.

Cuando se marcharon, yo me sentía radiante de felicidad, que no fue ensombrecida ni por el pensamiento de no poderla compartir como me hubiera gustado cuando llegara Manolo y se lo dijera. A los pocos días fui a darle la noticia a mi hermana, que, una vez más la recibió con asombro, de lo que yo “sola” conseguía.

Era finales del año 1967, y una vez más Manolo nos dejó a mi niña y a mí subidas en el tren (clase tercera, por supuesto). Yo tenía ya una buena barriguita. Recuerdo que si pensaba en las horas que teníamos que pasar en el tren me venía abajo y eso no me lo podía permitir, porque tenía que cuidar de mi niña. Como terapia, lo que hacía era hablarle a mi niña, diciéndole:

─ “Pronto llegaremos a Barcelona, allí descansamos en casa de la tía Consuelo… ─y le preguntaba─ ¿Tú te acuerdas de ella? Y enseguida llegaremos a Granada y después nos iremos a la playa para bañarnos y tomar el sol…”.

Las horas de tren eran las mismas, pero a mí me funcionaba, ¡tanto que hasta me parecía que el dolor de mi espalda se me aliviaba! Lo que llevaba peor era cuando mi niña tenía necesidad de ir al baño. Al ser yo tan escrupulosa, no permitía sentarla en el retrete, por lo que la mantenía cogida en brazos en cuclillas hasta que terminaba de hacer su necesidad, y todo esto con el tren en marcha, y con mi barriga. Yo me iba de un lado a otro, ¡pero a mi niña no la soltaba! El esfuerzo era grande, pero nunca nos pasó nada. Después le lavaba las manos, la carita, y yo también me aseaba un poquito, y nos íbamos para nuestro vagón, que, por cierto, ¡llegar a él tampoco era fácil! Al llegar la noche, hacía lo que ya os he explicado anteriormente para que mi niña durmiera.

Ese año cuando la tía Consuelo me vio, me dijo:

─ “Pero bueno, ¿cómo te has atrevido a hacer el viaje tu sola y embarazada?”

─ “Pues sí, será atrevimiento ─le decía─. Pero ahora nos beneficiamos del sol, porque en Francia es raro el día que lo tenemos, y así su sobrino cuando tenga sus vacaciones que disfrute un poquito, porque tía Consuelo, él, sus salidas son para ir a trabajar”.

Por mi parte, las paradas en su casa eran un gran alivio en todos los aspectos. Ella nos hacía unas comidas buenísimas y todos los hijos iban para compartirlas con nosotros. Allí estábamos como máximo dos días, que nos servían para afrontar las veinticuatro horas que estaríamos en el tren con más alegría y entusiasmo hasta llegar a Granada.